Hay un mundo mejor… pero es muy caro

Por: Dr. Francisco Javier Rodríguez Díaz, PhD
Catedrático de Diferencias Individuales y Psicología de la Violencia-Departamento de Psicología
Universidad de Oviedo (España) y Profesor Invitado Doctorado. Universidad Andrés Bello (Chile).

Cuando hace poco aterrice en mi país, España, me vino a la cabeza una frase del grupo Les Luthiers: Hay un mundo mejor… pero es muy caro. La razón es que me había dedicado en parte de mi estancia, en el país de salida, a analizar la realidad penitenciaria y llegando a mi país se informaba, en la prensa, de una revuelta con más de cuarenta muertos en un penal del país del que procedía; cuando había ingresado en el país, para realizar mi estancia de colaboración institucional, me había recibido con un motín donde 20 presos habían sido asesinados.

La pregunta era y es: ¿qué pasa en este país? … ¿hay la posibilidad de construir otra realidad? Sin tratar de discutir la respuesta y las posibles alternativas, que sería muy largo, se sostiene que otra realidad es viable. Así, siendo España uno de los países de Europa con penados con penas más largas (se ha duplicado la duración media de los encarcelamientos), a la vez que se observa una fuerte presión de la sociedad a sostener que los ‘más peligrosos’ deberían ser encerrados (‘prisión permanente revisable’, sin demostrar que con ello se logra disminuir el delito o su reincidencia), se ha logrado en la década pasada reducir significativamente la población penitenciaria (alrededor de 20.000 reclusos), incluso entre la población extranjera.

Es posible, y ya lo hemos demostrado, que dentro de la cárcel, otra cárcel es posible. Otro planteamiento de intervención que ayude a conseguir la reinserción social de los condenados, frente a la propuesta sustentada en el mero castigo de estar en prisión por el delito cometido. Es necesario que se lleven a cabo diferentes programas de tratamiento que se ajusten a las necesidades y características de cada interno y, además, es importante que se haga en un ambiente que favorezca el desarrollo personal de cada interno, dentro o fuera de la institución, para que luego pueda continuar con su nueva forma de ver la vida.

El planteamiento de este modelo no cabe duda es bueno, adaptativo y actual, ya que no busca el fin último del castigo por el delito cometido, como sí hacían los sistemas carcelarios pasados. Frente a ello, la Justicia Terapéutica pretende que el periodo durante el cual la persona cumpla su condena sirva para que en libertad vuelva a vivir en sociedad y haya aprendido modelos de conducta prosocial, interacción interpersonal (habilidades sociales) y funcionamiento social adaptativos, así como adquiriera correctas estrategias de afrontamiento y autorregulación y gestión emocional que le ayuden a afrontar las diferentes situaciones que se le presenten en su vida. Ello busca llevar a producir cambios en sus sistemas de creencias erróneos, antisociales y desadaptativos que, entre otras cosas, le hagan comprender la ilicitud de sus hechos pasados, haciendo que todo esto disminuya la posibilidad de reincidencia, así como, desarrolle una reinserción en la sociedad y la adaptación a una nueva vida.

Ambos modelos buscan en esencia lo mismo, es decir, la reeducación y la reinserción social. Sin embargo, llevan a término el objetivo de diferente manera, en tanto uno se basa en el miedo y el otro en el desarrollo de la competencia, en creer en el ser humano, en una justicia terapéutica. Si ello es cierto, también lo es que la sociedad en general, tanto la población como los propios agentes que están al frente de las instituciones penitenciarias, no tienen una actitud favorecedora que permita la realización de esfuerzos para mejorar la situación de los internos, ayudarles y cumplir con los derechos que tienen; por ende, no se invierten los mismos  recursos económicos, materiales y personales necesarios para una buena intervención con los delincuentes desde la base de su problema específico dependiendo de la gravedad de delito del interno y de su colaboración en programas del centro penitenciario. Este régimen se puede considerar aprovechable para un individuo encarcelado orientándose hacia el Medio abierto (p.ej. telemático, terapéutico, residencial etc.) considerando el menor riesgo para los demás.

Pese a que las intenciones del Sistema de Justicia sean buenas, la realidad es que los intentos por desarrollar de forma adecuada y eficaz estos programas parecen fracasar porque carecen, de un lado, del apoyo del propio personal penitenciario y de los medios económicos, humanos y materiales necesarios (no creen, mejor: se vive mejor sin creer en ello). Asimismo, de otro lado, el cambio para lograr un ambiente penitenciario saludable, competente y que favorezca los resultados de reinserción y reeducación de los presos en el medio penitenciario va más allá de un artículo en la constitución. La realidad nos lleva a trabajar la psicoeducación, fomentando un ambiente educativo para ver las diferentes consecuencias que tienen sus conductas delictivas, tanto aquellas por las que se les condenó como cualquier posible conducta que puedan estar manteniendo en su vida o planteando llevar a cabo. Poner en perspectiva todo lo que han hecho y, mediante programas de intervención terapéuticos adecuados, detectar aquellas cogniciones antisociales y desadaptativas en las que se basan sus conductas, las posibles consecuencias de las mismas y llevar a cabo una reeducación de esos sistemas de valores y creencias erróneos para cambiarlos por sanos y adaptativos.

Lo más importante para poder llevar a cabo esto es generar un ambiente penitenciario sano y competente en el preso donde en todo momento no sea tratado como un grupo o “masa”, si no que se posibilite, de un lado, formar y educar adecuadamente a los funcionarios implicados en los centros penitenciarios para que traten debidamente a los presos, no estigmatizando, ni provocando en los presos un sentimiento de juicio constante que no les permita avanzar y cambiar, ya que se encuentran constantemente juzgados y encasillados por sus actos delictivos pasados. Enseñar a los funcionarios que el objetivo no es ‘pillar’, ni el fin último de la condena es el simple castigo de la conducta antisocial de los mismos, como en los sistemas carcelarios clásicos. Por lo tanto, a partir de lo anterior, se debe fomentar que los funcionarios también se impliquen en este proceso educativo y de desarrollo de los internos, reduciendo y eliminando, en la medida de lo posible, esta rivalidad existente entre presos y Funcionarios, es decir, no hay intercambio (posible corrupción) para reducir daño o amenazas, en tanto dejen de ser vistos como “carceleros y enemigos” y sean recibidos como un apoyo en el proceso del preso y regulan el cumplimiento de las normas en el centro, velando por su bienestar y seguridad.

Por otro lado, hacer que el interno se sienta valorado por el refuerzo en el cambio, dando feedback positivo a sus conductas. Es una posibilidad que le serviría para sentirse premiado y le reforzaría ante la realización de trabajos por la comunidad de la prisión que favorezcan la mejora de la convivencia en el centro, es decir, la cogestión y la corresponsabilidad en el cambio mediante el confrontamiento que fomenten el buen ambiente y el compañerismo entre los presos, etc. Ello llevaría, a su vez, a su implicación en los programas terapéuticos y psicoeducativos, así como a valorar positivamente los cambios y avances realizados y sentirse parte importante en convivir todo tipo de presos, respetándose los unos a los otros. Somos en ello conscientes  que esto sería conveniente, pero también hay presos que bien por su peligrosidad o por no querer el cambio deben estar en otros módulos.

Por último, en lo que respecta al contexto físico que supone un centro penitenciario, sería muy importante que este entorno no parezca una cárcel en sentido clásico, tanto a nivel estético como a nivel de organización interna. Lo más favorable sería que estos lugares estuvieran orientados a parecer lo más posible a una sociedad dentro del centro en la que los presos puedan formar parte, asumiendo diferentes tareas y responsabilidades para/con esta comunidad. El problema viene por la marginación o alejamiento de prisiones de la sociedad, situándolas fuera de la vista de sociedad. Por muy largas que sean las estancias en prisión, estos contextos están lejos de servir para cumplir el objetivo principal que debe tener un centro penitenciario, esto es, la reinserción y reeducación de los internos.

Hay un mundo mejor….pero es muy caro. Pues sí, y su puesta en marcha, para empezar, exige resolver el problema de insuficiente personal competente, el ambiente afectado por clima inadecuado de prisionización, inseguridad, frialdad, desconfianza en funcionarios etc. Sin eliminar esto, difícilmente se conseguirá lo siguiente, el tratamiento penitenciario en espacio terapéutico desde los principios de la Justicia Terapéutica. En pocas palabras, el cumplimiento de la ley es imposible si no apostamos por la profesionalización que elimine la corrupción y los buenos deseos populistas que favorecen la militarización. No nos quepa la menor duda: no cabe una intervención en la cárcel…. la intervención es el medio y su mejora es el único camino para: evitar o al menos retardar la prisionización (evitar la adaptación del recluso al ambiente aislado de la cárcel); normalizar la vida, es decir, dotar al preso de las estrategias necesarias para una adaptación social; ofrecer alternativas de vida de acuerdo al contexto en el que se ha desarrollado anteriormente, dotarles de nuevas alternativas y nuevos espacios de desarrollo; y por último, evitar o reducir los efectos desestructuradores de la cárcel, potenciando las habilidades sociales y personales del recluso en vistas a su futura puesta en libertad.

Estamos lejos…. es un mundo más caro, pero posible. Sabemos que el contexto ambiental donde se aplican los programas y tratamientos debe ser diferente al contexto penitenciario de cumplimiento de condena de hoy. Tenemos la necesidad de lograr un contexto que se vaya acercando cada vez más al contexto social y comunitario. En definitiva, para aquellos internos que quieran el cambio hay que ofrecerles una oportunidad a través de los programas de régimen abierto, mediante los cuales se utilicen recursos comunitarios que favorecen al objetivo principal de la intervención penitenciaria, la reinserción social como se sostiene desde el modelo de Justicia Terapéutica y se desarrollara, no me cabe la menor duda, en el próximo congreso a celebrar en la ciudad de Cuenca (Ecuador).

En la cárcel, otra cárcel parece posible y lo cierto, mientras tanto retrasemos el cambio, seguirán los motines y los muertos y aquellos que dirigen serán los responsables de no utilizar correctamente los medios de que disponen. Este país maravilloso merece una oportunidad para los que están implicados y no ser sustituidos, por aquellos sumisos a la dirección y las directrices clásicas marcadas y fracasadas de manera reiterada.

Con perdón…. un español que quedó prendado de su país y su gente

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