¡Cuántas crudezas!

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Director Colección Taller Literario, Cuenca (Ecuador)

Voy atravesando el lado oscuro de la ciudad, no solo la Luna posee una cara oculta.

Hay un sector al que todos, muy amablemente, han denominado ¨zona roja¨ este empieza por la estación de transporte público: una babilonia de colores, olores y sabores, para extenderse hasta tres o cuatro manzanas al lado de las calles céntricas. Es inconfundible la noche en citados lares, pues es cuando la no tan Santa Ana de los Ríos de Cuenca muestra su rostro menos arreglado y se dejan ver cuántas imperfecciones tienen sus recovecos menos turísticos y sus callejuelas no tan agraciadas. En mencionados sitios, los adoquines no alcanzan a cubrir la maleza que se desborda, a cántaros, por doquier.

Empieza el camino.

A un par de pasos de la estación prolifera la venta de favores de cuyas damiselas a quienes el construido sentido moral les vale exactamente lo mismo que a los diestros mancharse las manos a fin de conseguir su propio beneficio. Las ofertas varían de acuerdo a la procedencia de las féminas; por lo general, aquellas nacidas a orillas del Caribe tienden a inflar su coste, mientras que las andinas ofrecen especiales descuentos acorde la calidad del caballero. De este modo se pueden apreciar toda clase de varones ingresando –unos, sinvergüenzas enternados; otros, apenados de pantalones y camisas raídas- a sucios hostales que sirven de lupanares, tras las cortas faldas de las muchachas que han de satisfacer sus deseos por unos cuantos billetes, por unos cuantos minutos.    

A la salida de estas edificaciones yacen por montones: niños, niñas; adultos, adultas; hijos, hijas; padres, madres; abuelos, abuelas; tíos, tías; primos, primas; huérfanos, huérfanas; viudos, viudas con un triste maltratado cartón que cuelga de sus hombros, cargado de baratas golosinas, chucherías varias que son fuente de ingreso de tantas y cuántas familias invisibles; es decir, a las que nadie quiere ver. Casualmente, los sinvergüenzas enternados o los apenados de pantalones y camisas raídas compran, de vez en cuando, algunos dulces para llevar a sus hogares y saludar con un húmedo beso a sus corpulentas esposas. Los vendedores, de rostros demacrados por las inaguantables soleadas o castigados por las gélidas heladas, atisban sin ninguna esperanza el desesperanzador panorama que les aguarda para toda la miserable vida.

Continúa la travesía.

Un poco adentrado en las calles céntricas, al que conocen como el negocio más antiguo del mundo varía, un poco, su modalidad. Es así que en cada esquina pululan, entre ceñidos pantalones y descubiertas blusas, hombres que por las noches mal-disfrazan su virilidad, con el propósito de ganar algunos céntimos con el sudor de sus pesados, toscos cuerpos. Resulta interesante su tipo de clientela, además de pestilentes harapientos dipsómanos se ha visto a más de un ¨alto mando¨ de ¨milicos¨ y ¨chapas¨, según el lenguaje coloquial, claro; y, como no podían faltar, los ojos astutos de las gentes, que acechan sin cesar, cuentan que algunos bastantes líderes religiosos, no alineados a ninguna secta, perdón doctrina, llegan a comprar estos antiquísimos servicios. Para ellos, ellas no hay hostal; para ellos, ellas está el rincón de la cuadra, ahí en las paredes camufladas por el impertérrito silencio nocturno.        

Frente a mencionadas esquinas, decenas de infantes, jóvenes y ancianos deambulan de lado a lado, por la estrecha vereda, víctimas de un eterno nebuloso sueño causado por la soluca, principalmente, y sus hórridas afecciones a los sesos de estos, dentro de los decires colectivos, pobres diablos. Ya el vicio no ve nada. Atentos, con la funda negra plástica en mano, observan, desesperados y ansiosos, quien de sus compañeros de vuelo empuña, bajo la ancha manga del deshilachado gabán, el oxidado acero con el que han de asesinar a uno de los suyos por cretino, moroso y soplón, así que, una vez hecho el trabajo, el esbirro se haga acreedor a innumerables dosis para toda la semana.     

Sigue el trayecto.

Más ingresado en la parte central indigna de reconocimiento, labor social o municipal posa y reposa un maduro, ya tirando a podrido, desdichado que ruega caridad a cada auto fantasma que cruza, a toda máquina, por esas calles atestadas de baches y desniveles. Este señor depreca monedas de una forma harta inusual, lo hace desde su silla de ruedas. Desde ahí, queda en manifiesto la ausencia de sus dos extremidades inferiores; producto, dicen unos, de la guerra; secuela de su anterior vida de drogadicto, asevera el resto. Sea como fuere, lo cierto es que el tipo, prepotente desde su asiento, convence al muy limitado número de choferes a que se apiaden de su desgracia y colaboren con su merced. Por si las moscas, el desdentado barbudo lleva siempre en el bolsillo de su gastada chaqueta una bujía que bien puede arruinar los lujosos parabrisas de los acomodados que usan sus dos piernas para conducir por esas murrias y desoladas calles.  

Casi al final de la sección des-iluminada las aceras se embeben con bolsas de basura repartidas nada equitativamente sobre el mugriento piso de tan afamadas rúas; al parecer, incluso el servicio de recolección omite que esas almas condenadas también generan desperdicios que, sí o sí, deben ser recogidos para posteriormente enterrarlos o quemarlos en algún lugar rodeado de infértiles valles, de céspedes des-alborotados. En dicho escenario hubo cierta ocasión en la que dos perros, de esos greñudos callejeros, disputaban a muerte el motín de un saco que contenía restos de comida de una fonda cercana de la que todos los estibadores del mercado cercano eran clientes. En tal escaramuza se hallaban los canes cuando, de improvisto, un loco se abalanzó hacia los ¨cuatro patas¨, dejándoles, así: heridos, golpeados, sangrando y, lo más espeluznante, sin pan ni pedazo.     

Salgo del lado oculto de la ciudad, ahora la Luna alumbra, preciosa, las calles queridas por todos.

2 comentarios en «¡Cuántas crudezas!»

  1. Cuenta la leyenda, que aquellas calles es la verdadera cara detrás de una mascara linda, bella, sonriente y sin ninguna mancha… Sin duda, un cara que muy pocos la han visto o la han vivido en carne propia…

  2. Esa es la cara triste cubierta por la apariencia feliz, que muestra a los turistas, la tan amigable Cuenca.

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