El llorón

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Director Colección Taller Literario, Cuenca (Ecuador)

No hace mucho existió un hombre que pasó toda su vida entre sollozos y plañidos. Se calcula que derramaba millares de lágrimas al día. Había nacido llorando, como la mayoría de neonatos, pero la diferencia radicaba en que esas gotas, cuales corrientes crecientes, jamás cesaron de abrirse paso por sus cansadas, desgatadas cuencas. Llanto durante la madrugada, el día y la noche. El hecho se remonta a que, durante todo el período de gestación, la madre, en sempiterna búsqueda de estímulos prenatales, no despegó de su proveniente vientre una caja musical de aquellas antiguas que al abrirlas salta una pareja esbelta de muñecos miniaturas que danzan al unísono de alguna triste melodía guardada, imperecedera, en ese rejunte de madera comprimida, compacta. El criterio de tantos y cuantos expertos curanderos atendieron al niño se basaba en que la canción que el infante había escuchado por nueve meses produjo, en su psique, una sensibilidad agudísima en torno a los más susceptibles acontecimientos que rodean a este mundo maltrecho.

Desde su primer día de existencia el recién nacido se horrorizó al darse cuenta de la alegría que embargaba a sus padres, ahí, en una triste sala de partos en la que, horas atrás, mujeres y fetos perdieron la vida a causa de alguna mala jugada del azar. Lloró toda su tierna infancia cuando notaba que la mínima ridiculez no avanzaba acorde a sus expectativas, de acuerdo a lo que le enseñaron, conforme al ¨cómo¨ se suponía que debían ser las cosas. De su niñez, ni hablar, una magdalena: fluviales enteras, eternas de chillidos repentinos que acudían a sus ojos en las noches de un domingo cualquiera por razones aún menos conocidas. Andados más los años se presentaban más y numerosas razones para llorar: una simple tonada musical, una arrugada fotografía, un par de palabras, una memoria extraída de años pasados, estas mismas líneas. La adolescencia, subibaja de emociones, excelente oportunidad para aflorar los sentimientos a piel desnuda que el puberto no desaprovechó y encontró en cada oportunidad, en cada hombro la excusa perfecta para abrir el grifo de sus torrentes. Cuando la primera adultez, esa etapa insana en la que no se es ni joven ni viejo, por fin tocó muelle en el astillero del muchacho, todo siguió igual: melancolías, pesares, penumbras por doquier. Sin embargo, en este punto, notó que su murria tenía justificación, pues halló la raigambre de su desdicha: la infamia de los hombres. Acompañadas de indecibles cantidades de licor, una a una pesaban, pisaban, posaban, pasaban, por la mente de ¨El llorón¨, un sinnúmero de barbaries acometidas por sus ¨semejantes¨, por sus ¨prójimos¨. ¡Ah, dolor! Nauseabundo dolor, sublime dolor, infinito dolor.

No era de extrañarse si se lo veía de cuadra en cuadra, de calle en calle con los ojos rojos, llorosos, aguados, flojos, desorbitados, llevando, a mano, un libro. Y lloraba, o bien por lo que veía en las aceras o por lo que los párrafos le narraban. Y lloraba, tanto por la guerra como por la paz. Y lloraba cuando sobre una banca descansaba o cuando a toda marcha caminaba. Y lloraba por la bulla y por el silencio; por el amanecer y el anochecer; por los limosneros y los acaudalados; por los vírgenes y los promiscuos; por los que tienen y los que no; por los que le veían llorar y los que lo ignoraban; por los vivos y los difuntos; por la vida y por la muerte; por ti y por mí. Y lloraba y lloraba y lloraba. Su figura, corpulenta pese al abatimiento, de a poco, se encorvó. Sus habituales quejidos, gimoteos dejaron de escucharse.    

La situación hubo de empeorarse cuando, ya más entrado en canas, lágrimas y soledad, finalmente comprendió la locura del Quijote, la estulticia optimista de Cándido, la desesperación de quien escuchó hablar a El Cuervo. Terribles desgracias han acaecido sobre el Hombre. Aunque nada se obtenga con lloros, la sensación de bienestar póstuma a este ritual merece la inflamación de los párpados. Aquel pueril, juvenil y senil hombre murió, literalmente, de tristeza. En sus ojos yacerá por siempre, compungida, la lágrima pura, salada e inequívoca.

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