Pablo Palacio, Kafka, Chaplin

Por: Carlos Pérez Agustí, PhD
Cuenca (Ecuador)

De vida y obra relativamente breves, pero intensas en su trayectoria y significación, Pablo Palacio (1906-1947) es uno de los escritores de las letras nacionales más revalorizados en la actualidad. Pero no solamente por “Un hombre muerto a puntapiés” (1927), su obra más emblemática, sino también y sobre todo por sus dos novelas menos celebradas: “Débora” (1927) y “Vida del ahorcado” (1932), esta última, a mi juicio, la mejor obra del escritor lojano.

¿Cuál es su puesto en la historia de la literatura ecuatoriana? Pues, simplemente, un punto de partida. El que va desde el realismo social a una literatura más imaginativa y subjetiva, a la búsqueda de la interiorización de los personajes.  Para ello, se sirve de un lenguaje sorprendentemente innovador y expresivo, aún vigente actualmente.

Pese a ciertos esfuerzos por demostrar lo contrario, afirmamos que nuestro autor no escribe novela social en el sentido tradicional y riguroso del término. “La novela realista engaña vergonzosamente”, afirmaba rotundamente Pablo Palacio. “Realista feroz de la realidad interior”, asegura Jorge Enrique Adoum no menos contundentemente. En una época en la cual dominaba el realismo crítico y la literatura indigenista, Palacio se inclina por la ironía, la parodia y el sarcasmo; más aún. el gusto por lo extravagante, lo marginal e incluso lo deforme y monstruoso con tintes metafísicos a la manera también del mismo Cortázar.

La desintegración de las formas literarias está presente en las novelas de Palacio. Su narrativa ofrece la desconcertante experiencia de un relato sin personajes definidos ni argumentos propiamente dichos, lo que algunos críticos engloban en la llamada “antinovela”. Lo evidente es que la obra de Palacio es incuestionablemente singular, irrepetible, y surge como extraña en el medio de la literatura de protesta y de denuncia de la Generación del 30.

Kafka y Pablo Palacio

Ese alejamiento de las formas convencionales de la narración dará como resultado una obra audaz y avanzada para su época, a tal punto que se establecieron puntos de contacto con autores como Proust, Joyce y Kafka. En el caso de Palacio y Kafka -ambos abogados, de vida relativamente breve y obra literaria en cierto modo precoz- son exponentes innegables de posiciones literarias nada convencionales y, además,  proyectan sobre sus biografías unas perturbadoras “penumbras novelescas”.

Las novelas y relatos de Pablo Palacio expresan la angustia de seres que han perdido absolutamente sus referentes, personajes condenados al tedio o a la incomunicación, sin opciones ni escapatoria. Es improbable que Palacio haya conocido la obra de Kafka. Con propiedad no pude hablarse de influencias sino de semejanzas: “sombras”, “presencias” las llama Benjamín Carrión. Sea como sea, la soledad en medio de multitudes, la incomunicación, la ausencia de una justicia que dé sentido a la existencia son aspectos que recuerdan intensamente el mundo novelesco de Kafka. El hombre se torna pesadilla, absurdo, un callejón sin salida. Es lo que se entiende hoy por “kafkiano”:

“Quedo mucho tiempo en tinieblas y empiezo a andar a tientas por todos los rincones del cubo, dominado por sus impulsos contradictorios: la esperanza y el terror de encontrar a alguien que también me busca (…). Yo he estado allí, en medio de la noche, los ojos abiertos sin ver y el oído atento, oprimida mi alma. Yo he buscado allí mi camino sin encontrarlo” (“Vida del ahorcado”).

Kafka pretendía acercarse «al límite de la humanidad», entre la soledad y la opresión del individuo. Y en este punto recordamos lo que Jorge Luis Borges escribió en el prólogo a su traducción de La metamorfosis: «El motivo de la infinita postergación rige sus cuentos».Leemos en “Vida del ahorcado”:

“¿Qué es lo que veo, qué es lo que puedo ver desde esta ventanita?”

-Veo un muro gris, un serio muro gris en el que el sol viene a pegarse como una estampilla la mitad del año, como una araña achatada, como una pasta amarilla que a la tarde se envuelve apergaminada hacia arriba. Veo también una pequeña ventana y en ella una cabeza enmarañada, sin peinarse y sin cuerpo”.

Y la soledad del ciudadano, igualmente, frente a un poder arbitrario.  Sabemos que Kafka supo plasmar como ningún otro escritor los ambientes sombríos y opresivos que revisten el poder, el proceso silencioso pero imparable que culmina con la aniquilación del individuo. También aquí, las “sombras” y “presencias” del autor de “El proceso” en la escritura de Palacio. Kafka y Palacio representan el poder como una fuerza aniquiladora de la voluntad humana.

Como advierte Chinchetru, ‘El proceso’ de Franz Kafka es un retrato del poder como una maquinaria capaz de destruir todo rastro de moral, ética, responsabilidad y voluntad en el ser humano. Lo muestra además como fuerza incomprensible y caprichosa capaz de doblegar a cualquiera que quiera hacer valer sus derechos. Alguien debía haber calumniado a José K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana. Es el inicio de “ElProceso”, sintetiza con precisión la trama y el conflicto que se desarrollarán.  Ahora leamos este fragmento de “Vida del ahorcado”

Llaman usualmente a la puerta; usualmente, con los antiguos nudillos de la mano. Abro… Son los señores agentes del orden público. Me quedo mirándolos, desorbitado. Uno de ellos abre la boca:

-¿Usted es?

-Sí, señor agente. Soy yo.

-¡Ah! Por disposición de la autoridad competente; usted señor, está detenido.

-¿Detenido? Muy… muy bien, señor agente. A su mandar.

Y sigo a los señores agentes del orden. Un ciudadano patriota debe ser obediente y respetuoso. (…)

Los procesos jurídicos como una fuerza incomprensible y capaz de someter a cualquier ser humano que quiera ampararse en sus derechos. El poder jurídico es así una construcción social. Y lo carcelario como su más eficaz representación: prisión, escuelas, regimientos militares, instituciones religiosas. Estamos hablando de “vigilar y castigar”, según la conocida fundamentación teórica de Foucault. El poder como código y disciplina está presente en “El proceso”, “En la Colonia Penitenciaria”, y, aunque en otro nivel, en “Un hombre muerto a puntapiés”, en “Vida del ahorcado”. Incluso, uno de sus cuentos, “El antropófago”, comienza en una Penitenciaría., y en un fragmento de “Débora” leemos:

Tiempos de escuela:

Bajo la vigilancia oblicua de los frailes, rangos apiñados de niños en espera del momento de salida.. La chasca del Maestro mandaba al silencio. Y al estallar la risa fugitiva de algún chico, el lego director:

“¡Pasa tú! ¡Pasa tú!”

A recibir el castigo de la pared.

Palacio, Chaplin, Buster Keaton

Por vía del humor se han establecido conexiones entre Kafka y Chaplin.  Sabemos que Kafka admiraba el cine de Chaplin. “El humor de Kafka, siempre presente en su prosa, se hace en La metamorfosis tan evidente como una comedia muda de Chaplin” (Kafka va al cine). TambiénPablo Palacio se interesó por el cine como una de las manifestaciones artísticas vanguardistas de su época. Escribe en “Vida del ahorcado”: os gusta el cinematógrafo y las historias de amor. Y en “Débora”: ahora se me viene una observación que es necesario grabarla: El cinematógrafo es el arte de los sordomundos.

El humorista pone en escena su propia existencia, como han hecho en el cine Chaplin y Buster Keaton (otro de los clásicos inmortales del cine silente). Así lo reconoció Benjamín Carrión: “Puedo decir que Pablo Palacio es un Buster Keaton -el cómico que nunca ríe- del humorismo”. Por su parte,asegura Teresa Mauro Castellarín que “la sucesión de imágenes como producto del pensamiento, pero también como registro fílmico, aparece de modo constante en el relato de Pablo Palacio”. Leemos en “Débora”:

Como en el cinematógrafo: -la mano en la frente, la cara echada atrás-, el cuerpo tiroides, ascendente y descendente, será un índice en el mar solitario del recuerdo. 

El conflicto básico de toda la obra fílmica de Chaplin es la lucha del ser humano contra una sociedad injusta y desigual que, además, condena al individuo a la miseria. Su cine, siempre al lado de los marginados y desamparados. La narrativa de Palacios igualmente está poblada de una realidad absolutamente marginal.

En Pablo Palacio -como en el autor de “Luces de la ciudad”- a través del humor subyace la crítica de un mundo deshumanizado. Es la visión satírica de una época donde el hombre paulatinamente va siendo anulado. Aunque lo peculiar de Palacio es un humor calificado de negro, hay también espacio para la ironía y el sarcasmo más sutil, tratando de ridiculizar igualmente a “personajes importantes”:

“El señor Alcalde echó a trotar por la callecita empedrada, satisfecho, pequeñito, con las manos a la espalda y la barriguita redonda bajo la cadena del reloj. Y trotó y trotó hasta el final de la callecita. Y cuando hubo llegado dejó de trotar, se rascó una oreja, se levantó el sombrero hasta media testa y echó a mirar la callecita por donde había trotado.

El hombre angustiado y genial que fue conocido como “cara de piedra”, Buster Keaton, un irrepetible humorista que Julio Cortázar lo incluyó entre sus cronopios y que Buñuel le mostró un respaldo incondicional en sus peores momentos. Su arte -y el de Chaplin- construyeron un humor corrosivo y demoledor que logró transmitir una contundente visión crítica de la realidad social, de sus prejuicios y convencionalismos. En el caso de Pablo Palacio, su expresión satírica incluye una constante transgresión de las normas. En esta línea, toda una estética gestual está presente en el inconforme y cuestionador Pablo Palacio:

Entonces se abrió la clase y todos tomaron el sitio de cada día. Sobre el sillón de cuero, el Profesor sabio hacia gestos y hablaba, hablaba y hacia gestos; pero sus palabras, apenas salidas de los labios, se le caían en las puntas de los zapatos (…) Y el Profesor sabio, dejando de hacer gestos, se puso a buscar a gatas por la clase las palabras inútilmente perdidas. (“Vida del ahorcado”)

Los tres –Pablo Palacio, Kafka, Chaplin- (por supuesto, añadimos a Buster Keaton), con secuencias autónomas vinculadas sorprendentemente, lograron crear personajes que se mueven en un mundo inseguro, excluidos del mundo confortable y tranquilizador. La novela es para Pablo Palacio “un sitio donde se juega con lo serio”. Pero para un lector atento subyace siempre un desencanto oculto tras la burla. Así, la obra literaria de Pablo Palacio comenzó a mostrar nuevos caminos a los jóvenes narradores de aquellos años.

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