Puentes

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista. Islas Canarias

Cuando un ejército se retira destruye los puentes a su espalda. Es una vieja táctica militar que todos hemos seguido alguna vez en la vida cotidiana. Los puentes que con tanto trabajo y tesón hemos levantado sobre el río a veces turbulento de la realidad y entre las dos orillas del deseo, un día nos vemos obligados a derribarlos, huyendo de una adversidad peor que su destrucción. Si no tenemos más remedio que abandonar el campo, hay que dejar al enemigo tan sólo tierra quemada y puentes derruidos. Mientras los reconstruye, ganaremos tiempo para reagrupar nuestras fuerzas o, en el peor de los casos para huir lejos, donde le sea muy difícil –si no imposible– alcanzarnos.

El puente ocupa un lugar indiscutible entre las obras que de alguna manera simbolizan el afán humano de superación y pasada la emergencia que en su momento nos obligó a destruir algunos, menester es volver a levantarlos con el mismo empeño que antes. La vida es en gran parte crear y destruir para volver a crear. Si te paras estás perdido, y aunque sepas que quizás tengas que derribarlos algún día, levanta puentes en tu corazón que unan la orilla de la voluntad y el deseo, a veces desazonante, con la ribera de la felicidad que da el placer sabiamente disfrutado. Sabe no obstante que por mucho que intentes reforzarlas, serán unas obras muy frágiles. Tenlo siempre en cuenta y no pongas en ellas sino la parte de alma necesaria para realizarlas y evitar que se desmoronen por sí solas. Considera también, pues la experiencia te lo ha enseñado demasiadas veces, que seguramente algún día caerán –alguien las derribará o tendrás que derribarlas tú mismo para evitar un mal mayor– y ten el ánimo siempre dispuesto para ello.

Este amanecer he sobrevivido a un sueño de piedra para reencontrarme con el mundo habitual de sangre y destrucción. He salido a la calle en medio de las sirenas, el estruendo y el resplandor de los bombardeos, los perros destripados, los niños sin cabeza y los montones de ruinas moteadas de cadáveres putrefactos, que los telediarios, los diarios hablados y las páginas de los periódicos arrojaban entre las piernas de los transeúntes presurosos por ocupar sus nichos de actividad virtual.

Entonces me ha venido a la mente la imagen del puente. Un viejo puente romano o medieval que había a las afueras de una aldea de la Gobernación de Deir ez-Zor, en el noreste de Siria. Y he recordado la tarde de verano, hace ya demasiados años, en que desde su baranda y en compañía de un grupo de amigos ocasionales —viajeros como yo— contemplé la puesta del sol sobre los tejados, el alminar vertical y la achatada cúpula de la mezquita que destacaban entre las casas del pequeño pueblo que, destruido por la guerra, seguramente ya no existe. Los vencejos jugaban a perseguirse entre los sillares del arco, corroídos por el agua, cantaban las chicharras en la hierba y, algo apartado un gran lagarto azul, a medias oculto entre unas piedras, movía rítmicamente su papada. La brisa traía el eco desgarrado de la llamada a oración del muecín.

Por eso esta tarde de otro verano, tan semejante a aquella, me he puesto a escribir sobre puentes y sobre la necesidad de volver a construirlos cuando se caigan, nos los tiren o la necesidad nos obligue a derribarlos. Porque, intacto o medio derruido, el puente será siempre una imagen de lo mejor que habita el alma de los hombres.

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