La Biblioteca y el Derecho de Acceso a la Información

Por: José R. Reyes Ávila, Abogado
Honduras

Seguramente usted frecuenta nuestra Biblioteca Nacional o a lo mejor nunca lo ha hecho, o es esa persona que no aprecia ese espacio porque piensa que todo está en su celular y que la biblioteca es una cosa “muy antigua”. Todas estas posturas son habituales, pero no veo motivo para no visitar, cuidar y honrar ese espacio. El uso de esa institución cultural viene ligado al derecho de “libre acceso a la información”, un derecho reconocido por la constitución y un derecho humano reconocido internacionalmente; la biblioteca es el espejo del desarrollo cultural de un país.

La biblioteca es el espacio en donde el ciudadano accede a información de calidad, siendo éste un elemento fundamental de la educación. Es el lugar que alberga el patrimonio bibliográfico de una nación, reservorio cultural, y donde nos informamos para educarnos; en mi país, es la Biblioteca Nacional Juan Ramón Molina. Ahí se encuentra información contrastada y fidedigna. Resulta crucial tener acceso a la biblioteca más cercana, el cual debe ser generalizado para poder desarrollar social y culturalmente la nación. Recordemos un poco el recorrido de las bibliotecas.

El uso del archivo es parte de la historia de la humanidad desde hace más de 3,000 años, pero en nuestro país su uso sigue siendo marginal. Las bibliotecas han existido desde siempre en el viejo mundo: Mesopotamia, Egipto, Alejandría, Grecia y Roma (edad antigua que va desde 3000 a. C. a 500 d. C.) y han sido las encargadas de preservar la memoria de la humanidad.

En la edad media (siglo V a XV), las bibliotecas residían en los monasterios para que los textos fueran preservados por los monjes, y que la cultura descansara en lugares sacros. Bibliotecas de monasterios como Saint Gall, Fulda, Reichenau, Monte Casino en Europa (Imperio Carolingio) o Santo Domingo de Silos, San Millán de la Cogolla, Sahagún o Santa María de Ripoll en España, se convirtieron en los centros del saber de su tiempo. La primera biblioteca universitaria se estableció en la universidad de Salamanca en el año 1218, y era de uso exclusivo para los estudiantes; la biblioteca será parte de la cultura universitaria para siempre.

Con la creación de la imprenta por Juan Gutenberg (1453), la biblioteca tuvo un avance fabuloso gracias a la posibilidad de imprimir más libros en menor tiempo, y a partir del siglo XVI es cuando se desarrolla el concepto de biblioteca principesca, siendo las más importantes la de El Escorial, y la de la Universidad Complutense de Madrid, durante el reinado de Felipe II (de 1556 a 1598).

En nuestro continente, el concepto de biblioteca tal y como lo conocemos hoy, llega de la mano de los conquistadores europeos. La primera biblioteca que se funda es la Palafoxiana, por el obispo Juan de Palafox y Mendoza, en la ciudad de Puebla, México, en el año 1646; y será la biblioteca decana que dará origen al resto en el nuevo mundo.

Por otra parte, la biblioteca británica surge en el año de 1753, y cuenta con una colección de más de 170 millones de volúmenes, siendo a día de hoy la más grande del mundo. Cada año se le incorpora una colección de cerca de tres millones de objetos nuevos. La Biblioteca Británica contiene libros, mapas, periódicos, partituras, patentes, manuscritos y sellos, entre otros. Son 625 km de estanterías que crecen 12 kilómetros cada año.

En nuestro país, Honduras, hasta el 27 de agosto de 1880, durante la presidencia de Marco Aurelio Soto, se da nacimiento a la Biblioteca Nacional, y se pretende que “sea el lugar para la formación de generaciones”. Durante ciento cuarenta y tres años, ha sido una institución con pocos recursos y medios limitados, que los ciudadanos conocen poco o la desconocen. Es un espacio olvidado que no forma parte del día a día de estudiantes y maestros; resulta triste, lamentable y penoso el abandono, y sobre todo vergonzante la idea que se tiene de “la biblioteca”.

Hoy, en nuestra Biblioteca Nacional, los servicios son limitados. Carece de computadoras y de internet; faltan salas de lectura, libros, revistas y un largo etcétera. Hacer una comparación con cualquier biblioteca resulta simplemente inapropiado. Esta biblioteca es el reflejo de la desidia nacional, un triste ejemplo de lo que no debe ser. Si esa es la biblioteca más importante del país, ¿qué se puede esperar del resto? Este problema no solo es político, es también cultural, y eso es muy grave.

La biblioteca es un lugar que funciona como el mejor antídoto contra la ignorancia y la violencia.  Se puede desarrollar tantas actividades y tanta cultura dentro de sus paredes: ver películas (clásicas y contemporáneas), desarrollar talleres y actividades de todo tipo, habitualmente sin costo alguno, préstamo de libros y otros materiales, servicio de impresión en papel, reserva de salas para estudio, conciertos, videoconferencias, aprender idiomas, organizar clubes de lectura; todo para el progreso de la cultura colectiva. Todas estas actividades se podrían implementar en la Biblioteca Nacional, pero para ello es impostergable un “proyecto de biblioteca”, un lugar para fomentar la cultura, un espacio para los niños, los jóvenes y adultos que no quieren dejar de aprender y que aspiran a ser mejores seres humanos. Exijamos bibliotecas dignas en nuestras comunidades, y exijamos nuestro derecho a la información.

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