Trilogía del otro (y III): EL OTRO

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista. Islas Canarias

Todas las noches soñaba el mismo sueño. Se había perdido en las callejuelas intrincadas de una antigua y lejana ciudad –unas veces Damasco, otras Bagdad o Jerusalén, El Cairo quizá, o tal vez Estambul–. La noche había caído de golpe, como caen las noches en Oriente, y le había sorprendido lejos del sucedáneo de hogar –provisional pero seguro– del hotel. A veces había un río o un mar cerca y ascendiendo desde sus riberas la niebla le envolvía como una inmensa y pegajosa telaraña.

Entonces oía los pasos a su espalda, volvía la cabeza y veía el bulto negro de un hombre que venía hacia él, empuñando una hoja ocasionalmente brillante a la luz mortecina de algún farol callejero. Atemorizado, apretaba el paso y oía cómo se aceleraba el ritmo de las pisadas a su espalda. Corría y el bulto corría también. Tropezaba en un obstáculo de la irregular calzada y al incorporarse veía alzarse sobre su cabeza el brazo homicida del otro. No podía ver la expresión de su rostro envuelto en la oscuridad, pero en un acto reflejo levantaba el brazo izquierdo como un escudo, en un intento desesperado por parar el golpe dirigido certeramente a su garganta.

Despertaba entonces empapado en sudor. A su lado sentía el roce tranquilizante del cuerpo de su esposa y del suelo le venía el respirar acompasado de su perro. A veces la lluvia tecleaba arrítmicamente en la ventana, sonaba el trueno a lo lejos y él, despierto en la oscuridad, jugaba a distinguir los contornos de las cosas. Era un pequeño goce, después de la pesadilla, sentirse seguro en la calidez de la habitación llena de ruidos y objetos familiares.

Pero le intranquilizaba saber que a la noche siguiente volvería a perseguirle el mismo sueño. La curiosidad se mezclaba a la angustia. ¿Quién era aquel desconocido que quería matarle? ¿Por qué? Una noche se hizo el propósito de ver su rostro. La próxima vez no huiría. Le aguardaría a pie firme, se enfrentaría con él. Claro que el único armado era el otro, pero no importaba. Sólo era un sueño y siempre podía despertar. 

Soñó que estaba en Damasco. Caminaba por una angosta calleja del barrio de Salhiyyé. Había subido al Djébel Qassioûn y desde allí había contemplado la puesta del sol sobre los tejados, las cúpulas y los alminares de la vieja ciudad. La brisa del atardecer le había traído el largo gemido sincopado de los almuédanos que llamaban a la oración vespertina. Los edificios a contraluz parecían envueltos en un polvo de oro, que cambiaba rápidamente a todas las tonalidades del rojo para morir en una sinfonía de violetas, refundidos en un azul que se ennegrecía por segundos.

Puesta del sol sobre Damasco vista desde el monte Qassioûn.

Cuando descendía del monte, la noche le cayó encima como un viejo caftán agujereado y la entrada en el laberinto de callejuelas terrosas la hizo ya abriéndose paso en una

tiniebla espesa que se pegaba a su cuerpo con la viscosidad de una gran telaraña. Como siempre en sus sueños, las calles estaban desiertas y él trataba de orientarse hacia la plaza de un viejo zoco que le servía de referencia urbana. No tenía miedo. Vivía la pequeña aventura del viajero momentáneamente perdido en una ciudad desconocida, sabiendo que en cualquier momento un viandante podría orientarle o un taxi conducirle al hotel.

Entonces percibió los pasos detrás de él. Hacía rato que sonaban inconscientemente en sus oídos, pero en ese momento se hicieron nítidos y de pronto más rápidos. Volvió la cabeza y vio el bulto del hombre que se desprendía de la penumbra de la calle. Apretó el paso y el bulto también lo hizo. Sabía que si corría iba a tropezar y se paró al doblar una esquina. Su perseguidor llegó presuroso, el puñal en la mano derecha. La oscuridad le impidió ver su rostro, pero sintió el aliento del otro junto a su cara y oyó los jadeos que se confundían con los suyos en aquel forcejeo silencioso, a vida o muerte. No supo cómo, pero la desesperación le dio fuerzas para arrancarle el arma y se la hundió una y otra vez en el costado, hasta que el otro quedó exánime en el suelo.

Pensó en huir, pero la curiosidad pudo más que él. Arrastró el fardo sin vida hasta el débil círculo luminoso de un farol y allí le dio la vuelta para verle la cara. Un grito sordo, de sorpresa y terror, escapó gutural de su garganta: era él mismo el que yacía en el suelo en medio de un charco de sangre, apuñalado por su propia mano en la oscura callejuela de un sueño viejo como el mundo.

Quiso despertar, pero no pudo. Desde entonces está vagando por los callejones tortuosos de aquel sueño interminable. A veces, quizá el eco le hace confundir sus propios pasos con los del otro. Se vuelve rápido, pero no hay nadie. Y sigue andando con el cuchillo en la mano.

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