¿¡Libre ingreso a las universidades!?

Por: Fernando Uyaguari
Licenciado en Educación y miembro de CES-AL, Cuenca (Ecuador)

Hace un mes los jóvenes ecuatorianos recibieron la repentina noticia sobre la eliminación del examen Transformar. Un regalo envuelto de incertidumbre y que probablemente contiene un boleto de regreso al sistema anterior. El carismático Presidente de la República pretende cumplir todas sus propuestas de campaña avivadamente, sin darse cuenta del impacto que representa hacia las Instituciones de Educación Superior (IES) preparar un modelo de admisión transparente, equitativo o, como lo llaman los especialistas, meritocrático. A día 18 del octavo año de 2022, los aspirantes a las universidades públicas emprenden un inconmensurable viaje en tierras contaminadas de corrupción y negligencia.

La tenue noche del jueves 14 de julio presenció la adscripción de las nuevas reformas a la Ley Orgánica de Educación Superior (LOES). Dicho decreto consigna 73 artículos, doce disposiciones generales, ocho transitorias, una reformatoria y una derogatoria. El principal objetivo es optimizar el ingreso de los bachilleres a la educación superior, por medio de la remoción de la Subsecretaría de Acceso. Dicho de otra manera, la Senescyt prescinde el examen de admisión y delega a las IES, sin una previa consultoría, la responsabilidad de crear programas meritocráticos e, irónicamente, de libre acceso o libre elección de carreras.

Es menester de todo el pueblo saber que en 2021 se propuso un proyecto de Ley a la Asamblea Nacional con respecto a este tema. Los asambleístas optaron por archivar la moción, dado que no era viable y pertinente. Había pasado más o menos un año y la máxima autoridad del estado se autorizó a sí mismo y desempolvó su propuesta y la aprobó. Al tener la potestad de crear libremente decretos no dudó en afianzar su propia ley para beneficio personal. Esta decisión representa una cortina que detrás del escenario oculta los verdaderos intereses.

El examen de admisión a universidades e institutos entró en vigencia desde el 2012. A partir de ese año los datos sobre matrícula mantienen una frecuencia continua, es decir, la tasa de matrícula neta oscila de 20,20% a 18,90% con una ligera disminución cada año. Para este 2022 alrededor de 327.000 jóvenes ecuatorianos rindieron el Test Transformar y las plazas disponibles (122.000) desafortunadamente no cubrieron la demanda. El mal que aqueja al sistema universitario se intensifica, de tal manera que, de 2’241.732 postulados solo el 53% (1’197.451) logró un cupo, mientras que el porcentaje restante todavía mantiene la ilusión de estudiar la profesión que anhela.  

Los números preocupan, puesto que es una década de infortunio y desconcierto. La educación universitaria está condenada a mantener el mismo porcentaje de ingreso y en algunos casos le toca disminuir. Pese a que la prueba de admisión sostiene un sólido lema meritocrático, las puertas y garantías a un sistema de calidad y calidez se alejan. Cabe aclarar que ningún mandatario ha sido capaz de proponer un plan de contingencia hábil que ofrezca seguridad de ingreso y permanencia. Igualmente, algunos candidatos ingenuamente caen en el error de ofrecer libre ingreso, aun cuando conocen la inhóspita situación económica y educativa; en palabras de Shakespeare en la boca del mentiroso, lo cierto se hace más que dudoso.

El último examen estatal está a la vuelta de la esquina, la Sierra ecuatoriana apaga un capítulo de la historia universitaria y los jóvenes se enfrentan a su infranqueable enemigo por última vez. El centro de atención recae en el primer período del 2023, ya no se murmurará ENES, Ser Bachiller, EAES o Transformar, qué sorpresas traerán las IES a sus aspirantes. Está claro que la barra de medición a los nuevos proyectos de acceso dependerá de factores sociales, culturales, económicos, entre otros. Peculiarmente, la incertidumbre se apropia de los ciudadanos que sufrieron corrupción y reiteran la aparición de las palancas, dedocracia, elitismo, etc., en pleno siglo XXI.

En ese sentido, la furtiva noticia de “¡ya no hay examen!”, trata de cegar a las inocentes mentes y, por ende, imaginar el libre ingreso. La posibilidad de aplicar a carreras diferentes será casi imposible, debido a que el postulante deberá estudiar para dos exámenes repletos de contenidos o temas extensos. Así mismo, la oportunidad de estudiar en otra ciudad queda condicionada y ni se diga de la posibilidad de descubrir nuevas carreras. Estas pinceladas van más allá de justificar la existencia de una prueba estandarizada y de un mecanismo transparente, resulta imprescindible corregir los errores a fin de instaurar un método de aceptación a IES que logre equilibrar la desigualdad social y las carencias formativas del Bachillerato.

En suma, la educación superior sufre malestares desde hace varios años. Hasta este momento nadie ha podido corregir y subsanar los deslices, ni las falacias de libre ingreso encarrilarán a las IES. El punto crítico de todo el meollo recae en las manos de las autoridades, es inaceptable el desinterés de parte del titular de la Senescyt obviar un filtro necesario y aceptar prematuramente una ley ambigua. Los jóvenes que, sin duda son el presente y el futuro, merecen un mejor trato y garantías que los acompañe en el transcurso de sus estudios.

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