Creatividad versus neocensura

Por: Agustín Díaz Pacheco
Escritor. Tenerife-Islas Canarias

Imagino que pueden ser muchas las personas que quizá apuesten por una cultura emancipatoria, la misma que intenta desalienar al ser humano. Ante una mísera pseudocultura que preconiza paradójicamente la erudición por la erudición, que pretende el sectarismo y la miseria concurrente en un egoísta beneficio personal, o sea, un patológico protagonismo, es precisa una cultura que trate de liberar a hombres y mujeres. En esa cultura por la emancipación, la literatura (poesía, cuento, novela y ensayo) supone una vital constante histórica, aportando creaciones en las que coinciden: imaginación, aprehensión de la más verídica realidad o una premeditada distorsión de los hechos, trazando un singular espacio autónomo o independiente. Dichos géneros literarios son tablas de salvación en sociedades donde impera el siempre incómodo desarraigo, un feroz individualismo y el neofascismo y la neocensura. Persiste el caos estructural, asciende el egoísmo, la hegemonía del naufragio existencial, surgiendo incluso iluminados luego arrepentidos de su fatuo resplandor o los neofascistas de la gauche divine, quienes predican revoluciones y cambios sociales, tornándose su  actitud en subrepticia o descarada neocensura y totalitarismo.

¿La neocensura y el totalitarismo secuestran a esta pírrica partidocracia, podría mover a preguntarse acerca de la necesidad de establecer determinado voto censitario dado que hay infracerebrales electores que votan contra sus propios y legítimos intereses [derechos]?  La neocensura y el totalitarismo no favorecen precisamente el enriquecimiento cultural. En tal sentido, existe una cuestión altamente preocupante. Consiste en los datos de lectura del Barómetro de hábitos en España. Así, solo el 64,4% de españoles han leído un libro en momentos de ocio. Mientras, el 35,65% de españoles nunca ha leído. Lo anterior corresponde a datos del Gremio de Editores de España referidos a 2021. Abundando en lo anterior, Canarias, tras Extremadura, es la comunidad autónoma con un sobrecogedor índice de lectura, sólo ha leído un 58,8%. Parece imponerse, pues, una especie de heterodoxo Fahrenheit 451. También sumamente explicativas las palabras pronunciadas (en la mañana del viernes 4 de febrero de 2022) por el escritor Javier Cercas ante los micrófonos de RNE: “Cuando una persona no lee, me dan ganas de darle el pésame”. Entonces caben preguntas y acusadores índices. Padecemos una clase política –con las lógicas excepciones- mediocre, torpe (de espaldas a las energías renovables: energía solar, eólica, maremotriz y geotérmica; que no diversifica la economía, así, nunca ha impulsado la creación de una necesaria flota pesquera y conservera), inculta, reacia al libro (apoyando a determinados escritores, auténticos caciques culturales, ejecutores de restrictivas políticas editoriales, sumamente discriminatorias), y en algunos casos partícipe de la corrupción, clase política –sin generalizar- en ocasiones individualmente envilecida. Esa misma clase política es responsable de la calamitosa situación educativa y cultural, responsable también -por su omisión- una sociedad civil indiferente o apática, miedosa y cómplice. La primera, la clase política, parece no haber leído el Oráculo manual y arte de prudencia, de Baltasar Gracián o  El tratado de la tolerancia, de Voltaire (Enrico Berlinguer, secretario general del Partido Comunista Italiano, preconizaba y amimaba a los militantes la lectura de El tratado de la tolerancia, en España, la dirección del PCE, el cual abandoné voluntaria y definitivamente en 1984, se prodigaba en abundar las vulgatas. Evidentemente, el PCI se nutría de la sapiencia intelectual de Antonio Grasmci, el PCE nada de nada menos cero, de manera heterodoxa, Manuel Sacristán), se trata de una clase en la cual abunda el embrutecimiento. En cuanto a la sociedad civil, está acostumbrada al: “deja ver”, “ya veremos”, “quizá”, “posiblemente”, “mañana hablamos” o “yo te llamo”, pongamos por caso. Padecemos, pues, una clase política y una sociedad civil desnortada, carente de un necesario GPS.  Y es que cuando permanecer en los cargos no es la consecuencia de una conducta, sino que la conducta tiene como único fin permanecer en los cargos, se contribuye a homenajear a la ambición; cuando en la sociedad civil abunda la descalificación, el “quítate tú para ponerme yo”, es necesario tomar conciencia, acopiar conocimientos y darle alas al bisturí de la decisión, porque esa misma sociedad, y sus representantes, en el caso de Canarias, se lo pone demasiado fácil a las apetencias hegemónicas de Marruecos, por ejemplo, ésa nauseabunda monarquía que amenaza constantemente con invadirnos paulatinamente mediante su ejército de inmigrantes, y una buena parte de ellos en edad de prestar el servicio militar (obligatorio en Marruecos) o en acoger a los MENAS, ayudando más a los inmigrantes que a los propios canarios, careciendo muchos de éstos de pensión o recibiendo una exigua ayuda. Espoleando una especie de Marcha Verde, trocada ahora en Marcha Azul ya que lo hace a través del mar. Se carece de voluntad de visión (el peor ciego es el que no quiere ver), tanto ante los enormes problemas internos que subsisten en Canarias como de visión de futuro y de garra resolutoria. Puestos en esta situación, el panorama cultural es lamentable, y es que muchos creadores se han enamorado de su propia sombra, son crónicos onanistas celebradores de sí mismos, empedernidos vanidosos, astutos cultivadores de la envidia, sempiternos mediocres, quienes olvidan o premeditan olvidar la realidad en la que se hallan. Jamás oí decir a Isaac de Vega, Rafael Arozarena, Domingo Pérez Minik, Arturo Marccanti o Carlos Pinto Grote que eran escritores, se limitaban a ser excelentes creadores. Enormes buenas personas, definidas por una elegante sencillez.  Al escribir es esencial la sensibilidad creativa y también un profundo respeto por sí mismo y por los demás.

Entonces, conscientes de la existencia de sociedades profundamente superficiales -valga el oxímoron, la más irrefutable contradicción-, esta trágica pandemia ha alzaprimado la incertidumbre, agudizando y patentizando no sólo la reiterativa condición humana sino que cobren plenitud las palabras del pintor Antonio López: “No creo que salgamos mejores de esta crisis [la pandemia]”.  La pandemia  ha expandido la victimización  por el coronavirus y también por la estética del enmascaramiento, o sea, el uso continuado de la mascarilla se ha constituido en trinchera (dónde los labios, qué del temblor de los músculos maceteros, de los pliegues de los cornetes nasales, etcétera) para beneficio de envidiosos, mentirosos, falsos, hipócritas y malvados. Evidentemente, en esta pandemia se han alzaprimado subgéneros literarios a tener en cuenta. Uno de ellos, la ciencia ficción, traducida en veraz deshumanización, recordándonos a escritores distópicos como Yevgeny Zamiatin, George Orwell, Aldous Huxley o Ray Bradbury, creadores de universos de silenciosa oscuridad. La pandemia, con el confinamiento habido entre marzo y junio de 2020, y luego los oscilantes niveles, ha puesto de relieve que persiste y hasta aumenta: la banalidad, simpleza y ramplonería, es decir, la decepción originada por el ser humano, con excepciones, obviamente. Pero se debe insistir y hacer efectiva la más tenaz y firme resistencia, de la cual hablaba John Berger, escritor, creador plástico y crítico artístico quien colaboró periodísticamente con el avanzado Tribune, publicación editada por su amigo el escritor George Orwell.

 Éste libro, que me ha supuesto una especie de oasis en un despiadado desierto de silencios sitiados y realidades mutiladas, en los murmuradores burgos  podridos que diría Manuel Azaña, suponía un reto para llegar a cierto horizonte. Es infinito el número de ciudades que nos recuerdan a los dos minutos de odio, rito inscrito en una utópica y futurista novela [1984]. En esas colectividades están los dos minutos de odio y la enorme tortura que caracteriza a la Habitación 10. 

¿Habría que apostar por una cultura emancipatoria? Hay creadores trabajando calladamente, obviamente, casi en el anonimato, radicalmente distanciados de ampulosos poetas, por ejemplo, también de narradores y novelistas. Esos creadores  quieren y saben eludir la endogamia cultural y sus ecos, la endogamia literaria, por ejemplo. Existen quienes pretenden constreñir la existencia a una actividad sacralizada, reverenciada. En tal sentido, ¿habría que secularizar la literatura? Tal vez supondría una muestra de emancipación, no acatar dogmas, dotarse de inexpugnabilidad ante la tentación del sectarismo y la miseria del patológico beneficio personal, lo cual acontece cotidianamente, ambicionando expandirse, secuestrar, jibarizar o eliminar el pensamiento crítico. Y éste indispensable pensamiento crítico puede y debe consistir en consolidar la libertad y la dignidad inherente a la libertad individual y colectiva. El pensamiento crítico constituye la esencia de una libertad consciente, en la que deba predominar el equilibrio, la convivencia, la tolerancia, el avance económico y social y la cultura. Principios imprescindibles para alcanzar un bien distinto sistema político. 

En la Aldea del Infierno Líquido, 7 de marzo de 2022

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