El hombre más bueno del mundo

Por: Luis Curay Correa, Msc.
Vicerrector UETS Cuenca (Ecuador)

La tranca de la vetusta puerta se abrió con parsimonia, tanta, que el crujido de los goznes fueron compases largos y difusos. La madera acribillada por pequeñas piedrecillas negras que se esparcieron inmisericordes cuando, por ofrecimientos del alcalde, se pavimentó la calle polvorienta y lastimera, semejaba un cuadro de pintura contemporánea que nadie entiende; un hombre montaraz que no hacía más que sonreír de manera estúpida, acompañaba las mañanas con la alegría de al que nada le afecta; los motivos para desencajar el ánimo de los otros habitantes, a él le servían para ver con mayor claridad las bendiciones recibidas. Era alto, famélico, de ojos saltones, su cabello descuidado era la crin preferida para halar cuando los mozalbetes del barrio lo encontraban adormilado detrás de la tranca, en su brazo derecho ostentaba con orgullo un tatoo que recordaba el noble accionar patriótico que tuvo en la guerra del Cenepa, los largos pies estaban rematados por un par de botas negras que a decir de él mismo, fueron con las que logró escapar de los peruanos cuando fue apresado en el oriente, en plena refriega; la mirada perdida divagaba constantemente en medio de explosiones, tácticas militares y acrobacias sobrenaturales. Era increíble ver a las cinco, luego de que la bondadosa señora María, su madre, le servía el café de la tarde, a niños y adultos congregados para participar de su sonriente plática y conocer cómo se planifican y ejecutan las emboscadas, cómo se baja del cielo un helicóptero enemigo en medio de una lluvia de balas, cómo se camufla en la selva hasta mimetizarse en ella, cómo se es patriota hasta las huevas, cómo se es macho, cómo se prepara el camino para llegar a ser héroe. Jacinto Guanoquiza Reibán, al que los lugareños llamaban burlonamente “y diay” (debido a la muletilla errónea que usaba para contar sus hazañas) disponía de un séquito fiel para escuchar sus anécdotas, a las que escasa veracidad le otorgaban, pero, divertía y elevaba la imaginación a cuantos lo escuchaban.

-Buenos día don Luis, ¿cómo amaneció hoy?, en la tarde lo espero para conversar, es el turno de saber sobrevivir en la selva, usted no tiene ni idea de lo que nos puede servir de alimento, a algunos les da asco, a mí, no, con decirle que a ratos extraño el sabor de algunos improvisados manjares. -saludaba “y diay” a su vecino.

-Bien, Jacinto, muchas gracias. Tranquilo, es que no puedo perderme semejante instrucción. A la tardecita, luego del trabajo nos vemos. Me saludas a doña María, por favor. – Contestó Luis, acomodando el paso.

La mano agitada con vehemencia para saludar a cuanto habitante pasaba por el frente de su casa era el feliz inicio de la jornada. Luego, un desayuno sostenido servido por las amorosas manos de María, aseguraban la energía para el desarrollo de sus actividades: arreglar el cuarto de dormitorio, regar las plantas del patio trasero, observar a todos los transeúntes posibles, y, sobre todo, planificar la anécdota de la tarde. Un personaje muy querido era Jacinto, la bondad le salía por los poros, ya con las vecinas que llevaban del mercado las compras, ya con los niños que estrellaban su balón en las casas vecinas y había que recuperarlo, ya con los desconocidos que necesitaban de aliento y un motivo para sonreír, ya con su madre que era el único ser vivo cercano que le quedaba. La forma bonachona al hablar dejaba ver a las claras el alma noble que escondía en esa maltrecha fisonomía. A pesar de la crueldad de algunos que confundían la nobleza con la idiotez, Jacinto fue querido y respetado por los habitantes del barrio y de la ciudad.

Ese viernes en la mañana el sol calentó con inusitada fuerza, las cúpulas de la Catedral destellaron con ánimo, los caminantes del sector estaban más felices de lo habitual, claro, jugaba el equipo nacional y eso era suficiente para cambiarle el ánimo a cualquiera. Los periódicos estaban llenos de propaganda anunciando el partido, en las radios se escuchaban entrevistas previas y se promocionaban concursos para premiar a los hinchas que atinen el marcador final; el país entero estaba futbolizado, y, como ocurre en tales circunstancias, la atención total se centró en el evento deportivo que estaba por llevarse a efecto.

-No olvides mirar el partido, Jacinto. Hoy no habrá narraciones, supongo -saludó un vecino con la premura del que va a llegar tarde a su trabajo.

-No, vecino, hoy no. Pero mañana conversaremos del tres a uno que le vamos a dar esta tarde -sonriendo contestó y diay.

Entrada la noche, Jacinto se preparaba para gritar los goles de su selección. Una camiseta tricolor fue la armadura de esa nueva contienda. Ensayaba con una lucidez extraña el festejo de las tres anotaciones con las que el equipo de todos ganaría el encuentro: ¡Viva mi país, ni un paso atrás, que les dije, somos mejores, en el fútbol y en la guerra les damos hasta por debajo de la lengua! El amor por su patria y los traumas acumulados hicieron que se estacione en un tiempo de odios innecesarios. Cuando le decían que eso ya pasó y que ya estamos en épocas diferentes, que todos somos hermanos, que las fronteras las pone el hombre, que la paz es el bien más hermoso y que hay que evitar el conflicto, el ceño fruncido y las manos sobre los oídos, dejaban ver a las claras su descontento.

-Es que ustedes no saben, ellos son malos, no les importó soltar todo el cargamento de la metralla sobre nosotros, yo me salvé, pero vi a muchos amigos morir como perros; a Jorge le dieron un tiro en el casco, el muy pendejo se lo quitó, y por las mismas lo remataron, la sangre saltó por todos lados, yo estaba pecho tierra y pude verlo caer pesadamente, tenía los ojos como dos platos soperos, enormes, la boca abierta, los sesos por la maleza; yo lo toqué, aún estaba caliente, las balas se estrellaban en todo lado, me acurruqué como pude rogándole al cielo que ese infierno terminara; lloraba pensando en mi mamá, si me hice militar era para sacarla de la pobreza, no para que lamente la pérdida de su único hijo en la selva, en medio de la nada. ¡Son malos, carajo, muy malos!

Afuera, en la calle, la soledad y el silencio delataban la importancia del partido. Si se aguzaba el oído se distinguían las narraciones oficiales que salían desde los televisores. Una tenue llovizna cerraba la calleja, lustrándola, apaciguándola. Jacinto, como buen hincha que era, clavó su mirada en el desarrollo del partido, sufría cuando el delantero tricolor, al que llamaban “el Güero”, se desprendía de la defensa contraria, y haciendo alarde de una habilidad nunca antes vista, evadía a uno, dos, tres, y de un balonazo sorprendente paralizaba las tribunas, nada se movía; sin respiración, los televidentes seguían el trayecto del balón, y este, caprichoso, se estrellaba en el horizontal.

-Ya mismo, Güero, la próxima te sale – y diay animaba desde su sillón.

-Tanto sufrimiento por un partido hijo, vas a morir de los nervios, ya cierra la boca y déjame ver -rezongaba María desde el asiento contiguo.

No fueron tres goles, pero dos, suficientes. En cada uno de ellos volaban los platos, venían los gritos y las lágrimas, las danzas estrambóticas eran la feliz respuesta.

-Goooool, mamá, gooooool. Se lo dije, a estos los comemos en seco.

-Ya para Jacinto, no saltes tanto que te llevas la tele, si la rompes ahí sí que vas a llorar en serio.

Al toque del silbato final se podía leer con claridad el resultado: dos a cero. Con la euforia ensangrentando sus venas, salió con la alegría del triunfo hasta la calle, incluso antes de que la transmisión televisiva concluyera. Quería ser el primero en festejar a todo pulmón en el parque de su barrio. Ganada la tranca, empezó a corear una de las barras más conocida; cuando su estado alcanzó el punto máximo de orgullo y satisfacción divisó una silueta, casi como una sombra de guerra que buscaba la oscuridad en la entrada de la casa vecina, calló de inmediato y también se escondió como pudo. La oscuridad existente entre el dintel de la puerta y la calle era el camuflaje perfecto, allí, agazapado, pudo observar que no era solo una silueta la que tenía movimientos sospechosos, fue contando uno a uno, el resultado lo paralizó: eran doce, tal como había escuchado en las noticias: una banda organizada robaba los domicilios sin miedo alguno. Sus ojos se posaron en la segunda planta, allí, un gran ventanal dejaba ver la algarabía de dos ancianos que, pesadamente, saltaban por el triunfo de su selección.

-La casa de la vecina Marlene y de su esposo, los dos viejitos que viven solos. Les están robando y ellos ni se enteran. -Sentenció Jacinto.

Con habilidad extrema, las seguridades de la puerta principal fueron violentadas, ingresaron diez sujetos con pasamontañas, sus rostros no se podían distinguir, los dos restantes hacían guardia apostados dentro de la vivienda, la puerta principal no fue cerrada totalmente, quizás para darles mayor rapidez al momento de la huida.

-Desagraciados, pero si solo son dos viejos que no le hacen mal a nadie.

Y diay recordó el grandioso momento en que su buena puntería y el valor que inflamaba su pecho, hicieron que se escabullera entre millares de balas que le llovían encima, la trinchera reventaba con sonidos continuos, imparables; él, casi instintivamente, tomó la bazuca que se acomodaba unos dos metros a su derecha, revisó de una sola mirada que el seguro esté abierto y de un salto felino alcanzó a correr lo más fuerte que pudo, la distancia le parecía enorme hasta el recodo de la zanja, allá, las balas habían dejado de caer. Se apertrechó con el corazón latiendo a toda prisa, lentamente erguía su cuerpo para alcanzar a divisar de dónde provenían las balas, le llamó la atención un helicóptero que se acomodaba para reiniciar la ofensiva, fue cuando al grito de ¡Viva la Patria! se incorporó ágilmente, y sin quitarle los ojos a su objetivo, colocó el arma sobre el hombro derecho; era como si todo se desarrollara en total parsimonia, habían transcurrido escasos segundos, cuando la mira se alineó de manera debida, y el dedo índice de la diestra, apretó con furia la carga que aguantaba, se quedó inmóvil sabiendo que hizo un buen tiro, siguió el trayecto del disparo con una mezcla de esperanza e ira, hasta que pudo observar cómo aquella enorme máquina de guerra se incendiaba tras un gran estallido, y poco a poco, se iba desmoronando hasta dar estrepitosamente con el suelo. Aplausos, lágrimas y palmadas acompañaron su acto mientras él y unos cuantos más corrían a toda prisa anhelando un lugar más seguro. Lo declararon héroe, su rostro fue muy conocido en todo el país, varias entrevistas le fueron realizadas, aunque luego de la guerra, jamás volvió a ser el mismo.

-Aquí los jodo otra vez -se dijo sin abandonar el sopor y la agitación que lo atacaron.

Fue en busca de algo que le funcionase como arma, en la cocina pudo hacerse del cuchillo más grande. Salió de la casa sin ser detectado. Se escondió tras un gran tarro de basura, sonreía pensando que un héroe jamás deja de velar por los desfavorecidos, que para eso fueron creados, y esos ancianos necesitaban de su inmediata acción. Pudo ver por el ventanal que los intrusos buscaban con frenesí todo artículo valioso, doña Marlene y su esposo fueron golpeados inescrupulosamente por los dos invasores más fornidos, en escasos segundos caían irremediablemente al piso y no se levantaron. La sangre le hervía, sus ojos se cerraron con furia mientras mascullaba un rosario de malas palabras. Sentía que él era la única posibilidad de salvar a la anciana pareja. Agarró con fuerza el mango del cuchillo y se dirigió con cautela hasta la entrada de la casa asaltada. No caminó casi nada, cuando una voz lo alertó amenazadoramente.

-¡Quieto sapo, si das un paso más te enfrío de un disparo! -dijo con sonora voz uno de los centinelas.

-¡Lárguense malditos, este es un barrio unido! ¡Asalto, asalto en la casa de la señora Marlene, llamen a la policía! -gritaba con determinación, mientras blandía la hoja del cuchillo con actitud resuelta.

Algunas ventanas se abrieron al escuchar el ruido, por las puertas de los domicilios contiguos empezaron a salir los curiosos deseando indagar el lugar del que provenía semejante bulla. María se sobresaltó, pues al llamar a Jacinto y no obtener respuesta, decidió salir, aturdida por el barullo. Estaba corriendo cuando el sonido de un disparo le heló la sangre. El instinto de madre le avisó que algo raro pasaba en las inmediaciones de su vivienda, la puerta esta entreabierta, cosa que no era habitual en esas horas, llamó a Jacinto varias veces, las últimas con total desesperación. A escasos metros se notaron algunos movimientos que crisparon los nervios de todos los concurrentes. Soeces palabras acompañadas de ráfagas al aire fueron la antesala del escape de los bandidos.

-Marlene y su marido fueron asaltados, pobres, ¿les harían daño? -comentaba don Luis, entre lloroso y asustado.

Uno de los hijos de la pareja, que vivía dos cuadras más abajo, llegó a toda carrera, los rumores del incidente habían viajado con velocidad hasta él. Empujó a la muchedumbre congregada en las afueras de la casa y subió a saltos hasta el segundo piso. Algunos habían encendido un cigarro para engañar los nervios, otros rezaban en silencio por la vida de los ancianos, y María, a gritos lastimeros nombraba a Jacinto, que aún no respondía a sus llamados. Su voz se opacó entre los aplausos de todos, los vítores y las gracias elevadas al cielo por haber salvado a los seniles habitantes de la casa atracada, quienes, a pesar de la horrible experiencia, se encontraban sanos y salvos.

-¿Vieron a Jacinto?, él salió primero, debe estar por aquí. Ayúdenme a encontrarlo. -casi inaudiblemente suplicaba María.

-¿Quién?, ¿Jacinto? -preguntó desencajado un hombre de mediana edad que acompañaba el suceso.

La confusión causada entre la alegría del rescate y la desesperación propagada por la pérdida de Jacinto, hombre de valía, héroe de la Patria, se columpió en el ambiente. Buscaron por aquí, por allá, y no encontraron a nadie, subieron a la casa, escarbaron en los rincones de la misma y nada. Alguien silbó con insistencia.

-Por acá, junto al basurero, rápido.

María fue la primera en alcanzar el lugar señalado, llegó apretando el corazón para que no se le saliera del pecho.

-Noooooo, Jacinto, ¿qué pasó?, hijo mío, ¡levántate!

Y las lágrimas abundantes corrieron quizás con la misma velocidad con la que su unigénito hubo de escapar de los soldados enemigos. La locura, las preguntas, la negación a la realidad vivida, de nada servían; allí, escondido entre los restos derramados estaba el cuerpo del único héroe del barrio, irrepetible y verdadero. A escasos centímetros de él, un cuchillo reposaba en los adoquines macilentos, no estaba manchado de sangre.

-Malditos, jodieron al pobre, él no hacía daño a nadie. -la vecina de la panadería se sacudía con ira y despecho.

En el sector la escena vista marcaría una generación entera, y las siguientes, se enteraron por los registros históricos de los cronistas y testigos: María, intentando entender un destino que no esperaba, abrazaba a su muchacho, con la manga de su camisón de dormir le limpiaba la sangre del rostro, y a besos, intentaba cerrar la herida de la cien que acabó con la vida del único hombre que honró como hijo y como soldado. Gritaba sin conciencia, no existía nadie más alrededor que Jacinto, su pequeño.

Detrás de todos, Marlene reaccionaba. Se encogió como una niña buscando consuelo en los brazos de su esposo e hijo. Con la más grande tristeza reconoció, entre sollozos:

-Nos salvamos, pero se llevaron al hombre más bueno del mundo. ¡Hijos de puta!

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