La verdad descarnada

Por: Manuel Ferrer Muñoz, PhD
España

“Este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar; mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar”. Estos versos de Jorge Manrique proponen un estilo de vida que quedó arrinconado y abandonado en el baúl de los recuerdos por los valores consagrados en la llamada Posmodernidad. El hombre light, carente de referentes morales e incapaz de asumir compromisos, no mira más allá de lo que entrevén su encubierta miopía y su obtusa mollera. No interesa lo que se alce más allá del muro de su pequeño y estrecho universo, que, por tanto, no existe.

De nada importan hoy los errores acumulados jornada tras jornada, si con ello se rasca algo del placer que mendigamos a cualquier costo. Aferrados al presente y angustiados ante el vacío que la pérdida de la fe abre tras la muerte, importa sólo el aquí, ahora. Carpe diem, aférrate al momento presente, atrapa el efímero instante, libérate del peso fetichista de la responsabilidad de tus actos, cubre las apariencias y finge cumplimiento de las normas, aunque, al mismo tiempo, rebusques argucias legales para burlarlas. Huye de conceptos abstractos, como la verdad, los ideales, el sentido de la existencia.

Finjamos. Construyamos un mundo de apariencias, de amor y respeto a la infancia y a las personas mayores, exceptuados, eso sí, los niños cuya llegada al mundo era causa de incomodidad, y los viejos renqueantes a los que, en nuestra generosidad, abrimos las puertas de la eutanasia.

Aparentemos que todo va bien, convenzámonos de que éste es el mejor de los mundos posibles, escondamos la cabeza y cerremos los ojos para evitar el encuentro con las miserias que nos envuelven, con la desfachatez que permea las estructuras sociales, con la hipocresía de una clase política que se proclama cínicamente servidora de la ciudadanía.

Apartemos de nosotros el pensamiento metafísico, y aboguemos por el materialismo, la permisividad, el hedonismo, la cortedad de alas. Aprestémonos a volar como alas de corral y renunciemos a volar como las águilas, que miran al sol de hito en hito. No, no nos conviene tamaña soberbia: conformémonos con ser la cola del león, y rehuyamos la tentación de aspirar a convertirnos en cabeza de ratón, capaces de pensar por cuenta propia.

Mendiguemos salarios que nos permitan satisfacer nuestras aspiraciones consumistas, siempre crecientes, y bendigamos los subsidios como los antiguos romanos bendecían el pan y el circo. Aceptemos con docilidad el mandato de los que se encaramaron al poder mediante procesos electorales diseñados para un reparto equitativo y sucesivo del pastel entre quienes previamente han sido cooptados. Cerremos los ojos a la corrupción de unos y otros, de todos aquellos que logran acceder a un puestecito en el organigrama político, en sus diversas escalas.

Robin Hood desvalijaba a los ricos para distribuir el producto de sus robos entre los pobres. Nuestra noble clase política ha mejorado la estrategia: se hace con nuestros dineros para atender a sus necesidades y negociar apoyos de amigos poderosos y, luego, en noble gesto dadivoso, nos obsequia con las migajas de un pastel que se cocinó con nuestros bolsillos.

Pero hay que callar; si acaso, mascullaremos acobardadas protestas cuando la satisfacción de los de arriba priva de satisfacciones a los de abajo; siempre sottovoce, siempre temerosos de las delaciones, asustados ante las consecuencias del qué dirán.

Eludiremos cuestionar el sistema, entre otras razones porque el pensamiento filosófico se ausentó de las aulas donde se amaestra a nuestros jóvenes. Idiotizada toda una generación y carente de criterios sólidos, ha sido adoctrinada en el convencimiento de que las miserias del presente se explican por la cerrazón, la ceguera mental y el fanatismo religioso de nuestros antepasados. Somos hijos de la luz, mientras que ellos se debatían en las tinieblas. ¡Pobrecillos!

Tal vez un día, al contemplar la trayectoria descrita por una vida llena de vacío, nos interroguemos: y después, ¿qué? Y aflorará la tragedia, dolorosamente punzante, porque algo habíamos intuido en aquellas escasas ocasiones en que nos atrevimos a asomarnos al espejo; y es que, después de todo ese inquieto bullir, llega el cara a cara con la personal inanidad: “Mené, mené, teqel, ufarsin” (Daniel 5, 25-28).

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