Querido liberal

Por: Juan Almagro Lominchar, PhD
Universidad de Almería (España)

En una entrevista concedida a un conocido programa de televisión en España, el que fuera presidente de Uruguay, José Mujica, reconocía lo impopular y humanamente comprensible que resulta tocar el bolsillo de la gente. No son pocas las veces que, en alguna conversación mantenida con personas, generalmente defensoras del laissez faire, laissez passer, he utilizado –en parte, al menos- este argumento. Es cierto: a nadie le gusta ver cómo disminuyen sus privilegios en lo referido a lo económico, y, desde esa perspectiva humana y social de la que hablaba el bueno de Pepe, también es entendible.

No obstante, en aras de ser coherentes, debemos contextualizar y establecer los matices pertinentes al asunto de marras: si tienes un poco de eso que llaman pensamiento crítico, no te sonará igual la queja de una persona explotada laboralmente, a la que reducen y ningunean sus derechos laborales –y, por consiguiente, su salario-, que la del empleador que urde y ejecuta la explotación. En ambos casos, emerge una protesta: a quienes explotan y precarizan alzarán la voz enérgicamente contra lo injusto de su situación; de la misma forma que lo hará quienes explotan y precarizan, esta vez contra quienes osan a inmiscuirse en sus asuntos económicos para controlar y regularizar posibles situaciones de explotación laboral.  Llegados a este punto, debes hacerte una pregunta: ¿te parece la misma situación? ¿Piensas que, quien da trabajo, tiene motivos suficientes para quejarse y que a quien le dan trabajo, debería estar agradecida o agradecido? Si es así, deberías revisar varias facetas de tu vida.

En primer lugar, quizá te ayude leer a un tal Karl Marx –era alemán, igual te gusta-, cuyo argumentario oscilaba en torno al concepto de clase social. No estaría de más que, paralelamente, echases una ojeada a otro concepto: el de justicia social. Para ello, te animo a leer dos textos: la obra de otro filósofo, John Rawls, y la novela de Heinrich von Kleist –otro bávaro-, Michael Kohlhaas. Como colofón, no te vendría mal ojear La condición humana, de Hannah Arendt.

En segundo lugar, amigo liberal, quizá tu opinión en relación al tema que nos ocupa esté basada en el discurso de las cadenas de televisión españolas; las mismas que pertenecen a grupos empresariales a los que les resulta tan incómodo, como un grano en el culo, que exista un Gobierno de coalición que legisle para revertir políticas abusivas contra la clase trabajadora. Un ejemplo: Llevamos días viendo cómo las principales cadenas de televisión privadas de este país (España) dan voz a empresarios que se quejan porque las jornadas laborales, dependiendo de para qué puesto de trabajo, sean de 8 horas: por ejemplo, entienden que una camarera o un camarero debe ser servicial y cumplir con su labor el tiempo que haga falta, que para eso le están dando trabajo. Es decir, a estos energúmenos les gustaría que nadie se entrometiese en sus cosas de empresario –y menos un Gobierno de izquierdas-, para poder campar a sus anchas, copa en mano y puro incluidos, y saltarse la ley con tejemanejes de tres al cuarto, cuyo resultado es explotar y precarizar a las y los trabajadores, con jornadas laborales que exceden significativamente el máximo permitido. Esto es tan grave como que alguien no lo entienda. ¿Por qué no se les da voz, también, en esos mismos medios de comunicación, a esas trabajadoras y trabajadores a los que se explota y precariza? ¿Es que los empleadores tienen margen para saltarse la ley por el mero hecho de crear puestos de trabajo? Una ley –la de que las jornadas laborales sean de 8 horas- que lleva vigente desde 1919. ¿A qué precio salen, entonces, esos puestos de trabajo? ¿Dónde quedan las condiciones dignas en los espacios laborales? Huelga afirmar que, entre una parte del empresariado, exista una sensación de bochorno y vergüenza ante este tipo de discursos, más propios de señores y vasallos.

La reforma laboral aprobada por el Gobierno de coalición en España debe ser una herramienta legislativa para perseguir que este tipo de ciénagas sin escrúpulos se sigan extendiendo.

Actualmente siguen existiendo espacios laborales precarios, con trabajadoras y trabajadores sin relación contractual con la empresa que los emplea; espacios en los que no sólo se inhiben condiciones salariales dignas, sino que, además, las trabajadoras y los trabajadores exceden el máximo de horas que establece la ley y ven cómo se imposibilita cualquier atisbo de conciliación personal y familiar. Por no hablar de las desigualdades que sufren las mujeres, por el mero hecho de serlo, en estos espacios. Estas personas se sitúan en el lado frágil y oprimido de la ecuación: no son empleadores; son empleables, y existen muchos criterios para que esas condiciones de empleabilidad sean justas: el primero de ellos es cumplir con la ley.

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