Los sentidos

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista (Islas Canarias)

Navegando en un aroma, un sabor, una melodía o una vieja imagen gráfica, podemos arribar de nuevo a las playas azules donde fuimos felices alguna vez. Un vaso de leche recién ordeñada, una vieja canción de los Beatles o Elvis Presley, el olor de las especias en un mercado o cualquier fotografía olvidada de un álbum familiar, pueden ser el mejor pasaje para el paraíso perdido. La memoria de los sentidos es la más poderosa de las memorias. Hay más sabiduría acumulada en el nervio glosofaríngeo que en todas las metafísicas que han inventado los hombres para huir de la soledad y de la muerte.

Además, cuando freímos una cabrilla, por ejemplo, estamos creando un vínculo con las personas que en cualquier lugar del tiempo y del espacio han realizado el mismo acto. La historia de los hombres puede cambiar, pero el olor de la cabrilla frita es inmutable. Simplificando, podríamos considerar incluso que esa historia no es otra cosa que la competencia, a menudo sangrienta, para ver quién logra comerse las mejores cabrillas.

No hay que olvidar el amor, otro importante motor de las sensaciones y acciones humanas. Cuentan que Ulises, retenido por la ninfa Calypso en la isla de Ogigia, soñó una noche con el olor de las axilas de Penélope y fue tan intenso el estímulo que decidió abandonar a la diosa, renunciar a la inmortalidad prometida y seguir su ruta de regreso a Ítaca. Gracias a eso se terminó de escribir la Odisea. Se me ha ocurrido ahora, pero pudo haber sido así. La historia es también en gran parte una cuestión de axilas.

Epicuro conversaba con sus discípulos a la sombra de una higuera. En medio de alguna profunda exposición sobre el principio del placer le bastaba alargar una mano y acercarse un fruto a la boca para convertir el discurso en práctica y sencilla demostración. Kant, más metódico, controlaba sus horas de trabajo y de ocio con un viejo reloj suizo heredado de su padre, que todos los días a la misma hora acompasaba con el del ayuntamiento de Königsberg. Queden para otros las distinciones precisas y sutiles. A grandes rasgos, debemos tanto a la higuera de Epicuro como al reloj de Kant, tanto al sabor fresco de un higo como a la crítica de la razón pura y práctica.

El interior de una melodía, de un sabor, de un aroma y hasta de una vieja fotografía, puede trasladarnos al paraíso, pero también al infierno. Una mañana, al salir a la calle, nos hiere la pituitaria un tufo de monóxido de carbono. En el acto nos puede hacer revivir cualquiera de los terribles atascos de tráfico que todos hemos sufrido alguna vez: el aullido de las sirenas, los gritos impacientes de los conductores, el ruido de los cláxones y, asfixiando el aire, el humo denso de los tubos de escape. Hay infiernos más perfeccionados –en esto el progreso humano tampoco se detiene–, donde el olor y el sabor que nos los traen a la mente son los de la miseria y la muerte, y la música evocadora los gritos desgarradores de las víctimas. Todos los avernos se complementan en un mundo regido por el beneficio y la ganancia, por la usura sin conciencia del poder.

Que se queden los depredadores con ese universo de lujo plastificado y pobreza abisal, de contaminación y de angustia, cimentado en teorías que son un mero artificio para ocultar el ruido de las ametralladoras. Ante él sólo cabe la resistencia, la ternura hacia las víctimas y como barricada íntima del espíritu algunas de las bellas sensaciones que nos oferta la vida, con estímulos tan al alcance de cualquiera como la vieja melodía del viento entre las hojas, el sabor crujiente de una cabrilla frita, las Rubaiyat de Omar Khayyám o el olor del mar.

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