A propósito de Qatar 2022

Por: Luis Curay Correa, Msc.
Vicerrector UETS Cuenca (Ecuador)

El país oscurecía al orbe entero. Bajo la parafernalia engreída, caminan, otra vez taciturnas, los millones de miradas que admiran el potencial, la administración, la organización y la convocatoria que el dinero esgrime, con la antipatía de la opulencia. En sus calles se desgastan las vidas del ochenta por ciento del total de almas que habitan la sede, ellas, encargadas miserables de construir palacios deportivos, dejan regueros de sangre en cada obra; están manchadas con el hambre, la miseria y la muerte que causa la pobreza y la desigualdad, allí, en medio de la generosa contribución a favor de la nueva cita mundialista, queda el alarido sanguinolento de hasta dieciocho horas continuas de trabajo, se evaporan juntamente con sus sudores las ilusiones de un regreso, porque luego de la tétrica experiencia, el favor humano va probando que la dignidad de hombres y mujeres es demasiado cara para los millones de la realeza esquiva, entonces, casi sin alientos, gritan el infortunio de no regresar a sus casas del olvido, gritan la inconsistencia de las falsas promesas acarameladas en una supuesta justicia, que, ¡válgame Dios!, la religión administra en detrimento de sus hijos.

Y ahora rueda el balón con la festiva astucia de quienes lo autorizan. A graneles caen las lisonjas sobre los hombros vanidosos que se creen dueños, amos y señores de las voluntades. Los aeropuertos lucen puntiagudos y efímeros; lanzas son para los que llegan y se van, porque no regresarán a sus casas con la misma felicidad con la que se fueron: el arpón ególatra de quien más tiene, y, por tanto, vale más, habrá traspasado la calma y ahora, bullirá más irresoluta, la estentórea migaja de humanidad que le queda. Herido, pero pintado el corazón con los colores de su selección nacional, traerá su cuerpo quizás intacto, y su alma, embebida en el raciocinio de la que no es su cultura, maltrecha y sin esperanza.

Super héroes de pantaloneta y pupos vuelan, hacen acrobacias magníficas, regatean, corren llevando su impotencia a cada tranco, gimen desesperados cuando la jugada anticipada resulta solo una apetencia; es entonces cuando los guardianes sibilantes de las gradas contienen la vida en unos segundos, para luego, entregarla sin remilgos, en cada grito, gesto o lágrima. Es lo maravilloso del deporte, dicen, sin percatarse que el escenario deportivo es un osario vestido de algarabía. En las suites preferentes, aquellas semi mansiones que no sirven para otra cosa más que para bendecir, a vista y paciencia de todos, el pecado inmune; allí, atiborrados de atenciones y del silencio de sus cómplices, lucen refulgentes quienes, por unos cuantos millones, compraron o se dejaron comprar para traer al candente destino, la alegría del fútbol.

Llegan así, entre ráfagas de raciocinio y luego de cuatro años, los maravillosos días en que el mundo se paraliza para alabar al rey de los deportes y elevarlo al mayor de los pináculos, cueste lo que nos cueste.  

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