JOKER, el guasón

Por: Pedro C. Martínez Suárez, PhD
Vicerrector de Investigación
Universidad Católica de Cuenca (Ecuador)

Dejo constancia de que estas líneas han sido escritas bajo un estado de sobria ebriedad, en términos de Escohotado. La pose adoptada por quien escribe es la de un personaje de Truman Capote o James Elroy, con su misma trágica desdicha y su impostura. Tal vez, no merezca tanto y me quede en un Pepe Carbalho o quién sabe si un “matador” de Almodóvar. La atmósfera ya la tienen.

No estarán esperando ahora que ya han leído el título y las dos líneas del comienzo de esta columnita, que les vaya a contar con pelos y señales la cinta de Warner, inspirada en DC Cómics, de la órbita de Batman -tomo un trago- esa cinta de 2019 que ha gustado unánimemente en casi todo a los críticos, según Wikipedia, aunque lo que menos les ha gustado es la ambientación, el nihilismo y el purulento ensombrecimiento que rodea al personaje principal, ya saben lo que es estigmatizar y sesgar una trama incuestionable, no por nietzcheniana ni posmoderna, sino por absurdamente veraz y adaptada. Disculpen lo manido del vocablo que usaré a continuación, no ha gustado por ceñirse al zeitgeist de forma insultantemente precisa. Y es que Wikipedia se equivoca en algo, New York Times la pone sencillamente “a parir” como decimos los españoles. Sí, es correcto, se inspira en un cómic, lo que dificulta el hiperrealismo que se intuye (tampoco esperarían “Los lunes al sol”, supongo). Sin embargo, a pesar del ahora purista medio neoyorquino que se escandaliza con la R con que se clasificó el filme o simplemente con el halo izquierdista de la misma, a mí me encantó. Aunque parece ser que Phillips, coguionista con Silver, se inspiraron en personajes de los ’70 y en Scorsese, no veo ese tempo, al menos en las escenas, tal vez en el sonido y la banda sonora, más bien, a mí me recordó al gran Peckinpah y su western de izquierdas. Por lo lúgubre y súbitamente violenta me recordó a Stephen King (en su lado más Poe) y en ocasiones a Takeshi Kitano (escena del metro que es clave para entender uno de los muchos giros de la película).

En mi lectura entre líneas, más lectura que visión implícita, pude apreciar un personaje principal y un villano (Murray Franklin/ Robert De Niro) en el que se intercambian los papeles y están magistralmente perfilados, el resto de los personajes secundarios sí tiene una escasa profundidad, aunque juegan un papel crucial en la trama. La madre del protagonista y sus pautas de crianza develadas son básicas para el entendimiento del comportamiento del Joker, la fantasía erotomaníaca con su vecina y la insulsa vida de esta, entroncan en una danza perfecta entre contexto percibido e imaginado, fundamentales también para entender la distorsión de la realidad de Arthur Fleck. La risa, como anécdota impertinente e insidiosa, dibuja de manera proverbial no sólo los altibajos emocionales presentes en una supuesta bipolaridad, sino la incongruencia de esta, y su empate existencial con la extrañeza que la misma vida causa. La risa actúa en esta película como música diegética.

Entre otras escenas, al espectador le impactará la violencia frente al amigo gordo y bonachón, pero también frente al enano que causa siempre misericordia. Solamente un psicoanalista vería naturalidad en los opuestos, amor y odio que se entreveran y desencadenan conductas tragicómicas en una persona con un trastorno de conducta que sigue patrones no fácilmente comprensibles para el lego. Este tipo de situaciones, de violencia y ternura (en palabras de Rof Carballo), esta urdimbre de amargura volátil, sólo es entendible en un contexto y un mundo como el nuestro que incluso en medios de prestigio, considera la violencia y se explicita en un plató de televisión al ver cómo el locutor recibe un tiro por parte de un damnificado, pero no se considera violencia la que ejercen los servicios sociales cuando juegan a la ruleta rusa con las subvenciones, o la burla constante de ese comunicador social en público, haciendo escarnio de una persona que debe portar en un papelito su propia miseria, para que la sociedad comprenda. Las sórdidas escenas urbanas retratadas en la película nos recuerdan que sigue existiendo tensión entre clases sociales y mientras esto exista existirá la historia humana. La estigmatización social, de la que habla Goffman hace referencia necesariamente a la identidad social y ésta a un estatus.

Un individuo que podía haber sido fácilmente aceptado en un intercambio social corriente posee un rasgo que puede imponerse por la fuerza a nuestra atención y que nos lleva a alejarnos de él cuando lo encontramos, anulando el llamado que nos hacen sus restantes atributos. Posee un estigma, una indeseable diferencia que no habíamos previsto. Daré el nombre de “normales” a todos aquellos que no se apartan negativamente de las expectativas particulares que están en discusión (Goffman, 1963, p.3)[1].

Solo nos gusta ver la grandeza humana, pero hacemos ímprobos esfuerzos por ocultar la pobreza, la enfermedad, el trastorno de conducta, la diferencia y hasta la sensibilidad o la creatividad, esta última, en ocasiones se reconoce pos mortem.

Joker no nos gusta sencilla y llanamente, a pesar de su récord de nominaciones, porque es el espejo de lo creado por los seres ¿Humanos?

Agradecimientos: a Alicia de Durfee por su revisión del texto.


[1] Goffman, E. (1963). Estigma. La identidad deteriorada. Amorrortu.

Un comentario en «JOKER, el guasón»

  1. Sinceramente enfocarse en un transtorno no es la unica razón del ser de una persona, y usted lo hace entender en copas plabras, gracias.

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