Titulitis acadamecitis

Por: Manuel Felipe Álvarez-Galeano, PhD
Colombia

En los escenarios académicos y profesionales, suele ser común el empleo antepuesto de la abreviatura del título profesional o de posgrado sobre el nombre, considerado como una fórmula de respeto hacia los funcionarios y, en esa misma línea, dentro de una intención de cordialidad, con mayor intensidad, ante la autoridad. Esto obedece a códigos jerárquicos que, si bien pueden asumirse como respetables, responden a principios culturales, rayando, muchas veces, con la libertad comunicativa.

Se suele manejar en oficios, correos, informes y actas, con un decoro tal que termina sobreponiéndose sobre el nombre. Por ejemplo, no se llama Pepito Pérez, sino Doctor Pepito Pérez; es decir, resulta más importante el título o profesión que el mismo nombre. Incluso, es habitual cruzarse no solo con la profesión, sino también con el nivel académico vigente: Dr. Pepito Pérez, Ph. D., mostrando el nombre que mamita nos dio, encerrado en las paredes de la erudición.

Esto permite entrever que, en el contexto laboral, prima el cartón sobre el nombre y, en ese mismo sentido, ciertas profesiones de mayor reconocimiento y crédito social parecen postular más decoro que otras que solo estudiamos algunos locos; verbigracia, no se imaginan el lío en el que me encuentro, cuando, jugándomelas de erudito, quiero que me llamen por mi título de filólogo. Luego, me doy de doliente y pido que me llamen Pippo, mi apodo de niño, o Manuelito, con el acostumbrado puntillo del diminutivo ecuatoriano. Más aún, mi amigo Kike me sugirió que, aunque yo todavía estoy estudiando el doctorado, me denomine Ph. D. c. (candidato a doctorado) para no pasar encogimientos.

La RAE y la Fundéu no estiman una abreviatura para este oficio y me invento el de Flgo. Pipito Galeano, Mgtr., no sin recibir preguntas sobre lo que significa. Aprovecho, entonces, para dialogar sobre lo que se estudia en mi profesión, sin llegar a una definición precisa: les hablo de Nietzsche —creyendo que les estoy hablando de salsa caleña—, de Rafael Lapesa, de Saussure, etc., sin la más pájara idea de lo que es —y no tienen por qué saberlo, digo como consuelo de supervivencia—. Acudo, así, a la vieja confiable de llamarme lingüista y/o literato, para que no pronuncien filósofo, filólofo y fitólogo (aunque la botánica me encanta).

Dejando de lado mis penurias, me ha causado una ingente curiosidad que hasta se ha llegado al nivel de subrayar con negrita el título, y se le añade, aunque uno escasamente haya escuchado hablar de la persona, el epíteto de apreciado, estimado, excelentísimo, honorable y tantas otras especias que hacen que el acto simple y natural de nombrar a un ser humano termine convirtiéndose en una sopa de letras que exigen que uno tenga que llamar a todas las secretarías a preguntar cuál es el título de la autoridad a quien va dirigida la comunicación; tal es el caso que, cuando se envía un oficio o correo a varios funcionarios, el hecho de que alguien simplemente sea licenciado parece ser una vergüenza: «¡abajo la dictadura del escritorio!» decía un pana, cierta vez, no sin exagerar, cuando hablábamos del tema.

Quizá no sería aventurado sostener que esto es una forma de monarquía, pues los títulos nobiliarios se compraban en los antiguos reinos como una forma de rédito dentro de la sociedad. A una persona de edad avanzada se le suele denominar, en países como Colombia, con el título de don o doña, según el género, y esto tiene sus antecedentes en el latín dominus (señor). Recuerdo que mi madre me trastesaba mi getica cuando no llamaba a una persona mayor con dicho tratamiento. Sin embargo, el colmo del colmo sí es cuando se denomina a una autoridad no solo con el rosario de títulos, sino con el título de señor, en una suerte de feudalismo posmó y, muchas veces, con el uso de la mayúscula inicial, ¡háganme el berraco favor, Apreciado Señor Doctor Don Pepito Pérez, Ph. D!

El tema no es que uno se las dé de insidioso o de rebelde, sino, más bien, de ser consecuentes y verdaderamente aplicar el trato cordial democráticamente; ¿por qué no se les llama panadero Tomás, barrandera Zoila o vendedor Jorge? Claro, porque esos títulos, socialmente, no tienen la misma altura ¿verdad? ¡No!, hay que tomar la costumbre —para que no me tilden de extremista— de tener ambas opciones: quien quiera limarse las muelas llamando a alguien con las letanías nobiliarias, ¡pues, bacano! y a quienes no, pues que se eviten de acusarnos de groseros. Todo está en la intención comunicativa; pero, en serio, ¿no es mejor, en estos tiempos de reivindicaciones, equilibrar la horizontalidad que nos constituye como ciudadanos y optar por relaciones humanas más naturales? Definitivamente, la condición del ser es más relevante que el cartón.

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