¿Cómo carajos?

Por: Jacqueline Murillo Garnica, PhD
Colombia

Martín Caparrós

Es una de las preguntas que utiliza Caparrós en este ensayo de más de 600 páginas demoledoras sobre la realidad del hambre en el planeta. El  autor no utiliza eufemismos, al contario, su estilo directo es necesario para enfrentar al lector en esta penosa realidad soportada por entrevistas, el trabajo de campo a los lugares más recónditos e inhóspitos de la geografía mundial. Una radiografía del hambre desde sus orígenes, de épocas primigenias hasta la desbordada descompensación social, política y económica de nuestros días. Un libro que atraviesa diferentes latitudes para denunciar una problemática que suele reducirse en fotografías, en cifras, datos, corrupción, manejos leoninos, asuntos de la FAO, las onegés, etc., etc.

La fotografía refleja otra de las confusas situaciones que derivan del alza del dólar. La comida almacenada en grandes conteiners en los puertos es proporcional en la medida que crece el hambre. Los países importadores de alimentos se enfrentan a las altas tasas de interés, la trepada del dólar y los precios astronómicos de las materias primas. En África que de por sí ya sufren una crisis alimentaria histórica, se ven enfrentados al agobiante crecimiento del dólar. En países como Ghana, los importadores pronostican una escasez antes de la navidad. En los puertos de Pakistan una hilera de contenedores aguarda a la espera de la aduana, mientras el gremio de los panaderos privados en Egipto aumentó el precio de la harina por los retrasos de los camiones en la aduana. Así funciona el mercado, y mientras tanto, el hambre palpita en los países más pobres. Esta es solo una arista del poliedro en que se convierte esta espiral en decrescendo.

“No pueden permitírselo, no pueden pagar por estos productos básicos”, refirió el jefe de comercio mundial de Cargill Inc., Alex Sanfeliu “Está sucediendo en muchas partes del mundo”. Estos señalamientos en relación con el retraso de los pagos en los bancos. Aunque no es un problema nuevo para muchos países, y tampoco la cuestión se limita a los productos básicos agrícolas. El asunto radica en la baja de las reservas de moneda extranjera, que en muchos casos ha reducido el acceso a los dólares, y sumado a esto las tensiones que surgen de la invasión de Rusia a Ucrania.

El programa Mundial de Alimentos ha manifestado que el mundo afronta la mayor crisis de la historia contemporánea, y el Fondo Monetario Internacional sentenció sobre la hecatombe con dimensiones graves que pueden superar la emergencia alimentaria de 2007 y 2008. Todos se pronuncian, advierten y señalan lo que ya se está evidenciando, pero el problema continúa y las políticas de los poderosos no dan abasto para frenar la catástrofe. Los discursos distan de tomar soluciones a corto plazo, y el mar de calamidades alimentarias sigue vertiginosamente su curso.

La mayoría de los importadores hacen maromas para contrarrestar los altos costos y lidian con la dificultad de conseguir dólares para solventar que sus envíos salgan de la aduana a tiempo y lleguen a donde tienen que llegar.

En el último informe de la SOFI – “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo”, la cifra de personas que sufren de hambre alcanzó los 828 millones en 2021. Los datos históricos según la FAO en el 2005, sólo en África arrojaba la “bicoca” de 192 millones de hambrientos, y en el 2019 ya contaba con 250 millones. El panorama no mejora, al contrario, sigue en picada.

Creo que hay una especie de vergüenza ajena, también de perplejidad al leer las páginas de “El hambre”. África se ha conocido también por el hambre y los niveles de miseria, quizá sólo este continente, pero reconocer que el hambre no es una problemática sólo de esa región propiamente, y que está a unos escasos kilómetros de nosotros; también produce un sentimiento de culpa, de dolor, de frustración. Conocí la vida de las “villamiserias” en Argentina por este autor. También las islas de basura habitadas por los millones de indios marginales, los sudaneses, los pakistaníes. La sumisión de los más vulnerables que tuvieron la desdicha de nacer entre la miseria y se consagraron entre el sufrimiento y la desesperanza. Algunos aguardan pacientemente entre la monotonía y el consuelo que puede sorprender un nuevo día en el que se pueda tener alguna oportunidad de comida.

Contrasta amargamente este paisaje con los desperdicios que empiezan desde la producción, luego en las cadenas de supermercados con las fechas de vencimiento de los productos, con “la nueva conciencia” de la alimentación sana, de los productos light, veganos, etc., los que se consiguen en los mercados especializados y los consume una pequeña franja de la población de América y Europa. Nunca el planeta había estado tan desequilibrado como ahora. No es que esté en contra de la nutrición, al contrario, es muy saludable, pero produce un pudor y cierto desasosiego reconocer tanta desigualdad. Por ahora expío mis culpas en este sentido, con estas estériles líneas.

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