Contradicciones

Por: Juan Almagro Lominchar, PhD
Universidad de Almería (España)

El pasado domingo dio comienzo –en palabras de los expertos- el Mundial más atípico de la historia del fútbol. Atípico porque, por ejemplo, en España, no es habitual ver un acontecimiento futbolístico como este en vísperas de las fiestas navideñas, tan lejano y desvinculado del sopor estival, con permiso del cambio climático, claro. Pero, también, es atípico por el lugar en el que se celebra: Catar. Para que cualquiera se haga una idea, el país asiático (11.586 km2) tiene una superficie similar a la Región de Murcia (11.313 km2), en España. En comparación con Ecuador, Catar tiene una superficie muy inferior, por ejemplo, a la Provincia de Esmeraldas (16.132 km2).

No obstante, no es la cronología o la extensión geográfica lo que más repercusión mediática y social está teniendo en relación al mencionado Mundial. La decisión de la FIFA fue polémica desde el principio por la situación de los Derechos Humanos en el emirato catarí. En este sentido, organizaciones como Amnistía Internacional, llevan tiempo denunciando las condiciones laborales en las que se ve obligada a trabajar la población migrante en este país. En relación a la construcción de los estadios de fútbol donde se están celebrando los enfrentamientos entre las 32 selecciones clasificadas para la fase final del Mundial, se han conocido cifras y datos escalofriantes: miles de personas perdieron la vida por las duras condiciones laborales, principalmente, debido a las altísimas temperaturas durante el levantamiento de los estadios. 

Parece difícil comprender y empatizar éticamente con que un país donde la homosexualidad está perseguida por ley –desde la FIFA se ha recordado que cualquier equipo que porte signos de apoyo en su indumentaria a los colectivos LGTBIQ+, será sancionado, y sus jugadores amonestados con tarjeta amarilla-, y donde las mujeres menores de 25 años todavía necesitan permiso de sus tutores para poder viajar, firmar un contrato e incluso, en ocasiones, para salir de casa, celebre un acontecimiento deportivo del calibre de un Mundial.

Un amigo irlandés me decía, en vísperas del inicio del campeonato, que él no iba a contribuir a ese bochornoso espectáculo montado por la FIFA, y que no vería ningún partido. La verdad es que razón no le falta. Sin embargo, hay algo de lo que, también, debemos ser conscientes: el fútbol colonizado por el turbocapitalismo y la desfachatez de unos cuantos usureros mafiosos está en las antípodas del fútbol que nos hace vibrar y emocionarnos al común de los mortales.

Posturas como las de mi amigo irlandés son muy respetuosas y comprensibles, dadas las circunstancias; pero, y sin que sirva de justificación, vaya eso por delante, las contradicciones éticas y morales a las que nos enfrentamos los seres humanos en los tiempos que corren son una constante. La semana pasada, en una de mis clases en la universidad, el alumnado que compagina sus estudios con trabajos como la hostelería, exponía sus condiciones laborales. Jornadas interminables, de día y de noche, por seis o siete euros la hora, y, en muchos casos, sin contrato. Hace unos días, también, conocíamos que una cifra importante de trabajadoras y trabajadores de la empresa Twitter, abandonaba su empleo por no sucumbir a los delirios neoliberales de su nuevo dueño, Elon Musk, que estrenaba su título de empleador sacando el yugo de la explotación a pasear. La pregunta es: ¿dejamos de ir a los bares por solidaridad con las y los trabajadoras/es de hostelería que sufren esas condiciones laborales de mierda? ¿Cuántas personas se han idode Twitter por empatía con las/os empleadas/os que han abandonado la empresa?

Luego, siempre hay clásicos que no pasan de moda en el campo de las contradicciones. Por ejemplo: cuando vamos a cualquier franquicia textil a comprar unos pantalones que se han tejido a miles de kilómetros, a veces por niñas menores de edad, bajo unas condiciones similares a quienes sufrían la explotación negrera del siglo XVIII, pero con un salario –de mierda- para disimular; o cuando compramos en el supermercado cualquier producto (fruta, verdura, carne, pescado…) sin pensar en la trazabilidad del mismo, desde su origen, hasta las condiciones de quien lo siembra, recoge, cría o pesca.

Volviendo al tema futbolístico, cabe recordar que el último Mundial se disputó en el año 2018, en la Rusia del belicoso Putin, que ya guerreaba en Crimea. Cuatro años antes, en 2014, le tocó a Brasil ejercer de anfitrión, un país donde la pobreza extrema se difuminó entre la algarabía de los goles y la samba. ¿No fuimos conscientes, a quienes nos gusta este deporte, de lo que había –y hay- detrás de aquellos contextos? Claro que lo fuimos, igual que lo somos cuando entramos a un bar a tomarnos una cerveza, comentamos cualquier tweet, nos compramos una camiseta o unos filetes de pollo. Y es que, las contradicciones, además de estar intrínsecamente ligadas a la conducta humana, son un producto accesible y para todos los públicos.

Quizá, una solución sea, como decía Barney Gumble en aquel capítulo de los Simpson, imaginárselo todo en calzoncillos. Sí, desnudo de fechorías y malversaciones; de totalitarismos y mafiosidad. En definitiva, ver el fútbol, no la mierda. Y condenar las injusticias. Eso siempre.

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