El país de las maravillas

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Director Colección Taller Literario, Cuenca (Ecuador)

En algún lugar de América, de cuyo nombre no quiero acordarme, vive una especie poco común de latinos. Ellos, no todos, desde luego, son identificados por una marca de cerveza, de cuyo nombre tampoco quiero acordarme, y por un juego derivado del voleibol, de cuyo nombre, adivine qué, prefiero no recordar. Aquella bebida y dicho deporte, ignominiosamente, son los perfectos productos de internacionalización de la imagen nacional, de la ecuatorianidad. Sin embargo, la biela fría y el juego caliente parecen ser solamente desfogues, mascaradas del repugnante contexto en el que estos seres viven desde el principio de sus tiempos.

En el país de las maravillas se mata todos los días. Se liberan, sin más, a delincuentes de todo estrato y calaña. Se ponen autobombas, se mutilan en las prisiones y se juega ¨indor¨ con las cabezas de los desafortunados que no supieron defenderse o aliarse al equipo vencedor. En el país de las maravillas han gobernado, desde siempre, las mafias más mentirosillas y, como el habitante de estas tierras es gracioso, capaz fue de arrastrar a su único luchador. En el país de las maravillas se hacen reverencias al ciudadano del viejo continente y se discrimina al vecino que pasa indignantes necesidades. Se trata de ¨Don¨ al hombre bien vestido y destinado un despectivo ¨vos¨ se reserva para los menos facheros. En el país de las maravillas el regionalismo, el centralismo son el diario sentir: ¡Ay de ti, impuro provinciano! ¡Mono ladrón! ¡Serrano bobo! Acá es altamente valorado el ¨buen¨ apellido, la tez blanca y la chequera. En el país de las maravillas se prefiere la tubería que el contenido. 

La pregunta parece cada vez más obvia ¿Hay algo rescatable? Sí, mucho, de hecho; pero parece que estas gentes están decididas, empecinadas en ponerse el pie entre compatriotas y pasar encima del otro a como dé lugar, a excepción del día que gana la selección de fútbol. Mientras dura la alegría por la ¨Tri¨, cesan los insultos a los flameantes deportistas, todos son hermanos y hermanas, ñaños y ñañas, ungidos bajo una tela tricolor que, en determinada, nada representa, nada simboliza, nada significa. Sin embargo, la subespecie más caótica de esta ramificación del latinaje es el ¨Homo Politicus¨ ¡Vaya depredadores! Por el propio bien y autoestima es mejor mantenerse a kilómetros de su estercolera presencia. 

¿De quién han heredado, sacado, copiado semejantes actitudes? Luego de haber propuesto citada interrogante, que parece tener una única posible respuesta, vale echar a los aires una frase de muy de este lado del globo ¨ ¡¡¡Puta, que huevada que somos!!! ¨.  

Atentamente: un ecuatoriano más, un ecuatoriano menos.

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