Cosas de no creer

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Director Colección Taller Literario, Cuenca (Ecuador)

Había sido una mañana de abundante pesca. El padre, con la ayuda de su pequeño, recolectó de la quebrada suficiente pez de agua dulce para toda la semana. Afortunadamente las truchas picaron, de no haber así ocurrido, en la noche hubiesen sentido a sus vientres reclamar aquellos mendrugos que usaron como carnada. Iban montaña abajo, felices, sonrientes, pues la madre y las hermanas no tendrían que pasar otra semana de hambre voraz. Las niñas llevaban un aspecto cadavérico digno de conmover al galeno de los nervios más impasibles y del más resistente de los estómagos. La caña se asemejaba, por su inverosímil estrechez, a la más pequeña de las hijas; ¨flacuras¨ le decían sus progenitores, se desconoce si por cariño o por lástima. No lejos de casa -si se le puede llamar ¨casa¨ a un rejunte de tablas, cartones y maderas- yacía una imagen religiosa depositada en una hornacina hecha a base de barro: la patrona de todas esas tierras, aguas y montes. El padre, siempre exageradamente respetuoso de los atávicos, inculcaba en el infante, que aún no superaba la primera década, la oración y su supuesto poder. Se produjo una escena realmente acogedora: padre e hijo arrodillados sobre el pestilente lodazal con la cabeza gacha, murmurando misereres a una figura inerte de comprometida reputación, sobre todo en tanto a milagros y a protección. Una leve garúa acompañaba a los transeúntes.

Finalizadas las plegarias dirigiéronse a su hogar. Allí les aguardaban, hambronas, las hembras, como solían decirles. Un par de horas habían disipado del cielo todo ribete del ya caduco cenit. Cuando los hombres cruzaron la improvisada puerta, se encontraron con las féminas tiradas por los rincones, linfáticas, suplicantes por paupérrimo bocado, hace días que sus papilas gustativas no saboreaban nada que no fuera su amarga, espesa saliva. Cubiertas, ellas, pese al frío tenaz, con raídas vestiduras. Sin embargo, la leña estaba lista, lo que demostraba que, después de todo, la esperanza es lo último que se pierde. Al verlos llegar con las manos no vacías, a toda prisa reincorporáronse sobre sus quebradizas rodillas, esbozaron en sus partidos labios una sucinta sonrisa, podía oírse, muy entre dientes, un profundo y espeluznante ¨gracias al cielo¨. Las dos hijas y la madre lavaron en uno de los múltiples charcos, que adornaban la escueta choza, los ahora pescados y con sus finísimas uñas los abrieron, les sacaron las vísceras y sobre el mezquino humo de la miserable fogata los echaron. La garúa se hizo páramo.

El hambre, el hambre, el hambre. Esa maldita que no aguanta. Esa necesidad que con las horas regresa en un bucle infinito que solo con la muerte se puede subsanar. El hambre, el hambre, el hambre. Fatal padecimiento que en el cuerpo de los pobres hace nido. Mal del inmisericorde mundo que todo a unos da y nada otros reciben. El hambre, el hambre, el hambre.

Muy de a poco los peces de agua dulce adquirían un color comestible -sí, así de extraños son los sentidos-, mientras toda la familia esperaba ansiosa su primer alimento del día y el último de su vida. Estaban de pie, formaban un semicírculo alrededor de la escasa humareda. ¨Flacuras¨ no soportó un minuto extra y se desmayó, el resto nada hizo, sabían que con el sabroso olor ella despertaría, así fue, no era común apercibir semejantes manjares a diario. El páramo se convierto en lluvia. Al descubierto quedó el falso techo de la casucha donde esas cinco personas sobrevivían entre la indigencia y la despreocupación del otro. El padre, sintiendo las glaciales gotas sobre su desnuda espalda dispuso que sería mejor si todos comiesen sea cual sea el estado de los peces. De este modo lograrían disimular, un poco, su terrible desgracia. Con cada bocado desesperado, la lluvia se acentuaba en intenso aguacero. El cielo, seguro molesto con los más necesitados, les enviaba una prueba de fe gigantesca. Hasta ahora, en la vida de tales gentes, todo había sido una tortuosa degustación de que dios existe en el maltrato, el olvido y el castigo. El aguacero transformose en tempestad.

Luego de haber escuchado estridentes truenos y haber visto centellantes relámpagos -porque hay lugares en los que todo sucede al revés-, apareció ante los cinco pares de ojos una descomunal ola de agua sucia, café, casi negra que venía acompañada, cual avalancha, de toda clase de materiales tanto naturales como hechos por el ¨humano¨. Bajaba el aluvión por la montaña, arrastrándola también, que se posicionaba justo arriba de la morada. La familia la veía atónita, estupefacta, incrédula desde la abertura que el dizque techumbre dejó. Deseaban correr e intentar, al menos, salvar sus vidas, pero el rastro de carne blanca que endulzaba el paladar fue más fuerte. Algo así como cuando en la madrugada un temblor sacude las cabeceras, pero el embriagante sueño se posesiona sobre la razón.

Sentían los cinco, esa unida familia, como la tierra rugía bajo sus pies descalzos y maltratados por los pasos de la vida. Miráronse, pobres diablos, el uno al otro; la otra a la una; el uno a la otra; la otra al uno y entre mordiscos y masticadas fueron desvaneciéndose halados por el espantoso alud que sobre sus cabezas posó arrogante para después dejar caer la rabia de la naturaleza sobre su insignificante existencia. Recibieron el embate del aluvión como todos los demás golpes que el perverso azar les había propinado: de pie, firmes, valientes.

A la siguiente mañana, la portada del periódico así rezaba:

EL PLUTÓN

Cuenca, 28 de marzo de 2022

De cómo las autoridades manejaron con certeza la desgracia ¨natural¨ que sobre ciertas zonas rurales cayó por accidente

Redacción por EFE, GE, HACHE y JOTA, KA, ELE

Casi al anochecer del domingo, día del ¨Señor¨, 27 de marzo de 2022, el excelentísimo burgomaestre acompañado de una valerosísima comitiva de empleados del cabildo acudieron en perpetuo socorro, sin interés personal, ni buscando elevar su decaída popularidad a las zonas afectadas por el aluvión.

(Publicidad: Se acercan las elecciones seccionales, como estamos, estamos bien, sigamos unidos)

Se calcula que los daños materiales ascienden y siguen ascendiendo a un desconocido y jugoso valor que más tarde que temprano o quizá nunca se manifieste.

(Publicidad: Noticia de último momento ¨Comisión Nacional Anticorrupción¨ acusada de corrupta por sus propios trabajadores)

Por otra parte, el ministro de los ministros mostró preocupación por el tiempo que tome reparar la calzada, dado que se viene el feriado por ¨Semana Santa¨ y esa vía es muy concurrida.

Muchas viviendas, animales y claro personas se vieron desgraciadas por este percance. El número de decesos humanos es desconocido y lo seguirá siendo, son como cuatro fallecidos; sin embargo, el cachorro ¨Brownie¨ fue encontrado y llevado, de inmediato, con sus dueños quienes le organizaron una cena de ¨vuelta a casa¨.

(Publicidad: No te quedes sin ver el partido de ¨La Tri¨ contrátanos hoy mismo)

Se espera que la ciudadanía aporte con víveres y demás cositas de primera necesidad para los evacuados.

El lado bueno

Por cosas de no creer, una de las estatuillas de nuestra madre celestial resultó intacta, una prueba más de la divinidad que protege a esta hermosa ciudad desde que fue bautizada.

Un comentario en «Cosas de no creer»

  1. Privilegiados aquellos que descubren el verdadero propósito del carismático líder político de la ciudad de los cuatro ríos. En medio del caos nunca falta lo intereses ocultos, es descabellado usar la desgracia ajena para expresar eslóganes de campaña. Para algunos será normal, puesto que el próximo año son las elecciones y el tiempo es vital. Hoy más que nunca hay cuidarse de las falsas promesas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.