Chasqui

Por: David Marinely Sequera, Ph.D.
Venezuela

Correr era su vocación y también su trabajo. Su casta era responsable de llevar y traer la comunicación de todo un imperio que se extendía como una gran serpiente de penachos blancos, desde los campos de Pasto hasta el fin del mundo, más allá de la Patagonia.

No fue fácil convertirse en mensajero real, debió demostrar gran fortaleza física, resistencia a grandes caminatas y correrías, capacidad de fabricar su propia ropa, incluidos sus preciados calzados.

Eso sin contar el gran conocimiento que debía tener del Quipus, y de toda la geografía del Tahuantinsuyo. También debió demostrar su habilidad en   el uso armónico del Pututo, o caracol sonoro que anunciaba no sólo la llegada sino también el nombre del Curaca que recibiría el mensaje.

 Debió además conocer los variados dialectos Kichwas de algunas poblaciones, aunado al valor que debía probar frente a diversos peligros tales como la voraz fauna, el inclemente desierto de nazca o las frías heladas andinas.

Muchas veces, para mitigar el hambre y aumentar su velocidad comía plantas vigorizantes o algo de charqui, una carne seca y salada.

Esa mañana era diferente, recibiría una orden directa de la coya, primera esposa del gran Pachacutec, el transformador del mundo. Era la oportunidad de probar de qué estaba hecho; sin duda, los habitantes de su Ayllu, estarían orgullosa del “hijo corredor”.

Partió muy temprano, con el mensaje atado a la cintura; corrió varias horas a través de valles, quebradas, enfrentado delgados caminos cuyos linderos mortales avizoraba neblina y vacío.

Sabía que su vida quedaba subordinada a la entrega irrefutable del mensaje imperial. Tomó un breve descanso y al llegar a un tambo, o posta de relevo, no había nadie.

Decidió avanzar y, realizado el recorrido, llegó a la costa donde un quipucamayoc, abandonando momentáneamente la traducción de un quipu, leyó el mensaje para, minutos después, entregarle un bulto mediano, envuelto entre grandes frailejones y cabuyas.

Luego de saborear una sopa de quinua con papas y carne de vicuña se apeó de la indumentaria y emprendió el camino de regreso.

Difícil y escarpada fue la subida   del Apu; llegó nuevamente al tambo donde tampoco encontró al reemplazo. Asumió su deber y continuó la carrera. Ya al llegar al punto más elevado, divisó la ciudad imperial.

Por la joven mente incaica transcurrían a galope todos los honores y reconocimientos que recibiría del mismo Inca, reconocimiento que, para sus escasos 20 años, sería un precedente en toda la comarca.

Ya al atardecer, con las sandalias roídas y semblante fatigado, los guerreros vigilantes lo llevan en brazos hacia la coya, quien, sin fijarse en el cansado chasqui, pide le entreguen el bulto y hace que unas lindas mujeres de coloridos trajes y piel cobriza lleven el paquete a la cocina.

Toda la familia real del incario estaba presta para la comida, carne de aves, cuyes y chicha abundaban, pero la gastronomía principal de la noche era lo novedoso que vino de la costa ese mismo día. Sin embargo, para desagrado de la coya real, el gran Pachacutec, con una mirada indiferente a lo exótico del banquete sentenció:

_ Hoy no comeremos pescado.

Moderna representación de Chasqui portando el Quipo por el Qhapaq Ñan. (Revista “Muy Interesante”, G+J España). Fuente: http://sofima.hol.es/chasquis-12/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *