Un hombre con suerte

Por: David Marinely Sequera, Ph.D.
Venezuela

Soy un hombre con suerte. Por lo menos así lo he sentido durante toda mi vida. Me considero entre los que piensan que cuando todo luce nefasto, si hay un hilo de luz, hay esperanza.  Estoy acostado en esta cama, observo mis pies, que quedan fuera de ella. Tengo un fuerte dolor de cabeza, me doy cuenta, con preocupación, que mi almohada está manchada de rojo. Poco a poco voy recordando lo sucedido. Sí, hace unos días, mis compañeros de barraca y yo abríamos un hueco por orden del capataz. Sucedió que, sin querer, salpiqué de barro las botas de un general de las SS que por allí pasaba, inspeccionando el campo de concentración. Se miró sus botas y, sacando una Walther P38, apuntó a mi cabeza y se le atoró el gatillo. Afortunadamente, la bocina de un auto negro comenzó a sonar. El general se limitó a cacharme fuertemente en la cabeza, se montó en el auto y se marchó.

La débil y joven enfermera, prisionera como yo, se asombra de lo bien y lo rápido que la herida cicatriza. Me toma la tensión y comenta que en la barraca ya me llaman Lázaro; entendí que desperté luego de tres días en el dispensario.

Una semana después, estoy otra vez abriendo huecos y, para mi asombro, llega nuevamente el auto negro, esta vez se baja el chofer y, el capataz, sin mediar palabras, me ordena seguir al auto, el cual se dirige fuera de la alambrada. Mis compañeros, mientras me alejo, me miran con tristeza: sabemos que no nos volveremos a ver. Tengo que correr, el auto se me perdió de vista.

Al llegar a la alambrada, miro con horror algunos compatriotas atrapados, sin vida, entre el hilo eléctrico y punzante. Por otro lado, pienso con frialdad que lograron encontrar la salida a tanto dolor. Desde una alta garita me apuntan con unas ametralladoras, pero me dejan salir. Un largo y recto camino despoblado se alza. Corro un largo rato, descalzo, nada cansado, persiguiendo al misterioso auto.

Aun cuando sigo dentro de las propiedades de las SS, la sensación que siento en mis pies, al tocar otro suelo fuera de la alambrada, es gratificante. Grandes casas aparecen detrás de unos árboles cercanos, casas de nuestros cancerberos. No sé por qué me permitieron salir. Pienso que me dispararán en cualquier momento. El auto se detiene frente a una hermosa casa de dos plantas, la más grande de todas. Parece una casa de verano. Otros autos elegantes cercan la casa.

Algo importante está por suceder. El chofer baja del auto y hace una seña al jardinero. Este es un anciano de buen semblante, con ojos asustados. Me lleva a una casita aledaña, detrás de ella se alza un extenso bosque.  Me he podido bañar, y descansar. El jardinero nunca me habla. Parece asombrado al ver el buen estado de mis pies luego del extenso recorrido. Me da una rica sopa. Hacía tres años que no probaba nada igual. Tiempo después supe que era doctor antes de la guerra.

Dos oficiales entran a la casita. El jardinero se me acerca y me señala el bosque, luego se esconde.

 Me llevan con respeto, para mi asombro, a la casa principal. Entro a una lujosa sala. Tengo la sensación que la suerte que me había acompañado hasta entonces, se quiere despedir. No había notado que ya oscurecía. Un gran chandelier destella luz por doquier, varios generales están sentados en forma semicircular, como rindiendo pleitesía a otro, a quien llaman el Führer.  Éste lleva un bigote recortado, angosto y cuadrado. Están ubicados como en un anfiteatro griego esperando la función donde yo, sin notarlo, soy el personaje principal.  

Los soldados de mayor rango llevan un brazalete en el brazo izquierdo con las siglas SS.

Con temor, identifico a un hombre al lado del Führer, va vestido de Blanco, es el malévolo doctor Mengele, el ángel de la muerte; su fama por la realización de experimentos inhumanos en prisioneros lo preceden. Toma la palabra y comenta:

_ Somos una raza bendita, destinada a imperar por un milenio y más en toda la humanidad. Para lograr este cometido Dios nos ha enviado al Führer a quien debemos no solo nuestras vidas sino toda nuestra razón de ser.

En verdad, no me agrada estar acá, todos mirándome como a un objeto extraño, con desprecio, envidia y odio.

El doctor se me acerca. Trae entre las asesinas manos una pequeña caja de madera.  Sus ojos me escudriñan como si supiesen todo lo que está por suceder en los próximos minutos. Hace una reverencia al   Führer y continúa:

 _Como hombre de ciencia, hoy quiero demostrar cómo el ser humano, al igual que los animales, responde en todo momento a estímulos sensoriales, siendo, por ende, predecible en todas sus acciones. Sin embargo, si eliminamos cualquier ápice de afecto en él, seremos dueños de su voluntad. Para ello, hemos traído a este recinto a nuestro último experimento y así corroborar la teoría del Superhombre que por años he investigado.

Acto seguido, como parte de magia noto que desaparecen todos y sólo me encuentro sentado frente al Führer. Es extraño, pero no tengo miedo, ya me habían despojado de todo, mi padre, mi esposa y mi hijo. Para mi padre yo era su campeón, si me viera… ¿Que más me puede infringir dolor si hasta la muerte me parece una buena opción? La Luz del chandelier ilumina el escenario, sin embargo, extrañas sombras negras percibo a mi alrededor, como si fuésemos a performar un diálogo teatral.

El Führer, que había estado callado, se me acerca con curiosidad y comienza a hablarme:

_Sabes que nada es al azar. Te hemos vigilado desde que ingresaste Auschwitz. El reporte confirma que gozas de una “suerte” increíble: te has burlado de todas las formas de aniquilación que hemos diseñado. Debo decirte que no ha habido suerte. ¿Cómo explicar que eres el único sobreviviente entre todos los miserables del tren que llegaron contigo tres años atrás? ¿Cuántas veces te has enfermado? ¿Cómo gozas de buena salud a pesar de la poca comida, el frío intenso y las enfermedades que pululan en el campo de exterminio? Mírate grandulón, sobrepasas la media del hombre.

El Führer está frente a mí, qué pequeño se ve, me habla, no me siento intimidado, en el fondo siento que me necesita. Deseo acabar con su vida, pero algo en mí me dice que no soy como ellos. Mientras habla recuerdo todas las veces que vencí a la muerte: cámara de gas, trabajos forzados, temperaturas extremas, soledad, disparos…

El Führer da unos pasos atrás y comenta a las sombras que no logro identificar:

_Ha sido un éxito doctor Mengele, el superhombre ya es casi una realidad. La resistencia física que ha desarrollado también ha fortificado su espíritu. Pero ¿hasta qué medida?

El doctor Mengele, con aire de superioridad, aparece en el escenario macabro, toca mi fornido hombro y elevando su cabeza hacia atrás, me pregunta:

_ ¿Como está tu padre?

Una fría sensación se apodera de mí, moviendo mis más íntimas entrañas.

_Mi padre está bien, lo enterraron hace unos meses.

_Jajaja!! _ suelta una carcajada haciendo una fea mueca _Eso fue lo que te hicieron creer.

Sabía que estaba al inicio de una tortura psicológica. Debía hacer caso omiso de todo. Pero, ¿si decía la verdad?

El doctor levanta su mano, se arregla el cabello, y abre la cajita de madera sacando, para mi asombro, un viejo reloj en su interior. ¡El reloj de mi padre!  Un dugena, estilo clásico, bañado en oro, con mica cóncava, números romanos, con correa de cuero color café.

_ ¿Sabes qué hora es? _pronuncia con un sádico sarcasmo.

_ ¿Por qué tienes el reloj de mi padre? _Pregunto de forma agitada.

_Me lo “prestó” esta mañana.

_Desgraciado! _Le grito.

Tu padre y yo nos conocemos desde hace tiempo atrás. Es un buen paciente. Jajaja _ Miro al doctor con rencor, pero él parece divertirse.

En ese momento se me acerca y me inyecta algo en el brazo. Casi al instante me siento menos fuerte.

_ Queríamos crear en tu padre un super hombre, _continúa el doctor_ pero la verdad que resultó débil de espíritu. Creo que le afectó el experimento. Lo cierto es que fue su hijo quien mostró los frutos de nuestras investigaciones.

Poco a poco la sensación de debilidad se acrecienta. Una carencia de voluntad se apodera de mí. Mis labios parecen no obedecerme, hago un esfuerzo y exclamo:

_¡Eres un monstruo! Tantas muertes, tanto dolor. Es lamentable todo lo que ha ocurrido _le reprocho.

_ Sí, muy lamentable _contesta mientras se arregla el cuello_. Es lamentable que todavía no logremos fabricar al hombre ideal, pero estamos en eso.

_¡Desgraciado! _alcanzo a vociferarle.

El general de bigotes cortos exclama:

_Pronto serás nuestra mayor creación _ Siento náuseas y, sin pensar, le contesto con altanería:

_¡Führer no me fastidies!

Un momento después, logro escuchar unas voces y pasos como si empujasen a alguien.

_ Acá está tu padre -dice Mengele.

Sabía que mis sentidos estaban alterados, sabía que la alucinación era parte de los efectos de la inyección. Pero…

_ Acérquenlo para que abrace a su hijo.

Un espectro de hombre parecido en algo a mi padre cae cerca de mí, con duda lo trato de levantar, pero éste no muestra su rostro.

_ ¿Eres tú papá?

La voz del psicópata Mengele inunda la sala:

_Claro que no es tu padre. Es tu enemigo.

Todos habían desaparecido de la sala, salvo el hombre en el suelo y yo. Acto seguido se levanta y me apunta con un arma. Sabía que eran juegos mentales. Sin embargo, al ver el arma apuntándome, una fuerza descomunal se apodera de mí y desarmándolo, aprieto su cuello lentamente, suavemente. Su cuerpo convulsiona, se calma, lo dejo caer al suelo, cual pájaro disecado. Esperaba que la visión de mi padre en el suelo desapareciera. Sin embargo, seguía allí.

De repente escucho que emite un leve susurro:

_ Campeón.

Siento volverme como loco cuando miro su rostro y me doy cuenta que sí es él, mi padre.

 _ ¡Papá!_grito desesperadamente y  me lanzo a abrazarlo. Una tenue sonrisa como de descanso se dibuja en su rostro frío. Tomo a mi padre entre mis brazos, todavía respira, la sala se ilumina y logro identificar a todos los presentes. El rostro de Mengele parece confundido, el del Führer, decepcionado.

Identifico la puerta principal y salgo corriendo cargando a mi padre. Escucho algunos disparos que son silenciados por la voz del Führer que grita:

_¡No disparen, tontos!

Destrozo todo lo que se me interpone, me dirijo al bosque, no paro de correr por horas.

Toda la milicia nazi se congrega en una infructuosa búsqueda.

Ya refugiado, en lo profundo del bosque, al calor de una fogata una pequeña cueva nos cobija, mi padre despierta, me abraza. Sé que nos buscan, sé que todo luce sombrío, pero estamos vivos y Dios, al que a veces llamamos suerte, nos acompaña.

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