Seis misceláneos microrrelatos en seis tiempos

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Premio Jóvenes Creadores “Erick Jara Matute” 2022

Carnes

De pie en la ducha sacábase, de su amorfo cuerpo, los restos mortales, los pedazos de carne, de sus víctimas. Enjuagaba, con abundante espuma, la sangre que se había adherido, cual gena, a su rostro demacrado por la perversión. Sentía, con placer descomunal, el contacto del agua caliente con los moretones inscritos en su pecho, causados por la desesperación. Imaginaba, para el día siguiente, repetir el ejercicio y sonreír, sádico, en medio de vísceras, desollamientos y desmembramientos. Saboreaba, desde ya, las carnes frescas que seguro iría a preparar tras concluir su purificación. Esa era la rutina nocturna de nuestro amigo el carnicero.  

Dios ha muerto

Dícese que Nietzsche, durante su silente década, entre alucinaciones y delirios, cansado de que sus textos sean manipulados y de que nadie le comprenda, soñó lo inimaginable. Apareció, de pronto, en uno de los patios de Wahnfried, el ocaso de los dioses sonaba, de fondo, estruendoso. Vio, ante sí, arrodillados, prestos a recibir órdenes, a un cúmulo de ángeles rebeldes que anhelaban derrocar a D(d)ios; no lo pensó dos veces, rápidamente evocó a todos los Súper Hombres de ese tiempo para que se les unieran en batalla, así fue. Los del bando contrario, como era de esperarse, también habían formado su línea de fuego. La épica lid se libró en ese mismo sitio, hasta que un veinte y cinco de agosto de mil novecientos, Friedrich sostenía, con la diestra, por las barbas a D(d)ios y con la zurda aproximaba una afilada hojalata de hierro hacia su cuello. A punto de hacer el corte, Nietzsche despertó de súbito, pero esta vez en el mundo de los muertos. 

El baboso

Cállate, así no es -escupitajo, escupitajo-. Yo tengo razón, vos no -salivazo, salivazo-. Si uno dice es por algo -escupido, escupido-. Que te calles y escuches -esputo, esputo-. Uno quiere tu bienestar -babas, babas-. Escupe mientras habla, por eso es el baboso; al final del sermón, ni siquiera es capaz de limpiarse.

Ni muerto

Raúl observaba, desde su elegante ataúd, cuantas narices, fluidos nasales y lágrimas pasaban por encima de lo que quedaba de su humanidad. Raúl, molesto porque lo miraban como pieza maltrecha de museo, recordó que durante toda su vida fue un desgraciado, por lo que acusó a los asistentes de mentirosos e hipócritas. Raúl entendió, con lo evidenciado, el significado del adagio ¨No hay muerto malo, ni novia fea¨. Raúl, en determinado momento de la velada, notó con disgusto que no había sido cremado como fue su última voluntad; él anhelaba que sus cenizas fueran esparcidas por los indómitos aires del sur. Raúl, furibundo, pensaba en todos los gustos que se habría dado, de no ser por la ridícula, costosa cuota mortuoria que sus supuestos seres queridos le obligaron a pagar, mismo dinero con el que aquella noche de su despedida un montón de desconocidos tomaban café e ingerían dulces hasta hartarse. Así que no, ni muerto, Raúl, descansaría en paz. 

Nunca más

Nadie sabe a ciencia cierta qué fue del Cuervo de Poe. Los románticos aseguran que, pese a los años, sigue posando en el dintel de la puerta, lo que resultaría una muestra de inmortalidad, dicen, así como el amor a Leonora. Los fatalistas afirman que partió en busca de otro amante atormentado apenas el personaje de Poe falleció de desdicha, de desamor, de desazón al jamás recuperarse de la pérdida de su amada. Los ocultistas juran, con la mano sobre la biblia, que el Cuervo, por cuestiones tahurísticas, se convirtió en un todopoderoso espíritu omnipotente. La élite académica asevera que, a través del Cuervo, Poe expuso sus más íntimos arcanos, que mencionada obra representa una catarsis para sí mismo, que solo los eruditos pueden entender, en su totalidad, citados versos. Poe, desde su tumba, ríe a carcajadas por las mil y un pavadas que se han dicho, pues aquel poema lo hizo de tirón en una noche de empecinada borrachera; en tanto al origen de la mítica frase ¨nunca más¨ no es sino consecuencia de la terrible resaca de la mañana siguiente.  

¡Sí Heil!

Adi, como solía llamarle su círculo más cercano, paseaba a altas horas de la madrugada por los solitarios y serpentinos corredores del frío búnker. Su bigote a medio recorte, sus parcos ojos, su pequeño cráneo, su tornada vista, su desquiciado cabello en contraste con su impecable uniforme describían a la perfección la expresión ¨loco desquiciado¨. Adi caminaba con las manos hechas nudo a sus espaldas, sus torcidos dedos se enroscaban como raíces a la tierra fértil. Temblaba y tiritaba al saber que estaba siendo rodeado y que nadie podía evitar su predestinado desenlace. Cavilaba para sus adentros ¨Ya fue suficiente para el hijo de una sobrina gitana y un tío judío¨. Cierto día, tras un breve, pero contundente sonido de auto-disparo, un viejo sillón de su despacho fue salpicado con sangre medio semita y medio rumana.

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