Homenaje a Juan Montalvo Fiallos, aniversario 190 de su natalicio

Dr. Luis Rivadeneira Játiva
Quito (Ecuador)

El alma de Montalvo

¿En dónde está su alma?

Debemos responder la pregunta,

porque, si no lo hacemos,

se podría pensar que

no tuvo alma.

Su alma, 

ecuatorianos

y colombianos,

latinoamericanos,

está aquí, con nosotros

porque tenemos su mensaje

difundido a través de sus obras.

La vida, pasión y muerte de Montalvo,

 un recorrido, entre la esperanza y el destierro,

de quien no quería ser condenado por lo que piensa

 y prefirió el exilio a nuestra vecina Colombia.

Su vida, entre Ambato e Ipiales,

y entre América y Europa,

porque murió en París.

Exilio, para escribir

de la mejor manera.

En Ipiales, escribió

sus mejores libros:

Las Catilinarias,

Los capítulos

que se le olvidaron

 a Cervantes.

Se le conoció como:

“El Cervantes de América”,

porque logró plasmar en su mente

los capítulos que se olvidó de escribir Cervantes.

Sus amores, son parte de su vida.

Describió a Ipiales, como la

“ciudad de las nubes verdes”.

A decir verdad, muchos,

no se dieron cuenta del colorido,

pero, esas nubes existen, y son verdes.

“Ciudad de las Nubes Verdes”

Ciudad de Colombia,

cercana al Ecuador, conocida como:
“Ciudad de las nubes verdes”,

por un curioso fenómeno

que hace que al atardecer

 el cielo se torne verdoso,

verde de la naturaleza,

generosa y fértil,

que sube al cielo.

Hay en  Ipiales

monumentos

interesantes,

como la Catedral,

en la Plaza 20 de julio

o la Iglesia de San Felipe

en la Plaza de la Pola;

pero, es famosa,

porque Montalvo

logró caracterizarla

por  sus nubes verdes

en uno de sus exilios.

El eterno retorno de Montalvo

El eterno retorno

es una concepción

filosófica del tiempo

postulada en forma escrita

por el estoicismo que planteaba:

una repetición del mundo

en donde éste se extinguía

para volver a crearse.

Bajo esta concepción,

el mundo era vuelto a su origen

por medio de una conflagración

donde todo ardía en fuego.

Una vez quemado,

se reconstruía

para que los mismos actos

ocurrieran una vez más en él.

Para la filosofía oriental,

la existencia

es un hecho cíclico,

en donde cada acto,

cada instante y acontecimiento

se repetirán eternamente.

En contraposición

con la filosofía occidental,

en el pensamiento oriental,

el eterno retorno llevará a la perfección del universo,

pues, en cada reinicio, se pulirá cada hecho, hasta ser perfecto.

En Ipiales, su gente compuesta por ciudadanos de bien,

gente bondadosa, buena y generosa,

esperan el retorno de Montalvo,

a otro exilio, para acogerlo,

como hijo adoptivo.

Gracias, Colombia,

todos somos

grancolombianos

e hispanoamericanos.

Vida, muerte y eternidad,

por sus obras, para tenerlo por siempre con nosotros.

Egresados del Colegio Juan Montalvo.

Los Montalvinos

No hay periodista

que no haya leído a Montalvo.

“Antes de escritor fue periodista

porque mostró un amor inmenso

a la profesión”, se manifestó.
Los comunicadores sociales

siguen el buen ejemplo del escritor

que ejerció con ética el periodismo,

con pluralismo e independencia

y con total profesionalismo.

Combatió a las dictaduras

de Gabriel García Moreno

e Ignacio de Veintimilla.

Defendió los intereses

de los ciudadanos

y de la nación.

En Ipiales,

fue adoptado

y tiene su casa

para la eternidad.

En París, cuando sintió

que se iba a morir, manifestó:

“Deseo morir puesto mi mejor traje”

así fue como entró al camino de la eternidad,

un ecuatoriano, nacido en Ambato.

Por eso, somos, con orgullo: “Montalvinos”.

Morir en París

Para morir en París, con decencia,

 sin espacio para el olvido,

no es necesario ser ricos.

Montalvo, humildemente,

manifestó una frase

que es un legado

para la humanidad:

“Siento que me voy a morir

y deseo ponerme mi mejor traje”.

En la penumbra de su habitación,

 se vistió elegantemente -de gala-

se sentó en el más cómodo sillón

a esperar la llegada de la muerte,

 asegura su amigo Rufino Blanco.
“Cuando vamos a cumplir un acto

cualquiera de solemnidad nos engalanamos (…).

Ningún acto puede ser más importante que abandonar la vida.

A la muerte debemos recibirla decentemente”, dijo.

Con las pocas monedas que le quedaban

mandó a que le compren flores.

Le llevaron cuatro claveles.
Poco tiempo después,

de llegar sus claveles

exhaló su último aliento.

Murió en el cuarto piso,

casa 26, rue Cardinet,  en París.

Era un 17 de enero de 1889.

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