Elogio de la vejez

Por: Manuel Ferrer Muñoz, PhD
España

Si de piropear se trata a esta entrañable compañera, de la que espero no separarme hasta que pasen muchos años, nada mejor que tomar prestadas unas palabras pronunciadas hace unos meses en un plató de televisión por Arturo Pérez-Reverte, prestigioso escritor español, miembro de la Real Academia Española: “los viejos, yo soy viejo, no son contemporáneos. Si un viejo es contemporáneo hace el payaso. El viejo no puede adaptarse a un mundo que ya no es el suyo, pero tiene una ventaja, la experiencia, una mirada. Antes al viejo le ponían en el centro y le preguntaban, “¿cómo lo hiciste?”, y el joven aprendía del viejo, pero ahora apartamos a los viejos y estamos privando a los jóvenes de la experiencia del viejo, de la mirada. No puedes pedirme que me ponga a bailar claqué, pero puedes pedirme lo que yo puedo dar. Pero tendemos a apartar. Los viejos son útiles no porque se modernicen o hagan el payaso sino por su mirada”.

Sólo un viejo podía haber expresado con esa hondura y ese descaro la honra de pertenecer a esta especie en extinción; porque mucho me temo que los que vendrán después vayan a ser aprendices de payaso, a lo sumo personas de la “tercera edad”, ese término tan repelente que suena a desecho de tienta. La generación que nos precedió aceptó con gusto el tratamiento de “ancianos”, ciertamente respetuoso, pero carente de energía y de magia. Proclamarse viejo significa haber aceptado el reto que se nos lanza desde múltiples instancias, y enfrentar a los que de un modo necio pretenden que nos modernicemos. ¡No! Nosotros ocupamos nuestro sitio, que es un lugar privilegiado. Nuestros ojos han visto tanto… Nuestro corazón ha amado tanto… ¡Que nos quiten lo “bailao”! Por eso no coqueteamos con lo moderno, no queremos ser contemporáneos, ni adoptamos ridículas actitudes juveniles. Nos reconocemos como reliquias del pasado, anacrónicos.

El viejo es descarado, porque a nadie ha de rendir cuentas aquí abajo, y por eso gusta de estar con los niños que, por definición, desconocen la timidez. El viejo es osado porque dice lo que piensa; y, porque ha vivido mucho, es una mina de sabiduría, de experiencias. ¡Los viejos tenemos de qué presumir! ¿Cómo vamos a tolerar que nos arrinconen o que nos contemplen con miradas “asistenciales” y caritativas? Los viejos queremos morir dando guerra… y sembrando amor.

Pero, para mantener el tipo y plantar cara a los sabihondos que nos menosprecian con hipócritas conmiserativas sonrisas, se necesita tiempo: tiempo para pensar, y tiempo para alimentar nuestros sueños con la lectura: tiempo para la reflexión, sin abatirnos por lo que pudo haber sido y no fue; tiempo para la introspección, y tiempo… mucho tiempo para escuchar a los nietos que quieran hablarnos, y para mostrarles cómo éramos y cómo era nuestro alrededor cuando aún vestíamos pantalón corto: el tiempo que debimos dedicar a nuestros hijos, y que nos fue robado.

Ciertamente, esa mirada atrás nos muestra la senda que, como avisó Antonio Machado, “nunca se ha de volver a pisar”; y van escaseando las fuerzas para proseguir haciendo camino; y tal vez aflora el pesimismo que otro grandísimo poeta, Jaime Gil de Biedma, acertó a describir con tristes palabras: “pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra”. Y, sin embargo, ganamos la partida al tiempo rememorándolo, rebuscando en nuestras raíces y descubriendo a los jóvenes de mirada limpia y alma noble tesoros escondidos a los ojos de los sabelotodos impertinentes que contemplan con desdén nuestras arrugas y nuestros andares encorvados.

Viene en refuerzo de mi argumentación en elogio de la vejez una hermosa imagen que he contemplado recientemente de Mónica Bellucci, con 65 años cumplidos y posando ante la convencional e inevitable alfombra roja con toda naturalidad, sin maquillaje que ocultara sus arrugas y sin complejos, consciente de que la verdadera belleza es un estado mental y de que hacerse mayor no constituye ningún motivo de vergüenza. Este ejemplo gráfico constituye por sí mismo una invitación a envejecer con dignidad, único camino para ganar el respeto de los más jóvenes.

Cuando se ha emprendido el último tramo de la vida, es importante no extraviar las huellas de nuestras pisadas remotas y de los pasos de quienes nos precedieron: no para que se imiten esas andanzas, que el camino de la vida es responsabilidad de cada uno. Ni es cierto que cualquier tiempo pasado haya sido mejor, ni puede ignorarse la sabiduría que el tiempo permitió acumular, quizá gracias a la depuración de muchos errores cometidos. Aprendamos precisamente de las equivocaciones nuestras y de nuestros ancestros; pero tomemos buena nota de sus aciertos, de sus sacrificios, de su hondo sentido de la familia, de su amor al trabajo bien hecho. Compadezcámonos de las penurias, incertidumbres  y angustias que empaparon las vidas de las generaciones que nos han precedido. Lamentemos, sin distingos, los horrores de luchas civiles que desgarraron a sociedades enteras y extendamos la piadosa manta del olvido sobre odios abominables y rencores soterrados. Contribuyamos así a una “cultura de la paz y del perdón”, tan imprescindible para construir juntos.

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