Javier Vásconez: las lecciones de la fotografía y del cine

Por: Cristóbal Zapata
Cuenca (Ecuador)

El cuento de Javier Vásconez, “Matinée en el cine Bolívar” (2022), empieza una mañana de mayo, en los primeros meses de la pandemia del Covid-19, cuando el personaje Vásconez, en su estudio en Santa Clara (uno de los varios aspectos “reales” que el autor presta a su personaje) enciende la televisión y se encuentra con las imágenes fúnebres y sórdidas del noticiero donde desfilan féretros y cadáveres en las calles.  Horrorizado ante ese espectáculo siniestro que acontece en el barrio La Comuna, apenas “a unas cuadras de su casa…”, decide apagar el aparato, y enseguida procede a hojear distraídamente las fotos de un álbum de familia que tiene a la mano. “Poco a poco se fue internando en ese museo personal que era el álbum de fotos”, dice el narrador. Desde una perspectiva psicoanalítica diríamos que no resulta meramente causal esta acción a la luz de la coyuntura del personaje, si recordamos que para Roland Barthes lo fotografiado o el objeto fotográfico constituye el spectrum de la fotografía (en tanto evoca “el retorno de lo muerto”).  Adorno, por su lado decía que “museo y mausoleo comparten algo más que la etimología. Los museos son los sepulcros familiares de las obras de arte”. Apenas empieza a merodear entonces en este depósito de fantasmas que constituye el álbum familiar, Vásconez se ve atraído por la imagen y el recuerdo de la antigua ama de llaves de su infancia, la señora Matilde, una mujer de origen judío-alemán al parecer, cariñosamente llamada Mamatina. Ella será la protagonista de este relato memorioso, pero tan importante como su rol, será el papel de Vásconez que la evoca, pues es a través de su mirada que Mamatina se va descubriendo gradualmente al lector, diría que Vásconez va revelando a su personaje en el cuarto oscuro de la memoria como un fotógrafo que lentamente va haciendo visible la imagen capturada. Todo esto, sin olvidar, que el relato está contado en tercera persona por un narrador omnisciente, que ve a Vásconez activar su memoria, que mira a Vásconez mirar con lo cual el tejido de puntos de vista se complejiza como en una pintura barroca.  Podríamos decir, incluso, que a través de su alter-ego, Javier Vásconez (el autor, ya no el personaje) está en la cuento como Velázquez en medio de “Las Meninas”, es decir, articulándolo todo desde su mirada omnívora, opulenta, barroca, convertido en un personaje más de su dramatis personae.

Cristóbal Zapata y Javier Vásconez.

En el claroscuro de la memoria de Vásconez, que se abre paso entre las sombras del pasado, los momentos centrales de su recuerdo de Mamatina están vinculados a las visitas que cuando niño hacia con ella a las funciones de matiné en el cine Bolívar, cuyo referente real es el teatro Bolívar, un hito de la arquitectura modernista (Art-Nouveau) en el Centro Histórico de Quito. El mismo narrador hace una microhistoria del lugar: inaugurado en 1933, el edifico sufrió un grave incendio en agosto de 1999, pocos meses de terminar el siglo y el milenio, por una fuga de gas en la planta baja donde funcionaba un local de Piza Hut.  De tal modo que el cuento puede verse también como una alegoría del fin de una época, del ocaso de las estéticas maestras del modernismo.

Es en torno a este rito cinéfilo, semanal, que el narrador vertebra su recuento, es decir, la reconstrucción de este pasaje de la infancia de Vásconez, y a partir del cual se van relatando una serie de situaciones y ritos familiares, propios de una familia aristocrática criolla en su fase terminal. Y es en esta recuperación del tiempo perdido de raigambre proustiana donde el relato va adquiriendo su corporalidad, donde el texto despliega su potencia y su belleza estética. Potencia y belleza que derivan primordialmente de tres aspectos que quizá resuman el arte narrativo del autor: la atención morosa y gozosa por el detalle, la perspicacia de la mirada para captar y comprender los signos y pliegues más recónditos el cuerpo, de las emociones y los afectos, y lo que podríamos llamar una estética de la ambigüedad o la incertidumbre de inspiración onettiana, donde hay mucha información que queda suspendida, entredicha o entrevista, de modo que el texto gana precisamente por esa aura enigmática, incierta que rodea a los personajes y a los eventos narrados.

El cuento tiene, además de sus propios atributos estéticos, el mérito de resumir algunos temas recurrentes en la narrativa del autor: es decir, la idea de extranjería, de extrañamiento, encarnados en el migrante o visitante al Ecuador, a Quito particularmente (desde El viajero de Praga hasta El retorno de las moscas, pasando por Invitados de honor, etc.), el desplazamiento y desarraigo cultural que ese a veces forzoso transporte implica;  la historia familiar (presente ya en su primer libro de cuentos Ciudad lejana, de 1982), las cartas ilegibles, perdidas o inconclusas que  guardan una posible verdad de los hechos, y, por supuesto, una mirada poética y al mismo tiempo crítica del entorno, de su ciudad natal, pues Quito y sus alrededores es, una vez más, el marco central de los acontecimientos.

Portada del libro.

Pero en este cuento, además, vuelve a aparecer el motivo de la fotografía que me parece un tema cardinal y acaso no muy atendido en su narrativa. Para empezar, es una fotografía de Mamatina la que desencadena este relato, pues a Vásconez “le impresionó la voluntad del fotógrafo para captar la serenidad de sus ojos”.  Hay varios fotógrafos en su obra narrativa, desde el protagonista de “Eva, la luna y la ciudad”, el hermoso cuento que es parte de su libro inaugural Ciudad lejana. Aunque hay allí, al mismo tiempo, una cierta duda sobre las posibilidades artísticas de la fotografía. “La fotografía es insuficiente para expresar ciertas cosas”, dice el narrador de ese relato, ese personaje dispuesto a hacer una cartografía visual de la ciudad. En ese y otros textos, podríamos decir que la fotografía funciona como una metáfora del acto mismo de contar: pues el cuentista es aquél cuya misión es revelar un secreto gradualmente, como el fotógrafo en su laboratorio. 

“Mediante las fotografías –escribe Susan Sontag– cada familia construye una crónica-retrato de sí misma, un estuche de imágenes portátiles que rinde testimonio de la fuerza de sus lazos. Poco importa cuáles actividades se fotografíen siempre que las fotos se hagan y aprecien. La fotografía se transforma en rito de vida familiar justo cuando la institución misma de la familia –en los países industrializados de Europa y América–, empieza a someterse a una operación quirúrgica radical”. El cuento de Javier Vásconez, “Matinée en el cine Bolívar”, ilustra poéticamente el significado familiar y social de la fotografía.  Por lo demás, es un cuento donde la dimensión ritual juega un papel preponderante: el ritual el té y los juegos de salón de los sábados, la consulta cotidiana del prestigioso libro de cocina que la abuela hacía para elegir el menú del día, los viajes semanales al cine.  Además del despliegue de la memoria involuntaria de raigambre proustiano (advertida por Emmanuelle Sinadert en su lúcido prólogo), es este conjunto de ritos el otro aspecto que a mi parecer conecta a la obra con la novela de Proust. Ya Deleuze señaló que lo que vive en el narrador proustiano a lo largo de la novela es precisamente el aprendizaje de los signos, las maneras y ritos de clase. Ese aprendizaje supone la formación sensible y afectiva del personaje Vásconez.

Por último, hay un factor especialmente significativo en la concepción general del cuento que constituye el desdoblamiento del autor en un personaje homónimo, asunto presente en otros títulos de su obra, desde La sombra de apostador (1999) hasta su última novela El coleccionista de sombras (2021). Si en el primero, el narrador-protagonista es J. Vásconez, “un cronista sin convicción que malvive como un topo en las cloacas de un periódico”, y que a través de recortes y fotografías va “levantado un improbable, y la vez, poco convincente, plano de la ciudad”, en “Matinée” y en “El Coleccionista”, ese personaje se apellida simplemente Vásconez. Ya en Abaddón el exterminador, Ernesto Sábato aparecía como personaje con su nombre propio, actuando como el fabulador, como el escritor del libro, presto a ofrecer aclaraciones literarias o declaraciones estéticas y políticas. El Vásconez personaje afecto también a la reflexión literaria y existencial, parece tener una posición menos magistral o aleccionadora para convertirse en una más de sus criaturas expuestas a la intemperie de la ciudad, dispuestas a vivir la aventura del mundo y a darle un significado a su existencia. Acaso el tema secreto de Vásconez no sea otro que una larga indagación en la identidad humana: quién somos o fuimos, quién es el mismo J. Vásconez como individuo civil, como entidad literaria, quién está detrás del rostro que nos mira. No en vano, en este relato, el niño Vásconez a su vez se desdobla en algunos actores del cine cuyas actuaciones los cautivan, produciendo así un infinito juego de espejos y reflejos que representan un ejercicio lúdico de alteridad, y ponen en entredicho la idea de identidad como unicidad monolítica. Esta es quizá la gran lección que deja en el personaje las matinés del cine Bolívar.


Matinée en el cine Bolívar, 2022. Edición bilingüe de la Casa Editora de la Universidad del Azuay, con colaboración de la Alianza Francesa de Cuenca. Traducción: Florence Baillon. Prólogo: Emmanuelle Sinadert.

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