Carcajada nocturna

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Director Colección Taller Literario, Cuenca (Ecuador)

Y así, de la nada, en medio de la silente noche, una estruendosa carcajada perturbó el sueño de la infeliz familia. Aquella risa maldita, chillona y aguda traspasó los pesados párpados de los durmientes, así como los concretos bloques de cemento, llámense paredes, que rodeaban las salas y los cuartos de la antiquísima casa. La risotada provenía de una especie de sótano, más bien cripta, que acaudalada de enseres milenarios no daba espacio para ni siquiera un eco, menos para una gozada de las magnitudes ya descritas. También la carcajada se parecía a un prominente chorro de agua que apenas fluye por una minúscula abertura de un grifo maltrecho, gastado y repleto de arena, polvo, suciedad. De tales características era, y sigue siendo, la risita que atormentó a la familia por el resto de sus hilarantes días y patéticas noches.

Era una noche como cualquier otra, a excepción que la madrugada fue fracturada, de súbito, cuando la carcajada tomó posesión del ambiente. Impávida reaccionó la familia en primera instancia; solamente abrieron sus ojos y los clavaron, despavoridos, cada uno desde sus aposentos en un punto fijo del blanquecino tumbado, esperando que el constante ruido no sea más que un azar de carillones al son de los vientos nocturnos. Cuando el sonido hubo de asentarse y al parecer no había otra opción que afrontarlo, el pánico y las lágrimas se apoderaron de los miembros de citado hogar; aunque realmente tenían la voluntad de ponerse en pie y asistir al sitio de la risotada, la cama cobró complejo de arenas movedizas y solo consiguieron hundirse más en las deshilachadas cobijas. Una vez quedó atrás la etapa de inquietud y zozobra, las personas de la casa, ya mal acostumbradas al ¨ji-ji-ji¨, se reunieron y marcharon en grupo hacía de donde se suponía emanaba la carcajada. A medida que se acercaban a la cripta, el volumen de la risa incrementaba notablemente al punto de hacerles perder la consciencia, desequilibrando sus mentes y enjutando sus corazones. Ante tal evento, no fueron necesarios más de dos dedos de frente para captar que si la nula proxémica al sótano se repetía, los tímpanos reventarían junto a la cabeza, todo por efecto de la cruenta, nada melódica y antipática carcajada.

De tal modo pasaron incontables segundos, minutos, horas; incluso parecía que las manecillas del reloj giraban a tal velocidad, que cualquiera que lo hubiese visto, aseguraría que iban en sentido contrario. En el subconsciente colectivo de la familia se formaron, por obra y gracia de la carcajada, un montón de arquetipos. El más explícito de ellos evocaba la imagen de una cabra blanca parada sobre sus patas traseras, bien erguida, con sus magníficos cuernos ondulados, riendo sin parar en medio del cuarto oculto. Otra imagen imaginaria sugería que la risa provenía del rabioso hocico del perro perdido desde hace algunos meses, animal que desapareció y jamás se tuvo rastro de su paradero final y que, por alguna razón, se creía que yacía en tal habitación atragantándose en risa, pues él moría de gusto al saber que nadie pudo hallarlo tras una intensa partida de ese pueril juego intitulado ¨escondite¨.

Al fin y al cabo, la familia no pudo descifrar que misterio guardaba y guarda el sótano, la cripta, el cuarto innombrable; la verdad del caso es que aquella familia no salió de su casa, como dice ¨El Cuervo¨: ¨nunca más¨, y que, al transitar, cuando la luna sube, junto a ese rejunte de madera, ladrillos, bloques y ventanas, todavía se escucha, lejana, una atroz carcajada.

Bien se dice que lo que no se ve es lo que más terror causa.

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