El lado opuesto a la sumisión y la perfección humana la poesía de “la niña olvidada” o a través del lado obscuro Alejandra Pizarnik y su poesía

Por: Mgs. María Eugenia Torres Sarmiento
Comunicadora Social y Gestora Cultural del Cañar (Ecuador)

Sin una patria, de ascendencia familiar rusa, y religión judía, nació en Avellaneda, Argentina en 1936 y murió en 1972, resentida permanente con la vida, excluida de una sociedad.  vivió intensamente una experiencia intelectual y creadora en la ciudad de París, de donde partió a Argentina, luego a Venezuela, senderos que marcaron su determinación como exiliada.  Y entonces, al sentirse exiliada, hija de la orfandad, desamparo y marginación (Robalino, 2013),  condujeron  a Alejandra Pizarnik,  la denominada “pequeña olvidada” que recuerda a la Cosset de la novela de los miserables de Víctor Hugo, un personaje que construye y recorre su exilio en una búsqueda desesperada de una alteridad que se encuentra con un insondable vacío, sumergiéndose en un “laberinto de la soledad” –el de la escritura-, y desde ese pretil proponer la vida como una prolongada espera de alguien o de algo que, finalmente no llega.

Dos grietas importantes marcaron la vida de la poeta: la constante comparación con la hermana mayor propiciada por su madre y la condición extranjera de la familia (de origen ruso).

Durante este periodo comienza a descubrirse como un ser distinto, integrando así en su carácter caótico e inestable la necesidad de ser reconocida por los demás (a pesar de la discordancia consigo misma), se trata de -un personaje en el que todo parecía adoptar la forma opuesta a “lo-que-debe-ser”-, delineando una imagen perturbadora e inquietante por lo desconocido ( Piña, 2005).

Su fundamento de vida, pertenece a mundos distintos entendida en dos sentidos: Un deseo impostergable de romper con el mundo que les tocó vivir y por otro buscar en la muerte no la posibilidad de huir o evadir la realidad, sino la ambición de permanecer y un sentirse habitualmente excluida por una sociedad que, de las formas más sutiles y enmascaradas, hace evidente el peso de la marginación, sumado a circunstancias económicas que se convirtieron en un padecimiento como se muestran en sus cartas y diarios.

Pizarnik, modelo de inexorable voz de protesta ante un mundo hostil y lleno de incertidumbre que constató los avatares de la Segunda Guerra Mundial y los resultados del despiadado holocausto, quién lo vivió y lo sintió en carne propia al ver a millones de judíos calcinados, entre ellos su hermano y su padre.  Pero al mismo tiempo es parte de todas las atrocidades del mundo moderno, cuyas armas el oro y la inteligencia, cuyo procedimiento el cálculo, trasparentaron en sus enigmáticos crueles y ásperos poemas.

Un controversial legado poético, fruto de las imposiciones religiosas judías y el psicoanálisis de su madre, dando como resultado la ambigüedad en su carácter de “libertad creadora”, cuando su vida de inestabilidades profundas entre ¿permanecer o no en un lugar determinado?  o ¿mantener o no una relación afectiva duradera? El existencialismo, la libertad, la filosofía y la poesía fueron los tópicos de lectura favoritos de la poeta.

La poesía de la “niña olvidada”, tiene un nuevo retorno –a un jardín-, que apenas logra vislumbrar el “yo lírico” en un jardín de escombros.

A la par con autores que representan la poesía conversacional como Iván Guman, Juana Bignozzi, César Fernández, Roque Dalton, Ernesto Cardenal, Roberto Fernández, José Emilio Pacheco, surge el protagonismo del lenguaje en el poema con Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, Blanca Varela, Enrique Molina y desde luego con el cuencano César Dávila Andrade.

Pizarnik, poeta de armas distintas, de encantos frustrados, desacredita la pureza de lo poético con la ironía, sarcasmo, obscenidad presentes en sus versos: “todo es concha, yo he lamido conchas en varios países y solo sentí orgullo por mi virtuosismo-la mahatma Gandhi del lengüeteo, la Einstein de la mineta, (…) -¡oh el goce de la roña¡ (Pizarnik, 1955-1972, p. 412).

Aquella ironía, sarcasmo, audacia temática y expresiva de Alejandra, reflejaban las conquistas sociales que logró la mujer en la época de los sesenta: el modernismo, época de cuestionamientos que daban al traste con ideas tradicionales sobre la sumisión de la mujer frente a los preceptos conservadores de una sociedad aún retrógrada.  Su propia apariencia física: desaliñada y estrafalaria: pantalones y suéteres de hombre enormes, …lo decían todo.

En ese ambiente histórico, aparecieron consignas en favor del derecho al aborto, la igualdad de género, deteriorando conceptos sólidos como el matrimonio y la familia.

La intelectual Pizarnik, cuya poesía vanguardista, con rasgos del cubismo, el surrealismo, el fabismo y el expresionismo, fruto de innumerables confusiones personales y sociales, fueron el escenario propicio para sus imágenes poéticas en donde se expresó el inconformismo de un mundo que no era mundo, cuando se refería en sus versos “Señor, la jaula se ha vuelto pájaro y se ha volado; y mi corazón está loco porque aúlla a la muerte y sonríe detrás del viento a mis delirios (Pizarnik, 1955-1972,  p.92).

No solo en el caso de Alejandra, la poesía es un medio de expresión y rechazo a  las insatisfacciones de la vida, a las ausencias y carencias que trascienden un ámbito lingüístico  en donde el Yo lírico adquiere un verdadero sentido dentro de códigos ideológicos-culturales, constituyéndose en un símbolo que marca raíces en un sistema cultura concreto para significar y resignificar como es el caso “del bellísimo poema Omeros, de Derek Walcott, en el que el rescate o mejor la revaloración de los ritos y mitos de la cultura caribeña se enfrenta con el proceso de resignificación-paródico, irónico y hasta sarcástico-de la cultura grecolatina” (Robalino, 2013, p. 36).

Según Cristina Piña, en una búsqueda de una patria, de un espacio territorial inalcanzable-inexistente, el Yo autobiográfico, como el Yo lírico de Alejandra, presentan un vacío histórico y extraño, carente de asidero, como se expresaba en sus Diarios: “Ahora, si ahora conozco la soledad de mi infancia. Como si hubiera nacido del aire, como si hubiera quedado huérfana el día de mi nacimiento. Por eso mis padres me son extraños (Pizarnik, 2002, en Robalino, 2003, p. 84)

Y siguiendo su línea poética, en su faceta en la expresión humorística, Alejandra construye escenas relacionantes con el deseo con la muerte, el deseo con la escritura, y al igual que grandes poetas como Cernuda, Dávila Andrade, lleva el autoexilio en sus letras hacia una soledad ontológica.

En sus poemas “inminencia”, “la extracción de la piedra de locura”,  “la tierra más ajena“, “un signo en tu sombra”, “la última inocencia”, “ las aventuras perdidas”, árbol de Diana”, los trabajos y las noches”, “nombres y figuras”, “poseídos entre lilas”, “la condesa sangrienta”, “los pequeños cantos”, “una noche en el desierto”, “el deseo de la palabra”, “zona prohibida”, surgen como una rebelión del sujeto ante una sociedad gazmoña y represiva en donde el mestizo, convertido por la conquista en un ser fragmentado entre dos universos, el español y el indígena, constituyendo el centro de  atención de la voz poética de Pizarnik; y entonces pone sus ojos ante el Dios judío y ve la muerte como una espera y promesa.

Pues reconocerse como una mujer resultado de la violencia, el ultraje, el escarnio, el abuso, va a sumirla en un vacío histórico-existencial imposible de conciliar.  De allí que sus poemas son el reflejo de una sociedad carente en la que emerge la ciudad colonial, representada por trabajadores: escultores, albañiles, herreros, alfareros y por personajes típicos de ese mundo, como el señor feudal; la iglesia; el leproso; los labriegos; los picapedreros; los panaderos; los segadores del monte; los vendedores de cereales; las mujeres del pueblo entre ellas las lavanderas; un viejo vagabundo; los pastores de las cumbres; los viejos criadores de gallos de pelea; las hileras semanales de mendigos; los ebanistas.

Todos ellos inspiraron a Pizarnik en sus poemas, así como lo inspiró Fernando Sávater con su poesía. Ahora conjuga hábil y lúdicamente el erotismo, la infancia y la muerte con un lenguaje con absoluta libertad expresiva de donde prevalecen las palabras sin vestimenta, sin ropajes retóricos habituales.

Al concluir el análisis autobiográfico fatalista en la expresión poética de Pizarnik,  en su “Diario de Alejandra”, perseguido por los fantasmas de la soledad y de la locura, encontramos una discursividad que se aporta de su sensibilidad de artista, considerada una exiliada del mundo y por otra parte una actitud de rechazo hacia ese mundo marginado, que amenaza con destruir su actitud creadora, buscando siempre una “tortura espiritual”, aquella que encontró en otros autores también como César Vallejo, Marcel Proust y sin duda en Emily Dickinson.

Infinitas fueron sus preocupaciones, aquellas que se encontraron en las “Cartas de Alejandra o la conciencia del exilio” como los de aquel intelectual preocupado por abrirse camino en un complejo mundo; y es así que decide a través de juegos de palabras, de equívocos, de insinuaciones soterradas mostrar una actitud de reproche como el que lo hizo hacia su madre: “Esta es mi infancia, un laberinto de tristezas sin nombre. Y ella y yo estamos tan vencidas que desapareció la culpable, así como la víctima” (Pizarnik, 1955-1972, p. 493).

Cada poeta revela en sus expresiones, específicamente en sus versos todo su profundo interior y traza una línea imaginaria en torno a un “Yo”, ese “Yo” oscuro, no comunicativo, crítico de sí mismo, poseedor de una conciencia de sí mismo, que lucha incansablemente por encontrar al otro y que intenta acercarse a otras voces “el tú”, aunque dicho encuentro le resulte muchas veces frustrante. Ese “Yo”, es el lírico de Alejandra “Tú, él, ella, nosotros”.

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