PACO

Por: Luis Curay Correa, Msc.
Vicerrector UETS Cuenca (Ecuador)

Añoraba, arropado en la cortina de humo que lanzaba a bocanadas, el tiempo de felicidad plena: su querida esposa, una mujer de lucha de la que se enamoró de manera inmediata, la que lo aguardaba con paciencia y ternura todas las noches a la merienda; él, aunque cansado, gustaba acercarse luego del beso de bienvenida hasta el dormitorio del más pequeño de sus hijos, allí, haciendo tiernos pucheros y acaramelando la voz, saludaba al menor de ellos; Juan, de catorce años y María de seis, completaban el trío de vástagos que lo impulsaban día a día. Por los tres y por ti vivo, le decía a Rosa con total certeza.

  • ¿Cómo pude dar aquí?, ¡si hubiese pensado mejor las cosas otra sería la realidad! Se recriminaba mientras eludía al bravucón de la celda en donde estaba.

Cuando llegó, todo asustado y con la mirada baja, fue abordado por el Rata, quien se ofreció a darle el tour por el pabellón de seguridad mínima del Centro de rehabilitación Social Turi de la ciudad de Cuenca. Caminaba alentado de vez en cuando por aquel sujeto, que en las circunstancias en las que se encontraba, le ofertaba una tranquilidad austera. Tatuado por cortes de cuchillo en el abdomen, las manos y el rostro, se movilizaba a saltos, de ahí el apodo, pensaba. Lo dirigía indicándole los lugares menos peligrosos. Los corredores eran atravesados con el sigilo y la desconfianza de un advenedizo.

  • ¿Dónde te ubicaron? -gemía el Rata.
  • En la doce. No puedo decir que sea habitación, más bien la llamaré, estancia obligada.
  • Me saliste poeta, amigo. ¿Cómo decías que te llamas?
  • Francisco Palacios, pero me dicen Paco -respondió entre dientes.
  • Nombres aniñados. Yo te llamaré “varón”, se me hace más fácil.
  • Como tú quieras, Rata.

Las primeras noches en la estancia fueron un verdadero suplicio, no solo el frío enrojecía las carnes y aplacaba el ánimo, también estaba la conciencia que murmuraba de manera estridente en su cabeza las malas decisiones que tomó, su familia y lo mucho que la extrañaba, eran razones suficientes para quitar el sueño a un mortal. Recordó que el mes de abril venidero, el veintiséis, era cumpleaños de Juan. La costumbre de celebrar las fechas onomásticas en casa incluía una tarta de camote, la especialidad de Rosa que gustaba a todos, los cantos mal dirigidos por Juan y la destemplada voz de María, arrancaban las sonrisas de festejo más sinceras. Benjamín aún no puede hablar, es muy pequeño, pero sus manitas rosadas y esos pataleos primorosos de bebé enternecían cualquier velada. María quería tomar clases de danza, ¡pobre, si tiene dos pies izquierdos!, a pesar de todo la vamos a apoyar, para eso somos padres, Rosita, los muchachos deben sentir que estamos unidos y que los cinco saldremos adelante, pase lo que pase.

¡Veinte dólares una cajetilla de cigarrillos!, es muy cara, habrá que dejar el vicio, aunque el Rata me obsequió dos unidades, parece ser un buen amigo, bueno, realmente el único que tengo en esta cárcel; definitivamente saldré curado de aquí, por fin lo que pedías, Rosita, dejaré el cigarro. La penumbra que gobierna el espacio arremete con fuerza y causa pánico.

Los gritos que se escuchan desde los otros pabellones, te levantan de improviso, deberé acostumbrarme a ellos, los próximos cinco años viviré una vida nueva, pasarán pronto, quien sabe, hasta me reduzcan la condena por buen comportamiento.

  • Paco, te llaman desde Talento Humano, que vayas, es urgente -le dice un compañero gritándole desde la puerta de su taller, en la fábrica donde trabaja.
  • Gracias, voy. -dice, con la voz entrecortada.
  • Buenos días señor Palacios, siéntese, no tengo mucho tiempo, así que se la lanzo como me toca, sin anestesia: como sabe la pandemia exige algunos recortes y usted está entre ellos, lo lamento, desde este momento ya no trabaja en la empresa, por favor pase por colecturía, el cheque ya está listo, eso sí, le hemos cancelado todo lo de ley y hasta una suma adicional, cortesía de nuestro gerente. Lo siento.
  • Pero, ¿por qué a mí? El señor gerente me había asegurado que el puesto me lo iba a respetar a pesar de la crisis. Tengo tres hijos que mantener, por favor, no me despida, si desea, bájeme el sueldo, por favor, soy el único sustento de familia.
  • No es mi decisión, Palacios, disculpe, tengo una reunión importante, al salir llame a Bravo, dígale que es urgente, gracias.

Deben ser las tres de la madrugada, es increíble lo lento que pasa el tiempo acá adentro. Mala hora en la que la desesperación me abordó ese lunes final de enero. Hice todo lo que pude, vendía mascarillas en la bicicleta de Juan, al inicio iba bien, pero el negocio decayó luego. El arriendo corría a prisa, las deudas en la tiendita de la esquina me ahogaban, y la salud de Benjamín que no andaba tan bien. ¡Ni un solo centavo ingresa a casa!, ¡qué locura es esta! Van decayendo mis fuerzas, no puedo dejar de buscar el alimento para mis hijos, soy el padre, es mi obligación, lo único que tienen en la vida, después de todo soy un guerrero, hasta le gané la batalla al Covid, nada me va a vencer. Por la mañana acepté el negocio que me propuso un amigo.

  • Hola Paco, me alegra que lo hayas pensado mejor. Es muy sencillo. Llevas tu mochila con medio kilo, vas normal, sin que se note algo raro, fumando y cantando muy quedito, eso nunca falla, deja ver con claridad que eres un hombre de bien, los policías ni siquiera se darán cuenta del cargamento. Sencillito. Dejas el paquete en la dirección que te doy, y el que te lo recibe, te da la nada despreciable cantidad de cincuenta dólares. Fácil, rápido y rentable. ¿Qué más puedes pedir? Apresúrate, no queremos llegar tarde, ¿verdad?
  • Sí. Primero gracias por la oportunidad y luego dime si no es demasiado riesgo el que corro. Tú sabes muy bien que jamás me he metido en problemas, he sido muy trabajador y honrado …
  • Tranquilo hombre, ve confiado, te esperan días mejores. Adiós.

Atravesar la ciudad con medio kilo de coca en una mochila no es algo usual. Un sudor abundante moja el cabello de Paco, los ojos exorbitados y un caminar exagerado dejan ver una actitud sospechosa, aunque intenta disimularla, su actitud es un letrero luminoso que indica que algo pasa. En la transversal está la casa. ¡Qué suerte, no hay nadie en la calle!… Vamos, Paco, solo timbras, entregas, recibes lo tuyo y te vas. La puerta renegrida y grasienta no tiene timbre, debe golpear con fuerza, una, dos, tres veces hace lo mismo, de primeras muy sutilmente, luego, con fuerza y vehemencia. Ya salgan, ¿qué esperan?

Un carro frena de manera brusca por la bocacalle, quiere correr, la puerta jamás se abrió. Del coche salen disparados dos hombres que se dirigen de manera veloz hasta él. Arroja la mochila con furia y enfila en dirección contraria. ¡Dios mío, que está pasando!, ¿de dónde salieron estos hombres? Al llegar a la intersección tuvo la intención de doblar hacia el sur, pero otro auto le cierra el paso. ¿Por qué me detienen?, no me hagan asustar señores, no he hecho nada malo. De ahí en adelante todo se da de manera acelerada: la detención, el juicio, la sentencia. Lo que demora y se niega a salir es la desilusión con la que me miró Rosita, el llanto de Juan y María y la inocencia preguntona de Benjamín. ¡Qué ganas de gritar que es mentira!, ¡que no hice nada!

Son las tres y cincuenta y nueve de la madrugada, suenan las sirenas de manera prolongada, asustan. Todos en la estancia corren y gritan. ¡Están dando bala esos desgraciados! El sonido atronador de una granada sacude hasta el piso. El estallido me zumba los oídos, demoro unos cuantos segundos hasta recobrar los sentidos. Por el pasillo se escuchan gritos aterradores: ¡maten a todos, que no quede uno!, ¡deben saber quién manda en este infierno! Luego, las voces suplicantes, los llantos interminables, los rezos consumados. Nada vale. Reconozco una figura inconfundible entre los aullidos de los presos. Es el Rata, el que me dio la bienvenida y unos cuantos cigarros para engañar el frío. La luz no ayuda mucho que se diga, es escasa, pero no hay duda, es él. Debe conocer una salida, ¡gracias Dios mío, es m i salvación! Rata, Rata, acá, ayúdame por favor, dime, ¿para dónde voy?, ¿dónde es seguro? Se acerca gritando de manera descontrolada, quiere ayudarme; cuando llega puedo observar su cuerpo bañado en sangre, una camiseta envuelta en su mano izquierda, y en la derecha, un puñal de gran hoja, es enorme y lo blande sin control alguno, sus ojos crispados y rojos dejan adivinar la pérdida de la conciencia; ¡viva el motín!, ¡que mueran todos, carajo!, ¡que mueran! El aliento fétido es lo que más recuerdo, las primeras puñaladas las recibí con una sorpresa primeriza, las otras, tratando de entender la pesadilla que estaba viviendo, y lo último que pude ver, antes de suspenderme en un sueño eterno, es al Rata desmembrando con su cuchillo al preso más callado de la estancia, mientras avivaba a otros a hacer lo mismo. Tuve tiempo de pensar en la cena de navidad, la última en la que estuvimos reunidos como familia, no hubo pavo, ni manjares, pero muchos abrazos y villancicos. Después, todo se hizo negro, ausente.

Rosita, como de costumbre, mientras prepara el desayuno, sintoniza la Radio Tumipampa, la más popular de la ciudad. Todavía tiene sueño así que se despereza sin mayor recato. Llama a sus hijos para que abandonen sus camas. El silencio responde. Una taza de café de seguro la despertará. El primer sorbo acompaña el saludo mañanero del locutor de “la radio de todos”:

Saludos estimados oyentes en este 4 de abril de 2022, cuando son las seis de la mañana con cuatro minutos les informamos que hoy en nuestra bella ciudad tendremos, como pronóstico del tiempo, un clima parcialmente nublado con una temperatura mínima de once grados, y una máxima de veintidós, a diferencia de días anteriores, hoy, no habrá lluvias. Les deseamos a todos una excelente jornada. Arrancando con las noticias tenemos que decirles que lamentablemente en la cárcel de Turi se ha dado otro lamentable suceso de violencia, esta vez, un motín perpetrado por quienes intentan ejercer el control de los pabellones, ha sido el detonante para este nuevo hecho de sangre. Hasta el momento se han confirmado veinte víctimas, de las cuales seis han sido decapitadas y desmembradas con total salvajismo por los belicosos internos. Las autoridades locales y nacionales se han movilizado para intentar restaurar el orden y recobrar el mando del lugar. Esta es una noticia en pleno desarrollo, les mantendremos informados.

Pálida, con el corazón en la mano y casi sin aliento, Rosa, la abnegada madre de familia atina a decir: ¡Paco, aún no es tu hora! ¡Vuelve, mis hijos y yo te esperamos! … Luego, solo el silencio y el llanto.

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