Del placer y otras melancolías. (IV) DIEZ MINUTOS

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista (Islas Canarias)

En diez minutos pueden ocurrir muchísimas cosas. La mayoría banales, pues la cotidianidad está llena de secuencias indefinidas de minutos en las que no parece que pase otra cosa que el tiempo mismo. Pero ese tiempo aparentemente detenido para muchos, corre vertiginosamente para otros. Forrado de dinamita, un joven palestino baja de un coche en una ciudad de Israel y marcha con paso firme hacia la cercana parada, donde una serie de gente espera la guagua. La explosión alcanza indistintamente a los que aguardan y a los que viajan en el vehículo que acaba de frenar en ese momento. A pocos kilómetros de allí una excavadora israelí derriba una casa palestina, entre los gritos desesperados de las personas que la habitaban. El Tsahal sigue bombardeando a las poblaciones de Gaza: hoy habrá asesinado a cinco o seis niños más. Mientras, Vladimir Putin toca al piano una balada por la paz y el presidente Biden falla por enésima vez en el hoyo número cinco del campo de golf; va progresando, ayer se quedó atascado en el tres. Atornillada por los labios, una pareja de jóvenes intercambia feromonas en un banco del Parque García Sanabria, de Santa Cruz de Tenerife, bajo el coral florecido de un brachichito rojo. Un hombre agoniza en un hospital y otro en la cuneta de una carretera. Diez o doce subsaharianos (qué más da) se ahogan como ratas a pocos metros de la orilla de una playa del sur de Europa. Acodada en la barra de un bar, una mujer espera a alguien que no vendrá. Puede que algún escritor esté componiendo ahora la última frase de la novela que le llevará a la fama. El cuchillo que esta noche segará la vida de un adolescente a la puerta de una discoteca reposa en la gaveta de una mesa de cocina. Una chica se arregla para asistir a una fiesta, mientras un dron saudí bombardea una aldea del sur del Yemen y un joven orillero escribe a punta de navaja su versión personal de la revolución en un callejón de cualquier ciudad latinoamericana…

Diez minutos dura la “Marcia fúnebre” que constituye el tercer movimiento de la Sonata Nº 2 en Si Bemol Menor, de Federico Chopin, y estoy escribiendo esto en diez minutos con la música de fondo del compositor polaco. Al principio el piano sonaba gravemente, como una campana que toca a muerto, y ahora, casi inaudibles, se desgranan los últimos compases de la marcha, antes del fulminante y patético presto final. Cuando empecé a escribir comenzaba a oscurecer y ya la noche ha robado casi toda su luz al cielo, dejando en el perfil difuso del paisaje la nostalgia del día recién ido. Del cercano jardín viene el penetrante efluvio de los jazmines, mezclado al más suave perfume del estefanote. Un mirlo rezagado llama a su pareja desde las ramas más altas del árbol que se divisa a través de la ventana abierta.

He aquí una filosofía para la resistencia: que la crueldad, la soberbia y la imbecilidad de los hombres, las guerras y otras variadas iniquidades del poder, y hasta la misma cólera que todo eso pueda producirnos no nos ofusquen hasta el punto de hacernos olvidar el goce de los placeres sencillos. Que el enemigo no una al regocijo de su victoria el que le pueda producir la  desesperación del oponente. Por eso creo que no está de más agradecer al dios del azar el hecho de vivir en un tiempo y un lugar tan poco heroicos, que ha permitido que mi preocupación los últimos diez minutos haya sido tan sólo escuchar esa música y escribir estas palabras.

Mañana quién sabe…

2 comentarios en «Del placer y otras melancolías. (IV) DIEZ MINUTOS»

  1. Querido Julián,
    Pienso que sus ”Diez minutos” son de ¡una belleza y un valor incalculables!
    Estoy segura además de que apenas soy una de los cientos o miles de lectores a quienes nos ha conmovido su texto.
    Por lo menos a mí me ha hecho pensar, recordar, reír, reflexionar, añorar, sufrir, desear, escuchar, oler, valorar, sentir,
    Imaginar… GRACIAS por compartir sus pensamientos con tal profundidad, visión y corazón.

  2. Querida señora: Su comentario, que agradezco, de mi articulito me sorprendió y me hizo reflexionar sobre mis intenciones al escribirlo y su percepción de lo que escribí, que a bote pronto me pareció producto de una hipersensibilidad inusual. Trataré de exponer la conclusión a la que he llegado:
    Cualquier creación literaria, si está redactada desde la espontaneidad y la sinceridad, es de alguna manera un reflejo de la personalidad consciente —y en gran parte también inconsciente— del autor/a . Todo lo que constituye su patrimonio llamémoslo “vital” está de alguna manera volcado en su “creación”.
    Ahora bien, en una creación literaria, ya sea un poema o cualquier otra cosa (un artículo, en este caso) no coinciden solo aspectos inherentes a la condición humana y, por ende, profundamente subjetivos. Un texto con pretensiones literarias tiene también una entidad objetiva, que es la que construye el autor/a con el dominio—mayor o menor— de los recursos convencionales de su “arte”. Y esa entidad objetiva es susceptible de ser captada por el lector o lectora, que, a su vez, la “recrea” en sintonía con su personalidad consciente e inconsciente.
    Leer es también, en cierta manera, un acto de creación, pues la emoción literaria del lector/lectora (la percepción de lo que lee) tiene un significado personal, a menudo distinto del significado que tiene para el autor, pero siempre complementario de éste. He aquí la clave y la grandeza de cualquier obra escrita con sinceridad: hacernos partícipes a los demás de la emoción (el “entusiasmo”, decían los antiguos) que le dio origen, convertirnos en escritores, aunque solo sea en momentos puntuales y por transferencia.
    Con razón decía Borges que se preciaba más de los libros que había leído que de los que había escrito.
    Afectuosamente,
    Julián Ayala

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