Un manifiesto antirracista, poético y desgarrador

“Fuego cruzado: relatos de jazz y blues”, de Iván Petroff Rojas

Por: Carlos Pérez Agustí, PhD
Cuenca (Ecuador)

La música comunica emociones, sensaciones, y, sobre todo, especialmente en esta ocasión, transmite historias y relatos, conecta a los seres humanos. “Pensar con los oídos”, diría Adorno. Ahora bien, la música no solamente se escucha, igualmente llena todo nuestro cuerpo de sensaciones. Ya Marcel Proust nos demostró que la música es inseparable de la vida y que tiene esa capacidad de servir de receptáculo de los recuerdos más emotivos a través del tiempo.

En este sentido, la vida, si se nos acepta el símil, se construye como una partitura musical: efectivamente, los temas tratados se exponen, regresan y se fusionan transformados. La música es, entonces, tiempo. La vida es tiempo. La literatura es, asimismo, tiempo. Por lo tanto, música y literatura como mediaciones y reflexiones sobre la existencia humana. “Fuego cruzado”, apropiándonos del título del volumen comentado, entre música y literatura. Como dijo Nina Simone –una vida contra la discriminación racial-, “el jazz no es solo música; es una forma de vida, una forma de ser, una forma de pensar”.

Así está construido el último libro de Iván Petroff, “Fuego cruzado: relatos de jazz y blues”. Es una obra bilingüe, “una metáfora de antagonismos de la sociedad, desarrollada a través de las biografías de músicos cuyo arte encarna la protesta por la marginación social, la condición étnica, el esclavismo. En doce cuentos sobre los pioneros de jazz y blues, como Louis Armstrong, Bob Dylan, Elvis Presley, Nina Simone, el autor relata historias de arte, amor y libertad, eternamente vinculados”, como nos dice sugerentemente Bojan Kovacevic en el prólogo de la obra.

Jazz y blues en comprometido y expresivo diálogo con la literatura afroamericana.  Este inusual diálogo es la propuesta que hace al lector Iván Petroff, autor del libro. Los comienzos del Siglo XX se caracterizaron por movimientos artísticos y sociales de ruptura, que es donde se ubica el desarrollo de la narrativa de la obra.

Así, nos cuenta nuestro autor, que las letras de las canciones de Bob Dylan se convirtieron en himnos para los inconformes, para los marginados, para los ciegos que cansados de ver lo mismo formaban extensas comunidades para el gozo de la percusión y el sentido del tacto (“La poética Dylan”).

Dicho con toda rotundidad: la historia del jazz y del blues se sitúa en los esfuerzos a favor de la dignidad humana. Sus ritmos y su diversidad reforzaron la lucha contra todas las formas de discriminación.  Justamente, jazz y blues inician su recorrido cuando la esclavitud y el racismo tenían caracteres epidémicos en el sur de Estados Unidos.

La música como una manera de luchar contra la más dura marginación. Jazz y blues -esenciales para la identidad afroamericana- como la hibridación de ritmos africanos, americanos e incluso europeos.

El lector encontrará en “La emperatriz y la ginebra”, uno de los mejores cuentos del volumen. Trata sobre Bessie Smith, conocida como la “Emperatriz del Blues”, la cantante más popular de los años 20 y 30, la más influyente en los cantantes que vinieron después. En la narración de Iván Petroff:

 “Bessie, ignorando el escenario, baila envuelta en una matizada luz de encajes con sus amigos de barrio, al amparo de una carpa de circo, (…) arremetiendo con la fuerza de sus cuerdas vocales, la herencia de su negritud forjada con exilios, esclavitud, fuete, y el patrimonio de sus abuelos en la inteligencia de la intérprete”.

Los hechos: en la madrugada de un día cualquiera, en Mississippi, su automóvil se estrelló contra un camión; su cuerpo quedó destrozado, con el brazo derecho prácticamente desgajado. El accidente se describe así en este relato:

Látigos que vienen con algo de sus chasquidos y que mortifican la carne de su brazo desmembrado. Tiene los ojos vacíos de muñeca de basurero. Una sirena confundida llega en medio de la combinación de tambores sagrados y trombones atorados por la dureza de la saliva. Agua que viene en bocanadas de cascada y precipitación. Timbales sueltos y clarinetes que afinan independientes el metal de sus gemidos. Mientras los recuerdos vuelven al zaguán donde una noche saboreó el primer beso de esos labios abultados y vehemente que nunca pudieron ser sustituidos.

La escritura de Iván modela el sonido, logra construir campos de resonancia. En cierta forma sigue un ritmo poético a través de la fragmentación y la continuidad, entre la tensión y la pausa: tiene los ojos de muñeca de basurero. Es decir, crea una trama sonora paralela al encadenamiento de los hechos. Los efectos sonoros están potenciados poéticamente: “la combinación de tambores sagrados y trombones atorados”, “timbales sueltos y clarinetes”; literalmente, al lado del horror del accidente: “una sirena confundida”, “el metal de sus gemidos”, en contrapunto sobrecogedor con la tragedia.

Otro relato sobresaliente, de los que tanto abundan en esta obra, es “Strange fruits”. Recoge el dramático suceso de la noche en que se produjo un linchamiento en el que fueron colgados de árboles dos negros. Los acontecimientos: ese día, Billie Holiday, considerada como una de las voces femeninas más representativas del jazz, salió al escenario a cantar la mundialmente conocida canción de jazz “Strange fruits”.  El relato de Iván Petroff nos ofrece su letra:

De los árboles del sur cuelga una fruta extraña,
sangre en las hojas y sangre en la raíz,
cuerpos negros balanceándose en la brisa del sur,
extraña fruta que cuelga de álamos.
Aquí está la fruta para que la arranquen los cuervos,
para que la lluvia la tome, para que el viento la aspire,
para que el sol la pudra, para que los árboles la suelten,
esta es una extraña y amarga cosecha.

Seguimos la marcha del relato de Iván Petroff:

(…) muchos años después, Billie recorre una marginada calle de Nueva York, cuando descubierta por un admirador de su arte le pregunta por su estado y ella responderá:

“Yo bien, ¿si me ves? Aún sigo siendo una negra”. Se han gastado sus 44 años (una cirrosis sin salida) y ahora solo hay una tumba sin nombre que permanece en la sombra de cipreses acabados de cortar.

Junto a Billie Holiday, otra voz femenina: Ella Fitzgerald, la “Reina del jazz”, la “Primera dama de la canción”, tal vez la más importante e influyente de las voces del jazz. Pasó por una dura infancia, en situación de pobreza permanente. Diabética, sufrió la amputación de las dos piernas. Entre la evocación poética y la indignación, incluida la letra de una de sus canciones, la recuperan las páginas de “Fuego cruzado”: sus vestidos más cristalinos y satinados guardan el cuerpo de su memoria y las joyas son solo un vano instrumental, que finalmente rechazó a favor de su raza como una última vendetta para con los rosados, los blancos y los rubios que la contemplaron con desprecio. Y parte de la letra:

al final, igualmente debes regresar
a donde nadie es
donde nadie tiene más;
después de tanto soñar con las estrellas
al fin estarás con ellas

Si el blues es la interacción entre voz y guitarra, personajes con el corazón y los sueños rotos, nadie mejor que Arthur Blake para representarlo, cantante y guitarrista, ciego de nacimiento. El arte lírico-narrativo de Iván Petroff le introduce en una atmósfera de ensueño en el relato “Voces”:

Arthur Blake, con su máscara de ancestros africanos, tiene el extraño presentimiento, desde aquella tarde en que afinaba su guitarra, de que sería el primigenio provocador del blues en la escena descontinuada de los cabarets. Sus mandíbulas se contraen, sobre todo por el recuerdo de aquel lejano amanecer, cuando comprobó que estaba solo en el mundo, sin más que su guitarra generosa y su técnica vocal devuelta a los orígenes de la palabra. Cuando murió, quedó congelado en sus negrísimos ojos de capulí.

(…) “en la escena descontinuada de los cabarets” es una expresión que nos lleva a la parte última de nuestro comentario. Al final de la aventura del recorrido fascinante, entre jazz y blues, en medio de la cultura afroamericana, que nos ha regalado Iván Petroff con su deslumbrante obra, en otro nivel, pero estrechamente conectado con ese contexto histórico-social, nos preguntamos: si acaso la hay, ¿cuál es la verdad de la existencia humana?: ¿la integración o la desconexión más desasosegante?, ¿el orden o el caos más angustioso?, ¿la unidad o la fragmentación?, ¿la desintegración final?

Como hablamos de arte -de música y literatura (jazz y blues, la narrativa de Iván)- en principio, la creatividad artística se posiciona contra toda integración, contra toda ilusión de unidad, contra todo sentimiento de totalidad y armonía de lo múltiple y diverso.

Sin tratar de responder a la pregunta, que queda para cada uno de los lectores, las interacciones entre la música y la literatura del siglo XX y lo que llevamos del XXI, son sorprendentemente reveladoras. En nuestro caso, “intenso fuego cruzado” de color, aunque paradójicamente entre blanco y negro, porque esa es la historia social del jazz y del blues en medio de una atmósfera racista insoportable. Hay que recurrir a la historia, también la del cine de aquellos mismos años: los músicos negros entraban por la puerta de atrás; e incluso en la primera película sonora, “El cantor de jazz” (1927), el actor Al Jolson interpretaba a un cantante pintándose la cara de negro.

“La invisibilidad de la piel negra”, pese a su notoriedad, nadie parece querer verla. Desde que tuvo siete años, Nina Simone supo que su vida no sería fácil por ser negra; durante un recital de piano, enviaron a sus padres a la última fila por su color de piel; la artista fue rechazada por conservatorios de música por la misma razón y muchas de sus canciones fueron censuradas por la indignación con la que narraba la sangre derramada de su pueblo. 

Como se nos dice en la nota preliminar del libro, el fuego es el resultado de un enfrentamiento; tiene la esencia de una protesta, pero también es metáfora de la intensidad poética. Por nuestra parte, no dejar de acudir a la memoria: hubo un tiempo en que el jazz y el blues permitían soñar.

Jazz y blues, sonidos de resistencia. El blues y el jazz fueron la lengua universal contra el racismo, que cien años después aún crepita indignamente en la sociedad actual. Más allá de la fascinación musical, jazz y blues frente a la discriminación y a la opresión. “Fuego cruzado” de Iván Petroff Rojas, un manifiesto antirracista, intensamente poético y desgarrador.

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