Corpus protestari

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Premio Jóvenes Creadores “Erick Jara Matute” 2022

Un extraño panorama se aprecia en la que alguna vez fue la ¨Plaza de las armas¨, monumental e histórico sitio de la ciudad andina bañada por cuatro ríos. Estos son tiempos aún más complicados e ignotos que los anteriores; por ello, no resulta atrevido aseverar que nunca antes se ha visto, en el mismo lugar, un insano folclore que involucra dulces, golosinas, vendedoras, carpas: tradición morlaca; vallas, manifestantes, policía, gases lacrimógenos, pancartas, cánticos: tradición política. Pues así luce, a día de hoy, el insigne e ilustre Parque… cuyo segundo vocablo corresponde al apellido de un mancebo cuyas hazañas, muy probablemente, fueron enaltecidas sin verosímiles fundamentos a fin que esta hermética sociedad cree su propio héroe patriota, su propio orgullo nacional pseudo independentista.     

Alguna mística razón debe existir para que las gentes de estas tierras logren compaginar, como si nada, dos eventos de larga data en el tiempo: Corpus Christi y las protestas, paros, plantones contra podridos gobiernos. La primera, una festividad de origen religioso -sorprendentemente civilizada- en la que se venden dulces de toda clase amén de recordar y honrar el cuerpo y la sangre del líder de los cristianos, del taumaturgo, La segunda, una vieja usanza que, de tarde en tarde, cuando el pueblo se cansa del abusivo totalitarismo de unos cuantos, voltea a las calles a cuantos gremios, organizaciones, movimientos sociales, sindicatos, al pueblo en sí, al ciudadano de pie.

De este modo se muestran las cuencas del Parque…, panfletos que acusan, enhorabuena, a las autoridades, cercas que cubren los bajos de la edificación gubernamental presente en cada provincia y que se extienden por todos los negocios de corpus que rodean los cuatro costados del corazón de la intranquila ciudad. Un paisaje que despista al mayor de los despistados. Una imagen merecedora del desasosiego de las masas. Ahí, en el mismo lugar, una exótica combinación entre bocadillos de azúcar y zampadas de gases que asfixian. Ahí mismo todos los componentes que, desgraciadamente, brindan esa comprometida identidad de latinoamericanos: sincretismo religioso y desfachatez política.

En las mañanas, la plazoleta está repleta de, además de las vendedoras de dulces, betuneros, estatuas humanas, pintores, músicos, danzantes, uno que otro ladronzuelo y algún timador. Por su lado están los desdichados limosneros que ruegan por caridad, cualquiera sea, a las puertas de la iglesia más representativa de la ciudad. Y por ahí pasan, mirando recelosos, los comensales acaudalados que acuden, indiferentes a las ¨bullas¨, a degustar las golosinas, a endulzar el paladar, a recordar lo bonito que es el privilegio y el no sentirse afectados por nada de lo que ocurre. En un rincón de la plaza posa aglutinada y soberbia una banda musical policial, todos llevan el uniforme de gala, las gorras de plato con las viseras bien rectas, cargan un pesado instrumento y, de pronto, marcan el compás e inician los San Juanitos, los Fandangos otavaleños, los ritmos andinos. El cenit se desvanece.

Por las tardes, el mismo conjunto de uniformados cambian sus vestimentas, ahora usan el traje antimotines; asimismo, sustituyeron las trompetas por toletes, las liras por escudos, los platillos por esposas, el güiro por lacrimógenas y el director, en vez de la batuta, sostiene, amenazante, un arma cargada, rastrillada, lista. Todos los implementos en su punto para reprimir a los sectores auto-convocados que se dan cita al parque central con el utópico propósito de cambiar la doliente realidad. Los desmanes son intrínsecos: donde, en horas de la mañana, yacían los limosneros en la tarde se refugian los gaseados, traen los ojos igual de ensangrentados que los indigentes. Las vendedoras de dulces cubren su producto para sumarse a las protestas y comercializan tabaco de cartón así que se mitigue, en algo, el efecto asmático producido por las bombas. Corean hasta el cielo, e incluso más alto, verdaderos himnos que erizan la piel y motivan a la lucha justa y necesaria. El sol se oculta.    

Durante la noche, los asistentes de la mañana y de la tarde liman asperezas ideológicas y conviven bajo el adocenamiento producido por la hermosura arquitectónica de la urbe. Todos y todas admiran emocionados la quema del castillo, se fotografían, ríen, morfan hasta empalagarse. Incluso los más reaccionarios y los más rojos sucumben ante la perfecta ciudad nocturna que con sus encantos ensalza la vista y provoca el olvido momentáneo de la atroz coyuntura que envuelve la singular idiosincrasia del Hombre. Cae la noche.  

En determinada, el corpus protestari deja claro que alea iacta est entre el odi et amo de este país. La policía, ante la vox populi: Ave Lasso, motituri te salutant, asegura que errare humanun est y que memento mori. Ante todo, homo homini lupus.

2 comentarios en «Corpus protestari»

  1. Esos músicos cambiantes traicionan a los suyos. En el día pasan disfrazados de santos y en la tarde de tiranos, puesto que son capaces de amordazar y reprimir sin piedad. Lo más llamativo, que el líder de la ciudad de los cuatro ríos está escondido en su opulento castillo, indiferente y pasivo.
    Por otro lado, este artículo desvela un detalle curioso, la falta de empatía con los manifestantes. Ese grupo de los acaudalados acribilla por la espalda a los demás.
    Muy buen artículo.

  2. Me encanto el manejo del latín, en este articulo, y que la cruda realidad que hoy se vive aquí. Pero la pregunta es ¿Esta lucha es equitativa?

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