¡Vivan las cadenas!

Por: Manuel Ferrer Muñoz, PhD
España

Se enderezaba hacia su conclusión el siglo XVIII cuando el reclamo de libertad, igualdad y fraternidad encandiló a muchas inteligencias pensantes del mundo occidental.

Con el tiempo hubo quienes se decantaron por la libertad; otros priorizaron la igualdad; nadie, aparentemente –ni siquiera los miembros de la Masonería-, pasó por el aro de la fraternidad, tal vez por el recelo del trágico final de la primera relación fraternal de la historia (la muerte de Abel a manos de Caín). Y si la Iglesia siguió predicando la caridad fraterna, consecuencia obvia de la filiación divina, su voz fue acallada como procedente de una institución del Medioevo, reñida con el progreso y la modernidad.

Hoy, cuando el siglo XXI ha emprendido una tercera década en la que se han acumulado densos nubarrones sobre la Humanidad, la libertad ha sido sacrificada en aras de la razón de Estado, al tiempo que se han abierto profundas brechas entre pobres y ricos, y se han agrandado las diferencias entre unos pocos privilegiados –cada vez menos- y una masa creciente de explotados carentes de identidad y de pensamiento propio, sumisos a los intereses de quienes se sirven de sus espaldas para trepar y mantenerse en lo más alto de la pirámide social.

Las aspiraciones de la Gran Revolución han sido defraudadas. Pero los responsables del fraude se han comportado con tanta astucia que se han presentado ante nuestros ojos como los heroicos y abnegados libertadores y adalides de nuevos tiempos que exigen la obediencia rendida a unas autoridades benévolas y omniscientes a las que debemos ceder gratuitamente la capacidad de pensar y de decidir por nosotros. Obedecemos sin chistar. Rezongamos de puertas para adentro, pero en lo exterior fingimos espíritu cívico y democrático en virtud del cual renunciamos al libre ejercicio de nuestra inteligencia. Y acabamos por cambiar la primogenitura por un plato de lentejas.

Se nos adoctrinó en la persuasión de que la religión era responsable del oscurantismo que había cegado la capacidad del hombre para dominar el universo, y prestamos aquiescencia rendida a las explicaciones de los hombres de ciencia que se presentaban a sí mismos como artífices de un Mundo Nuevo, dominado por la razón humana, garante de un progreso indefinido. Y, abandonada la perspectiva trascendente, nos encerramos en la inmanencia y abrazamos dogmas terrenales envueltos en una palabrería deslumbrante y presentados al son de tambores y platillos.

Si el ateísmo empezó a convertirse en un fenómeno de masas durante las primeras décadas del siglo XX, asistimos ahora al ocaso de las ideologías que se postularon como verdaderas para arrinconar a la Iglesia y erigirse como heraldos de una moderna civilización. Desnudadas sus falacias, los hombres carecen de un agarradero al que acudir en la crisis que permea las conciencias; pero todavía dudan, temerosos de dar la espalda a quienes prometen protección y seguridad a cambio de sus almas.

La encrucijada en que nos encontramos nos conmina a tomar posturas comprometidas. Podemos fingir que no pasa nada, que todo va bien, que debemos alimentar con nuestro trabajo y nuestra pleitesía a esa ya rancia y ajada aristocracia de los políticos profesionales acomodados en unos partidos que han dejado de responder a los intereses ciudadanos. Pero también podemos volver la espalda a esos pasmarotes, reforzar los vínculos de la sociedad civil, potenciar el diálogo con nuestros iguales… e indicar la puerta de salida a los que se colaron en los palacios que habían dejado vacíos sus antiguos ocupantes, empujados por el fervor y la fuerza de los que preconizaban una Revolución que acabó por traicionar sus propios principios.

No nos engañemos: para el común de los mortales, hoy la elección se antoja sencilla. Bendecirán las cadenas que los protegen de los demonios que, según les han contado, los arrastrarían consigo a los infiernos si dejaran de acatar las sabias decisiones de quienes se erigieron en depositarios de la soberanía nacional.

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