El buen leer en tiempos convulsos

Por: Mgs. Yenifer Castro Viguera
Investigadora Agregada en la Oficina del Programa Martiano, Cuba

Miguel de Cervantes, insigne escritor de la lengua española y lector por excelencia, no pudo menos que atribuir la locura de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, al “mucho leer”, junto al “poco dormir”. Otros han ido más lejos a través de la imaginación…, ya sabemos que un libro envenenado fue la causa de las extrañas muertes que acontecieron en la abadía medieval de El nombre de la Rosa, de Umberto Eco, otra obra cumbre de la literatura universal. En cambio, una figura cimera de la historia y las letras cubanas, José Martí, afirmaría sobre la cuestión: “Los libros consuelan, calman, preparan, enriquecen y redimen”[1]. Desde todos los tiempos y latitudes se conjugan perspectivas diversas, reales o ancladas en la ficción, sobre los escasos perjuicios y muchos beneficios de la lectura en cuanto al objeto de esa búsqueda que mueve el paso del ser humano por la tierra, llámese paz, bienestar, felicidad, o simplemente, el sentido más profundo e inefable de la vida.

No nos referimos aquí a la lectura como parte de la formación o el ejercicio de una profesión concreta, la que permite sobrevivir en una parcela determinada del conocimiento y la actividad humana, sino al acto de abrevar en las fuentes de la literatura, en tanto expresión del arte a través de la palabra. Esta suerte de “viaje de placer” que comienza en las páginas de un libro ha tenido siempre numerosos enemigos, por más que los escollos de la contemporaneidad empequeñezcan los que fueron grandes obstáculos seculares. Entre ellos, pudiéramos mencionar la escasa o nula difusión que alcanzaban los códices o manuscritos iluminados antes del surgimiento de la imprenta, la inexistencia de bibliotecas de carácter público y la enorme proporción de analfabetos. Hoy día, según datos de la Unesco, alrededor del 84 % de la población mundial adulta sabe leer; pero esto indica que un significativo 16 % aún es incapaz de hacerlo y, con ello, de entender mínimamente el mundo que le rodea.

Pero si antes la lectura sufría, digámoslo así, “por defecto” de posibilidades, a lo largo del siglo XX se ha invertido cada vez más este panorama, sobre todo con la Postmodernidad, hasta llegar a una situación caótica “por exceso” de alternativas. Otras tecnologías -el libro ha constituido también un avance tecnológico- comenzaron a adueñarse del tiempo libre de los potenciales lectores, primero la llegada de la radio a los hogares y después de la televisión; más tarde los ordenadores y el surgimiento de internet. El ámbito digital y el ciberespacio, más que competir con la lectura, configuraron un mundo paralelo del que también participa la información textual; pero en el que ha mutado en gran medida el sentido de su decodificación. En cuanto a la “literatura ciberespacial”, predominan las expresiones más breves y descontextualizadas, como minicuentos, poemas sueltos, pasajes de obras más extensas que, amén de su valía y del potencial para incitar otras búsquedas, no pueden sustituir una experiencia lectora que llamaremos tradicional (pero que pretendemos independizar de cualquier medio o soporte en cuestión), más prolongada e intensa, que implica renunciar a otros estímulos para sumergirse en un mundo diferenciado, con una lógica y sensibilidad particular, creado o recreado por el autor. Es ese acompañar al Quijote y a Sancho a través de sus aventuras, desafiar molinos, rescatar doncellas, gobernar ínsulas… que no puede reducirse a unas pocas líneas.

La lectura tiene que enfrentar otras amenazas, que parten del ingente y creciente cúmulo de obras literarias valiosas que se han publicado y conservado de generación en generación, a través de las distintas civilizaciones. La masificación no ya del consumo, sino de la producción literaria, con la proliferación de autores y obras sobre las que muchas veces no se ha emitido aún un juicio crítico autorizado, enrevesan todavía más este escenario. La evolución misma de la cotidianeidad pareciera acarrear adicionales peligros, con la aceleración del ritmo de la vida y la creciente oferta de actividades de diversa índole. Pensemos en una frase que varias fuentes le atribuyen al cantautor Joaquín Sabina: “Los gimnasios están llenos, las librerías siguen vacías”[2].

Sin embargo, a pesar de la innegable complejidad de nuestra época, poco propicia a esos viajes de la imaginación, creemos que algunas dicotomías son innecesarias. Entre ellas, una que ya por fortuna va quedando obsoleta, que involucra al libro impreso versus el digital. Por ejemplo, actualmente es posible, y en ocasiones útil, comenzar a leer una obra impresa, continuarla a través de la pantalla de un lector de e-books y concluir escuchando el correspondiente audiolibro, si el cansancio visual así lo aconseja. Pero sobre todo, superemos esa añeja contraposición entre las facultades físicas y las intelectuales, la vieja tensión del binomio cuerpo – mente, entendiendo que ejercitar el cuerpo nos hace también más fuertes intelectualmente, y que el cultivo del intelecto otorga motivaciones y potencialidades adicionales que pueden influir en nuestras capacidades físicas. En definitiva, la coexistencia de las librerías, las bibliotecas y los gimnasios, así como de la lectura y el deporte en casa, sin olvidar la buena alimentación y el sueño reparador que no tuvo el ingenioso hidalgo. Nada de ello, aunque repetido, resulta trivial para mejorar nuestra calidad de vida y encontrar asideros en estos tiempos convulsos.


[1] Martí, José. Obras Completas. vol. 15. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1975, p.190.

[2] Disponible en: https://www.joaquinsabina.net/a-los-gimnasios-ii/

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