Del placer y otras melancolías. (III) ARMONÍA

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista (Islas Canarias)

Se despertó con el sol en el rostro. Abrió los ojos y, oro sobre rojo, la gran montaña que dominaba el páramo entró en la habitación con toda su fuerza telúrica. Mientras se afeitaba no echó de menos la radio ni el periódico. Acarició levemente el cabello de la mujer que había dormido a su lado y salió sin hacer ruido para no despertarla. De la cocina le vino el cálido aroma del café recién hecho.

El Teide, al amanecer. Tenerife (Islas Canarias), 3.715 m. sobre el nivel del mar y 7.500 m. sobre el lecho oceánico.

En la puerta de la casa abrió mucho los ojos para beber todo el azul limpio e intenso del cielo. Después empezó a andar por el retamar, las manos en los bolsillos del gabán para resguardarlas del frío cortante de la mañana. Como un espejo telúrico miles de veces partido, los últimos residuos de la nevada se adherían caprichosamente al paisaje volcánico de multicolores rocas y arena gruesa. El silencio sólo roto por el jadear de un perro flaco, tal vez huido de algún cazador, se extendía como un aspecto más de aquel paraje sereno y atormentado al mismo tiempo. El can se perdió al trote por un recodo del monte. Asustada a su paso, un aguililla levantó repentino vuelo sobre un roquedal, ola petrificada en el mar de lava. Semejante a un calidoscopio inmenso la luz del sol cambiaba de matiz, según el color o la textura de las piedras que tocaba.

Navegando en un mar de sensaciones pensó en la vida como un álbum fotográfico errante en la memoria, cuyas hojas pasa el azar sin darnos cuenta. El vuelo inusitado de un ave, la forma insólita de una roca, el roce de unos pasos en la grava o el ruido más tenue de los propios pensamientos nos retrotraen de pronto a vivencias dormidas en lo profundo del ser, soles que alumbraron otros cielos o hicieron brotar rosas de luz en otros corazones.

Una escalera rupestre le condujo hasta la base de una gran ara natural. Ante aquellas rocas más antiguas que el hombre y que seguirían allí cuando ya no hubiera hombres, tuvo conciencia de ser un componente más de la naturaleza que les había dado forma. Como la retama que acababa de rodear para no dañar sus ramas escarchadas, el obelisco de lava blanco y verde al otro extremo de la paramera, o el pájaro que se había perdido momentos antes tras la montaña coronada de nieve. En su inanimidad, las antiquísimas piedras podían simbolizar la esencia inmutable de la vida, pues el corazón efímero de los hombres dota de alma sempiterna a los lugares que siente como suyos.

Más tarde se sumergió en un ambiente de gente despreocupada y ociosa, que saboreaba refrescos e infusiones y variados matices de café, la ropa de abrigo amontonada a un lado con descuido y hablando en sonoros idiomas extranjeros. Junto a la mujer que en ese momento amaba, en un salón encristalado y tibio, con la omnipresencia de la montaña ornada de retamas perennes y secos tajinastes, sorbía lentamente un té color de oro. En sus labios apenas esbozada la serena placidez de una sonrisa y en sus ojos levemente entornados el reflejo de todos los amaneceres felices que había gozado a lo largo de su vida.

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