Niño otra vez

Por: Luis Curay Correa, Msc.
Vicerrector UETS Cuenca (Ecuador)

“Para los niños trabajamos, porque los niños
son los que saben querer,
porque los niños son la esperanza del mundo”.
José Martí

Muy queridos amigos y familiares que nos honran con su presencia en esta noche.

Era un niño que gustaba de sentarse junto al pie de la gran higuera, allí, disfrutando del majestuoso sol, o mejor aún, del aguacero inclemente, imaginaba cómo sería posible el milagro de la lluvia. Corría el agua por su cuerpo pequeño mojándolo todo: su melena hirsuta, sus ropajes modestos formados por un pantalón de mezclilla, herencia de su primo benefactor, una camiseta de Bugs Bunny, preciado regalo de su abuelita María cuando venía con cargamentos de ropa desde Huaquillas para vender, y unos zapatos de lona maltrechos que tapizaban de decencia unos calcetines roídos por el tiempo y las travesuras; danzaba en los charcos formados a los pies del árbol, zapateaba con fuerza hasta elevar el barro lo más alto que podía, se retaba llegar con los chaparrones provocados hasta el tanque de lavar; luego, un clavo amarrado a la punta de un hilo que robaba del pequeño taller de su madre, oficiaba de aparejo en la pesca inusitada donde el mar bravío rompía el sedal, y él, con más valentía que pulmones, se sumergía en las profundidades para luchar con monstruos submarinos, que atacaban sin contemplaciones a los navíos y pequeñas barcas aventureras; de pronto, una voz hermosa lo paralizaba, a tomar café mijo, ven mi amor, mira que estás empapado. Secado, con prestancia maternal, iba camino a la cabaña junto al árbol de reina claudia que era la cocina familiar, su padre, haciendo una pausa a las labores de zapatero, era también atraído por el aroma de la dulce bebida y ya daba los primeros sorbos. Por los resquicios del techo de zinc, el pequeño seguía el ritmo de las gotas, las veía danzarinas golpeando las hojas de sus dos árboles, le daban ganas de bailar con el cántico sonoro de ese estrellarse en el techado; apuraba el refrigerio para salir de nuevo, sentir el olor de la tierra húmeda invadiendo sus sentidos hasta llevarlo a un éxtasis superior que solo él experimentaba, y muchas, muchas veces, a pesar de las reprimendas de sus padres, volver al agua para sentir sus caricias, cerrar los ojos y terminar lo que había iniciado: darle punto final a la mortal criatura de los mares que habitaba, curiosamente, en la charca junto a la gran higuera.

Fue el mismo infante que, al cumplir doce años y dejar atrás las lluvias caídas en el patio de su casa, ¡cosas de niños!, recibió la noticia de su viaje a Pasaje, provincia de El Oro, a casa de su Tía Teresa, la mayor de todos los hijos de sus abuelos. La novedad fue entregada por Vicente, su padre: ya eres jovencito, casi un hombre completo, debes ir a trabajar, así entenderás que la vida es dura y hay que presentarle lucha. Te vas solo, tomas el bus en la Terminal de la Empresa Azuay que va a Machala, le dices al chofer que te deje en Pasaje, allí el bus toma más pasajeros; bajas, caminas unos metros y entras en la panadería “El Esquimal”, allí preguntas por tu tía; te mando este dinero para que vayas al parque, queda en la esquina de la casa, y pagas a algún  lustrabotas para que brille tus zapatos, lo haces todos los domingos, debes estar bien presentado, acompañarás a tu ñañita a los grupos de oración y a trabajar lo más duro que puedas. Al frente estaba la casa nueva, un edificio muy grande hecho a base de sacrificios de la tía y su esposo, siempre le llamó la atención la gran jaula que albergaba un ave preciosa, la mimada de su tía, y más de una vez imaginó algún plan para rescatarla, porque hubo de verla triste, a pesar de vivir en una gran y bella prisión.

Antes del viaje, una de esas noches que el cansancio de las batallas emprendidas, terminaba por derrumbar a nuestro amigo en el más profundo de los sueños, ocurrió un suceso que lo marcaría para siempre: algo estorbaba en la humilde cama, lastimaba sus rodillas y pies; una patada y listo, se decía. Así lo hizo repetidas ocasiones hasta que, cansado y lleno de ira se destapó de improviso reconociendo el objeto de la molestia, era un gran crucifijo; con lágrimas en los ojos pidió perdón por la fuerza de su repliegue y los ataques impropios, lloró tanto que se quedó dormido otra vez. Fue una luz cegadora la que ingresó en su cuarto, lo asustó hasta levantarlo del todo; la puerta se abrió lentamente, distinguió una silueta de un hombre grande, le dio miedo, el rincón fue su refugio y estaba por llorar y gritar cuando pudo distinguir el rostro de quien caminaba hasta él, era un hombre alto, una profusa barba blanca no pudo esconder una sonrisa enorme, y los brazos extendidos lo invitaban a abrazarlo; así lo hizo, sintió la suavidad del vello facial en su cara y el perfume que copó la estancia, así pasó mucho rato, aferrado, sin querer soltar a su visitante; después de un tiempo indeterminado aquel maravilloso ser lo acostó, lo abrigó y veló junto al pequeño hasta verlo descansar en un sueño compartido.

Lo que acabo de contarles queridos amigos es lo que no encontrarán en las páginas de este libro. Son sus antecedentes. Son las historias reales que motivaron su escritura hace algún tiempo ya. Si me lo permiten, con el amor de un niño, de ese niño que se niega a abandonar el cuerpo y se enquista en forma de añoranza en nuestro ser, pongo en sus manos y en los de sus niños (hijos, nietos, sobrinos o ustedes mismo que disfrutan de caminar por esos hermosos recuerdos) esta obra que ve la luz gracias a una niñez repleta de amor y benevolencia. Espero, sinceramente, la disfruten tanto como yo, que al releer estas tres historias que componen esta entrega, vuelvo a ser el niño que tanto recuerdo.

Quiero además agradecer a quienes tanto, o más niños que el autor, dieron el empuje para entender la intención de este infante de cincuenta años. A José Manuel Castellano y todo el magnífico equipo de CES-AL por lo que hacen en beneficio de la cultura; sin ellos, lo digo con total franqueza, estas breves narraciones hubiesen seguido durmiendo en las hojas de un cuaderno universitario. A la gran poeta Yesenia Espinoza por la gentileza de prologar ilusiones, acto que habla no solo de su labor de escritora a todas pruebas, sino de esa sensibilidad que tanto admiro, usted Yesenia, se ha convertido en mi niña de letras preferida. A Paúl Zavala y sus muchachos por la bondad de su arte, supieron dar forma gráfica a las letras de manera estupenda. A Pawleth y Gabriela, mis alumnas y destacadas hijas de Don Bosco, por la sensibilidad y disposición en sus ilustraciones, dejaron enormes regalos en el corazón de este humilde servidor. A quienes apoyan toda iniciativa con prestancia y decisión: P. Juan Francisco Flores, Santiago, Carmen y colaboradores de la UETS. A Vicente, Esthela, Josué, Camila y todos mis familiares; a mis amigos y Comunidad Educativa a quienes dedico estos textos desde lo más profundo y sincero de mi corazón.

Señoras y señores.

Un comentario en «Niño otra vez»

  1. Entender o saber comprender que con el amor de un niño podemos llegar a sentirnos nosotros niños otra vez, es por eso que debemos criar, enseñar y dejar ser libres a los niños para que ellos puedan crear o hacer lo que a ellos les gusta ya qué esta en nosotros ir disfrutando de los recuerdos de la niñez, ya que es la luz y la alegría que está repleta de niños y niñas llenos de amor y benevolencia.

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