El locus amoenus o el lugar de enunciación

Por: Jacqueline Murillo Garnica, PhD
Colombia

Me atrevo esta vez a profanar la discreción con la que los verdaderos hombres, con su sencillez y calidez, entregan todo por causas tan nobles como creer en la humanidad. Dirían por ahí: un quijote en tiempos en los que las urgencias mercantilistas no dan espera, tiempos en los que los vientos de lo instantáneo son tan efímeros como la misma brisa.

Rodeado de la espléndida naturaleza de la hermosa ciudad de La Laguna, en Tenerife (Islas Canarias) y atrincherado en murales de libros, y con la libertad de sus pies descalzos, recorre el mundo desde su ordenador. Laborioso sin cesar, preocupado por la calidad de la educación, perseverante como maestro y entregado con su hábito de investigador al ejercicio de escudriñar, desde distantes latitudes, la mejor forma de fomentar consciencias en pos de cambios sustanciales en la sociedad. Su apostolado consiste en la devoción ciega y alejada de cualquier tipo de retribución, de ser coherente entre su prédica y su quehacer constante.

Este hacedor de sueños, con sus pupilos y con los que tenemos la fortuna de hacer parte de su séquito secreto, ha construido un espacio de paz a su alrededor, que hoy he profanado con mi indiscreción al reconocer en este HOMBRE su valioso aporte a las ciencias humanas. Un completo extraterrestre en un mundo que persigue otros anhelos, quizá los que den réditos, intereses económicos con empresas cuyo capital sea el de la explotación de los seres humanos desde todos los ángulos.

Me produce un ánimo esperanzador reconocer que todavía hay hombres valerosos y coherentes con sus ideales. Seguramente, desde su locus amoenus, encontramos a un hombre de fe, que persigue propósitos humanistas, que desde su ejemplo aúpa a estudiantes y contertulios en consolidar proyectos y nuevas formas de sensibilizar a generaciones de profesionales en la importancia de ser consecuentes con el oficio de maestro e inquieto historiador.

Este peregrino de su tiempo sabrá disculpar mi atrevimiento que sólo intenta reconocer su extraordinaria labor. De paso, le auguro un camino próspero y combativo con los escollos que aparezcan en el recorrido que se ha propuesto trazar.

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