Cruz de madera

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Director Colección Taller Literario, Cuenca (Ecuador)

En medio de una pecera, sin agua ni peces, reposaba la base de una cruz de madera que, respingada hacia afuera de ese recipiente, lucía poderosa, ahí, alado de la ventana principal, sobre un antiquísimo mueble de bar, ya viejo, lacado y pintado nadie sabe cuántas veces. La cruz, toda ostentosa, estaba rodeada, en su base, de esos adornos frusleros que no faltan en casa. Mismos adornos servían de sustento, de apoyo, así que la cruz jamás tambaleaba, ni siquiera con esos sismos un tanto pesados que acostumbraban a sacudir el profundo sueño de los habitantes del hogar custodiado por la ya descrita cruz de madera.

Es dicho que aquella cruz de madera, ni tan alta, ni tan baja, fue bendecida, antaño, por un alto mando de la curia local, en un tiempo ya desconocido que se ha esfumado de la difunta memoria de sus primeros dueños. Quizá esa sea la razón por la que dicha familia haya aguantado el furioso embate de un sinnúmero de desastrosos acontecimientos que amenazaron con resquebrajar, uno por uno, a todos sus miembros, desde los más longevos hasta los mocetones.    

No todos de la vasta familia saben que la abuela, la heredera más antigua de la cruz de madera, fue ultrajada, en repetidas ocasiones durante sendos años, por la pandilla de quien con el tiempo habría de convertirse en su esposo. Ella, al fin y al cabo, gustosa de parir a tanto muerto no reconocido se contentó con el menos peor, con el menos malo de la incauta jorga de violadores ambulantes. Para consolarse de su particular desgracia y de las palizas que el pelafustán le propinaba, oraba todos los días, tardes, noches y madrugadas a la cruz de madera que, en un juego del azar, fue a parar, para siempre, dentro de la pecera. Una de sus hijas, la primera nacida viva del insano matrimonio, le confesaría, en su momento, a la cruz de madera que cuando abandonó a sus dos hijos por buscar el sueño del norte, asesinó con sus propias manos a su vástago menor, a quien metió bajo el brazo y fueron, inocentes, a cruzar desérticas fronteras. Ella lo tomó como un mal necesario, como un sacrificio, pues era semejante barbarie o dejar que los pasa-personas se llevaran al pequeño, lo destriparan y vendieran sus órganos a algún riquillo nacido deforme, producto de su concepción bajo los efectos cocainómanos de la madre y dipsómanos del padre. Uno de los chiquillos que creció sin su madre, pues esta tras fulminar la existencia de la sangre de su sangre logró adentrarse en la tierra de la libertad, sentíase constantemente yermo, baldío; por lo que buscó refugio en los brujos del barrio que le obligaron, a fin de llenar su soledad, a mutilar con sus propias manos a seiscientos sesenta y seis gatos negros, a decapitar, con sus muelas, a doce ratas y a beberse siete sorbos de la sangre de siete perros callejeros que tenían que ser hallados agonizando, chillando, soltando su último ladrido. Todo esto le fue contado a la cruz de madera, desde los propios labios del luego seminarista, entre lágrimas y arrepentimientos, varios años después de acaecido lo narrado. El otro chiquilín fue criado con todos los mimos y caricias de la abuela; sin embargo, tales cariños más que bien, hicieron mal en su vida, dado que cuando la abuela solía tocar al infante, se acordaba de su suerte pasada y sobaba con sinuosas intenciones sobre la cremallera del niño; este, confundido, desfogó, cuando mayor, su lascivia reprimida en los prematuros ovarios de una de sus primas segundas, hija del fulano y de la mengana. La vejación tuvo lugar ahí, sobre ese viejo mueble de bar, alado de la cruz de madera, la cual atestiguó y se guardó todo el acto para sus adentros…

Lustros y calamidades como las descritas han transitado sin que la cruz se mueva. No fue hasta que uno de los tataranietos de la abuela, el diablillo no bautizado, apenas rozó la estatuilla familiar y esta se descolocó por completo. Nunca nadie pudo devolverla a su sitio original.  Sonaba, de fondo, cuando la insignia fue movida de sus cimientos, este coro: ¨Nunca podré saber si la cruz es salvación¨.      

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