Retrato de un idiota

Por: Luis Curay Correa, Msc.
Vicerrector UETS Cuenca (Ecuador)

El granuja serpenteaba al ritmo de la música. Sus ojos enrojecidos delataban el gran trasnoche compartido con quienes consideraba sus amigos. Hace poco lloró como un niño escuchando una de sus canciones preferidas. ¡A quién carajo le importa la vida si no es a un vocalista como vos, bendito!, gritaba en la inconciencia de sus sollozos mientras agitaba las manos con frenesí y luego, hasta volverse tierra, se arropaba en el uniforme del colegio que tanto amaba. Y ahí, tumbado entre sus miserias, empezaba a mezclar la tonada escuchada desde su iPhone con la barra más famosa de su cole. Sus panas, igual de entusiasmados, se contagiaban con la escena y vitoreaban esos dos colores que los llevaban en la sangre.

El pequeño cuarto, que hizo de escondrijo, despedía un olor ocre disimulado por el aroma del queso y las cebollas que emanaban las rebanadas de pizza. Era amplio. Junto a la cama de dos plazas resaltaban dos mesitas de noche en las que se atesoraban sendas fotos. En la de la izquierda se apreciaba una pareja joven, no tendrían más de 30 años, en el reverso se podía leer con caligrafía temblorosa la frase: con el más grande amor de tus papitos, New York, diciembre de 2005. En la otra, una medalla amarillenta y el cuadro del Santo de los Jóvenes como fiel testigo de las repetidas escenas como la de ahora.

Él era joven, 16 años, y ya lo había probado todo. Le encantaba perderse entre la bruma despedida por sus labios al fumarse el mejor de los porros. En esa niebla dejaba ladeada una tristeza que lo apretaba en las entrañas. Cuando era su cumpleaños o alguna fecha especial, podía darse un verdadero banquete, ya que el dinero enviado por sus padres, a modo de festejo, le podía asegurar unas cuantas líneas blancas. En su casa se respiraba el ambiente familiar con los patas que siempre lo acompañaron: el flaco, vago como ninguno e hijo de madre soltera; Chewbacca, mozo abarbado que defendía su virilidad gracias a la apariencia agrandada que el abundante vello facial le otorgaba; y, el más cómico de todos, capaz de sacarle gracia a la cosa o persona más gris de este planeta, pitufo, hilarante, y el ser más pequeño de todos.

El jueves anterior se despidieron como era costumbre. Cosa rara, querían dedicarle un poco de tiempo a la tarea de matemáticas que consideraron exagerada y asfixiante. La última broma del pitufo suavizó la despedida.

¡Mierda, no me sale ni un puto ejercicio! Se distrajo mirando la foto de sus padres. ¡Qué carajo, ni me acuerdo de sus caras, se largaron cuando tenía 2 años! Esa noche el frío y las preguntas se hicieron más fuertes que de costumbre. Pero a lo macho, no voy a llamar a nadie. Alzó el colchón y encontró la funda con cuyo blanquecino contenido pretendía celebrar el cumple número 17 en compañía de su gavilla. Le temblaron las manos. Se sentía solo. Las lágrimas escaparon con una furia incontrolada. Se perdió con la estridencia de su grupo, aquel al que reverenciaba por la voz de su líder. Alzó el volumen. No hay problema, hoy mi abuela llega tarde. Aspiró las líneas con un hambre nunca conocida, la cabeza le daba vueltas, pero era un mareo dulzón, y el sueño, vino redentor.

En la mañana el flaco buscaba a Chewbacca para completar los ejercicios de mate faltantes. Lo miró y estaba sentado con la cabeza baja, junto a él, el pitufo se alborotaba con furia el cabello y dejaba caer un profundo llanto. ¿Qué pasa mis panas?, intentó sonreír. El barbón, limpiando una lágrima y aclarando la voz, acertó a decir ¡se le pasó el plátano con queso al man, la abuelita lo encontró muerto hoy a las seis!

El profe de turno aprovechó la situación para hablar de lo que debe hacer la juventud de hoy para enderezar la vida. Luego de cinco minutos de sermón, el docente, tomando aire e hinchando el pecho terminó el discurso diciendo. “¿Dónde estuvimos cuando nos necesitó?”. El flaco, inflamado de ira, lo asesinó con una mirada a la vez que repetía a todo pulmón: ¿Y usted que mierda sabe profe?, ¿qué sabe?

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