Las últimas piedras

Por: Manuel Ferrer Muñoz, PhD
España

Antes del comienzo de una obra arquitectónica media un largo tiempo de elaboración del proyecto, búsqueda de la imprescindible financiación y contratación de la empresa constructora.

Una vez recorrido ese camino complejo, arrancan las labores de preparación, aplanado y adecuación del terreno, con la correspondiente remoción de obstáculos. Y, dispuestas así las cosas, se empieza a trabajar en los cimientos: una fase de crucial importancia, pues si fallan las cimentaciones, el edificio se viene abajo. De ahí la solemnidad que reviste la emblemática colocación de la primera piedra.

Hasta ahí, todo suelen ser parabienes, cálculos optimistas, previsiones esperanzadas. Pero lo que de verdad importa es la continuidad y el término del proceso: ¿de qué sirve un suelo bien embaldosado sin paredes ni techo?

Desde la pequeña ventana al mundo a través de la cual cada uno de nosotros contempla su entorno observamos con dolorosa frecuencia tantos proyectos inconclusos: empresas que quiebran, estudiantes que cuelgan los libros, matrimonios que se disuelven, promesas electorales traicionadas, aprendizajes de idiomas interrumpidos, gimnasios abandonados…

Algo de nuestra condición humana nos retiene cuando el proseguimiento en un propósito entraña sacrificio. Incluso existe la difundida opinión –sin duda falsa- de que determinados colectivos nacionales o locales se ven más inclinados que otros a tirar la toalla cuando la cuesta se empina. ¿Será que suizos, alemanes o japoneses están hechos de otra pasta que italianos, españoles, portugueses o latinos, por sólo recurrir a unos cuantos alocados ejemplos?

Descartada la genética, a la que solemos recurrir tantas veces en busca de explicaciones fáciles, quizá sea el caso de preguntarnos por los condicionantes culturales y educativos y por los contextos normativos.

¿Por qué el fracaso escolar se halla disparado en España? Más allá de las circunstancias personalísimas de cada chico, encontraremos poderosos argumentos que rara vez se toman en consideración, porque cuestionan el sistema. ¿Por qué me veo obligado a permanecer en un centro escolar hasta los dieciséis años, contra mi voluntad, forzado a seguir un programa de estudios que me ha sido impuesto sin consultarme y que está plagado de disparates o de contenidos superfluos? ¿De verdad alguien se cree que esos aprendizajes que ni siquiera han sido consensuados con los expertos van a servirme para la vida? ¿Por qué, si lo que me apasiona es la música, tengo que recortar el tiempo disponible para profundizar en esa expresión artística y, en su lugar, me exigen memorizar conceptos abstrusos, trillados y aburridos de materias que simplemente no llaman mi atención? ¿Accederé con éxito al mercado laboral cuando termine la Enseñanza Secundaria Obligatoria? ¿Por qué prohíben a mi familia la práctica de la educación en casa cuando hemos exhibido ante Servicios Sociales, Inspección de Educación y Fiscalía del Menor unos logros en formación muy superiores a los que proporciona la educación reglada? ¿Por qué he de padecer el adoctrinamiento del Estado, que trata de suplantar la participación de mis padres en los procesos de aprendizaje y educación que me conciernen? ¿Para qué voy a cursar unos estudios universitarios que sólo me proporcionan un pasaporte para el desempleo cuando obtenga la licenciatura? ¿Por qué soportar la práctica por el Estado y las Comunidades Autónomas de un paternalismo burocrático que me inspira rechazo? ¿Por qué tanto mensajito estimulante sobre los derechos del niño, cuando algunos derechos recogidos en la Constitución española son pisoteados? ¿Por qué tolerar tomaduras de pelo como el aprendizaje por proyectos, cuando los profesores que deben dirigirlos han de atender a tantísimas decenas de alumnos y muchas veces carecen del tiempo, la capacitación y los imprescindibles recursos?

Por supuesto, si detuviéramos la mirada en el mundo laboral de España, los interrogantes sobre el feliz éxito de cualquier iniciativa podrían multiplicarse hasta el infinito en un país donde parece que las dos únicas maneras de asegurarse una estabilidad económica de larga duración sean: 1) el ingreso en alguno de los cuerpos del Estado a través de una oposición (previo peregrinaje por un tedioso periplo de talleres y cursos de formación de dudosa eficacia práctica, y la ocupación de una retahíla de puestos interinos de trabajo), y 2) la incorporación a las filas de un partido político, previo compromiso de sumisión intelectual y seguidismo, caiga quien caiga.

¿Extrañará que quiebren las pequeñas y medianas empresas, agobiadas por una situación económica tan adversa y por un marco normativo de impuestos y regímenes de contrataciones que las ahogan?

¿Conocerán los políticos que administran los recursos públicos y ‘cuidan’ de nuestra economía y de nuestra hacienda la precariedad del empleo y las contrataciones en negro en el sector turístico, tan determinante en el PIB del país? ¿Qué atractivo puede constituir para los explotados trabajadores del sector la continuidad en empleos mal pagados y peor regulados? ¿Cabe en cabeza humana que puedan existir sentimientos de lealtad de esos pobres currantes hacia empresas que les obligan a trabajar a destajo y que los esconden cuando llegan las visitas de inspectores?

Cuando los ciudadanos de un país encuentran tantas dificultades en el día a día y acumulan tantas insatisfacciones, ¿sorprenderá que vaya extendiéndose una creciente sensación de estancamiento, de tedio ante la reiterada observación de que personas, familias, empresas, instituciones, órganos del Estado, partidos políticos, sindicatos… carecen de los recursos morales que se precisan para perseverar en el esfuerzo diario y llevar a término propósitos, planes, proyectos?

No quiero cerrar estas líneas con un mensaje desconsolado. Por eso, para levantar ánimos postrados, invocaré el aforismo latino: Melior est finis quam principium! (traduciré, por si este texto cayera en manos de la ministra de Educación de España, ésa que va por las ruedas de prensa avisando de que se “producieron” ciertas manifestaciones): el final es más importante que el principio, lo que cuenta de verdad es poner la última piedra.

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