Tras la sotana

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Director Colección Taller Literario, Cuenca (Ecuador)

El Padre Luis, luego de haber gozado, en carnavales, de los favores de Matilde -una fiel devota de su comunidad- permaneció en la más austera de las penitencias, ayunos y abstenciones: pasó casi-casi cuarenta días y cuarenta noches sin probar el fruto prohibido. Su autocontrol fue majestuoso, dado que Don Tarquino, el esposo de Matilde, anduvo de parranda en parranda toda la cuaresma; razón por la que la mujer pasó sola en casa, así que las llamadas a mitad de la noche no faltaron.

Llegado el día de los ramos, el Padre Luis sentía que todo su torrente sanguíneo desembocaba, con indómita fuerza, en una sola parte de su cuerpo. Ni siquiera la roja sotana disimulaba la protuberancia tras su cremallera de fina tela pagada por quién sabe cuántas limosnas; al contrario, este color despertaba, al máximo, su libido. Ansioso, y no precisamente por lo que tenía que celebrar, trató de complacerse a sí mismo, ahí en un rincón del ábside, que le servía de socaire, antes de que más feligreses se congregaran para tan importante eucaristía. A mitad del auto-acto, el valiente Padre Luis, luego de un enorme esfuerzo, consiguió detenerse, pues, después de todo, no veía con buenos ojos lo que estaba haciendo. Logró calmarse. Bajó la inflamación. Al menos le sirvió como un minúsculo aliciente, como un pequeño alivio.

Las finas voces del coro de muchachitos eran la señal para que este nada atípico cura haga su aparición y empiece aquel bochornoso espectáculo llamado ¨misa¨. Si algo se puede rescatar del Padre Luis, es que era muy serio en su trabajo, pero aquella mañana dio la peor muestra de lo que un sacerdote cegado por la pasión -y no la de Cristo– puede decir. Todo el encuentro fue una agria comedia, más que de costumbre. Las ideas a media tinta lanzadas por el Padre Luis jamás terminaron de concretarse. Apenas podía articular las tres cuartas partes de una oración antes de que el temible ¨acto fallido¨ freudiano le engañase y los fonemas que sus labios pronunciaban tomen una forma necesariamente sexual. Su mirada posaba, a la vez que hablaba milongas, en tantos escotes, faldas, vestidos encontraba a su paso. Ya su gazmoñería hace rato había pasado a mejor vida. Los asistentes, por momentos, hallaban extraño el actuar y el hablar del párroco; sin embargo, enseguida se convencieron que su falta de coherencia, su repentino sudor y sus constantes intentos por pararse tras el diácono eran producto de su indecible cansancio que su incesante labor como guía espiritual de una tracalada de almas pecadoras le producía. Al final de tan nebulosa misa, el Padre Luis alcanzó a manifestar que la semana venidera era un tiempo de extrema cautela, abnegación y privación. Rápidamente soltó a los aires una bendición malhecha y salió urgido de la iglesia.

Lunes, martes y miércoles, vaya Dios a saber cómo, el Padre Luis logró reprimir el más básico de los instintos humanos después del de comer. No obstante, llegado el jueves, noche en la que la usanza manda a visitar siete iglesias, el sacerdote realizó otro tipo de recorrido nocturno, más relajado, más ameno, menos cristiano. Fue entonces que el preste, haciendo uso de todo el dinero acumulado el domingo de ramas, salió a vagabundear, a malvivir, a derrochar. Así como hay iglesias e iglesias, también hay lupanares y lupanares. Todo depende del sector donde estén ubicados y de quien sea su patrocinador. En esencia, estos dos establecimientos presentan la misma dinámica: se paga por una hora de servicio y de salida hay que persignarse para que nada malo suceda. El Padre Luis visitó siete burdeles de todos los colores, olores y sabores. Para no perder la costumbre, tal como en una iglesia los creyentes se arrodillan, el cura, en determinado momento, hizo que sus mujeres de partido sobre sus cuclillas reposen. Mientras exponía su naturaleza de macho, pensaba que antes de ser sacerdote es hombre y que, por ello, sus acciones se pueden justificar.    

Su viernes fue de pasión desenfrenada. El Padre Luis repitió la dosis de la noche anterior, plus combinó el encanto de las féminas con exuberantes cantidades de licor. En este punto, la comunidad, siempre preocupada por su líder religioso, cavilaba en silencio dónde podría yacer el padrecito. Su sábado fue de gloria. La resaca vino y se fue al descubrir en los brazos de Matilde -de su marido no había noticia- la llama ardiente de la lujuria. Dadas las veinte horas, el Padre Luis y Matilde decidieron encerrarse en la iglesia, apagar todas las luces y retozar una y otra y otra vez en pleno altar: bajo el sagrario. Juntos pernoctaron a la exigua luz de una vela. La barriada seguía preocupada por su sacerdote.  

En domingo parecía que el Padre Luis había resucitado, su semblante era el de un hombre nuevo, seguro, fuerte, decidido. Los fieles, que atravesaron un calvario al no saber de él, al verlo de punta en blanco entrando por la sacristía acompañado de sus séquitos y del coro de muchachitos, suspiraron consolados. Dio uno de sus mejores sermones e instó a que todos debían renovarse con la resurrección del nazareno. Las gentes lo ovacionaron, Matilde también. Cuando en la larga fila para recibir la comunión asomó inesperadamente Don Tarquino, que lucía fatal por las parrandas y que seguro llegó, de no se sabe dónde, directo a la iglesia, el Padre Luis no pudo evitarlo y esbozó una maliciosa sonrisa. Así de sinuosos son los caminos del ¨Señor¨. Don Tarquino comulgó de la misma mano que la noche anterior acarició, hasta hartarse, las nalgas y pechos de su señora, de su inocente Matilde.

11 comentarios en «Tras la sotana»

  1. Una historia que da mucho a reflexionar, sobre todo, algo que en muchas ocasiones son verdaderas. Felicidades Mateo

  2. Hola Mateo. Una historia interesante con un gran punto de debate. Una historia para poder observar y leer de diferentes puntos de vista. Y fuera importante conocer en qué se basa la historia para un mejor análisis

    1. Pues, el relato no es más que una sátira elevada. Por más que se asemeje a la realidad, ningún personaje es ¨real¨. Comprende una muestra ¨distinta¨ de lo que se guarda tras las apariencias, no solo religiosas, sino sociales, tambien; en fin, lo que hay ¨tras la sotana¨.

  3. Banalidades del siglo XXI, amigo. No es un secreto las crueldades de los promulgadores de la palabra, es más, han salido a la luz hechos que en la biblia están penados y en la vida terrenal son olvidados. Claro está, que en un mundo tan lujurioso y lleno de pecados nadie se salva. Esta historia, evidentemente más allá del tema, cuenta lo que otros se niegan a aceptar.

  4. Mateo yo creo que este tipo de historias se dan en nuestra realidad, pero así como se dan actos maliciosos en la religión al conocer y vivir en la palabra de “Dios” también pueden nacer increíbles actos de bondad y hermandad como seres vivos.

  5. Una historia que nos deja mucho que pensar, al fin y al cabo un padre es un ser humano como cada uno de nosotros y también tiene tentaciones.

  6. Líneas que nos muestra una “realidad” más, nos hace pensar e invita a reflexionar. Mateo, me siento muy orgullosa de ti por todo lo que vas consiguiendo.
    Felicidades ✨
    “Escribir es la manera más profunda de leer la vida”

  7. La realidades de la vida están ocultas tras plegarias religiosas que siempre buscan justificar actos maliciosos de cualquier índole, así como falsos son los santo de yeso que visten haciéndole énfasis a la falsedad olvidando en realidad que es la fe y cuál es un verdadero acto de amor por el prójimo.

    Buen artículo compañero.

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