Sociedad posmoderna, autoritarismo y sentido del humor

Por: Manuel Ferrer Muñoz, PhD
España

Apenas hace unos días, un destacado político gallego se permitió un divertido e inocente comentario durante su visita al Palacio de la Alhambra, en Granada, del que Bill Clinton dijo años atrás que le había brindado el maravilloso espectáculo de la puesta de sol más bonita del mundo. Aquel político nacido en Galicia cerró su observación con una broma, a modo de coletilla: “yo no voy a discutir con Clinton, porque él nunca vio la puesta de sol de Finisterre”.

Cualquier interlocutor en sus cabales, no instalado en el mundo de los ofuscados prejuicios y de la dialéctica barata de la lucha partidista, habría sonreído ante la socarronería bienintencionada del pícaro gallego que, aun admirando las bellezas de otros entornos, presume del encanto del propio lar. Cualquier mente sana, no mediatizada por la torpe creencia de que todas las expresiones procedentes de una figura política de un partido adversario deben ser satanizadas, habría acogido con benevolencia el elegante piropo dirigido al incomparable anochecer de Granada, ciudad inspiradora de unos famosos y sentidos versos que salieron de la pluma de un poeta mexicano enamorado de la vieja capital nazarí: “dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”.

No fue el caso de un tal Manuel Pezzi, encumbrado –ignoro por qué razones– a la presidencia del PS en Andalucía –¡y luego hay quien se extraña de la deriva hacia la nada del PS en la región, que amenaza con desembocar en una catástrofe en la convocatoria electoral del próximo 19 de junio!–, que, haciendo alarde de su fina dialéctica y escogido vocabulario, calificó al político gallego del Partido Popular de “tontopollas”, expresión que, días después, reputó como “enjundiosa ocurrencia”, en un alarde de autobombo digno de un perfecto majagranzas.

Seguramente el aguerrido y microcéfalo Pezzi quiso hacer méritos ante los suyos y sacar pecho, para así dar fe de su entrega y generosa dedicación a la presidencia andaluza del PS (no hemos dicho aún que las siglas, novedosas en la sopa de letras de las formaciones políticas españolas, corresponden al Partido de Sánchez que, a pesar de su desabrida denominación y de la reconocida desfachatez de quien se halla a su frente, gobierna España con puño de hierro y desvergüenza torera desde 2018, gracias a las cesiones continuas a sus impresentables socios chantajistas).

La pérdida del sentido del humor se asocia, lamentablemente, a la insolente vulgaridad y a la estulticia. Y así lo confirma el caso de ese pobre señor, presidente del PS andaluz: un cargo al que, con toda certeza, nunca hubiera accedido cuando el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) era una formación política respetada y respetable, antes de dejarse las dos últimas letras en el camino y mudar la ‘S’ de Socialista por la de Sánchez.

No sería justo ensañarse con el bueno de Pezzi, ni con esas ocurrencias que él, ‘modestamente’, acaso desconocedor de su significado, calificó de “enjundiosas”. A fin de cuentas, por recurrir a un sinónimo menos agresivo y vulgar que la brutal expresión escupida por la boca del melifluo y delicado Pezzi, nos hallamos ante un tontolaba, incapaz de captar las finas y amables ironías del lenguaje, por mucho que estruje su endurecida mollera.

Y, sin embargo, la reacción de ese zopenco resulta paradigmática de los modales irrespetuosos instalados en una sociedad inculta, agresiva, impotente para captar matices en un razonamiento mínimamente refinado. En el mundo de los zampabollos impera sólo el ‘ordeno y mando’, el autoritarismo bobalicón característico de quien se aferra a la norma porque carece del mínimo talento que le faculte para analizar situaciones particulares desde unos planteamientos flexibles. El tontorrón útil, investido así de la ‘respetabilidad’ que deriva de la potestas –que no de la auctoritas–, exigirá obediencia ciega a los mandatos que vienen desde ‘arriba’, sin entender ni poco ni mucho las motivaciones de unos ‘protocolos’ –palabra mágica que conmina  a la rendida aceptación- que determinan qué hacer y qué omitir en cada circunstancia del día y de la noche.

Los lectores ecuatorianos de La Clave entenderán las razones por las que la argumentación sobre el trinomio idiotez-carencia de sentido del humor-autoritarismo se sustenta en un ejemplo tomado de otras latitudes: de un lado, la ocasión la pintaban calva, por cuanto la estupidez del personaje seleccionado como prototipo venía muy a propósito para ilustrar las tesis que se sustentan en el texto; y, de otra parte, por consideración a Ecuador, un país maravilloso donde transcurrieron cinco inolvidables años de mi vida, y donde nació el más pequeño de mis hijos. La mención de palurdos nacidos en las inmediaciones del Chimborazo y del río Guayas podía ser interpretada por gente quisquillosa como una irritante falta de respeto, y por eso se ha omitido la señalización de tontos de capirote ecuatorianos; pero conste que los hay, como en todas partes (tal vez esos papanatas abundan con especial profusión en los medios políticos y académicos: y es que ya se sabe, no hay mayor cretino que el que nunca adquirió conciencia de su mentecatería, por no haberse contemplado ante el espejo con un mínimo de detenimiento). Y aun así, aunque en todas partes se cuezan habas, lo cierto es que en mi casa –España, mi casa de ahora– se cuecen a calderadas.

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