Prefacio al libro “Cuentos Fuertes”

Por: Abdón Ibidia
Escritor, Quito (Ecuador)

Difícil saber cuándo nacieron los talleres literarios. Porque antes tuvieron otros nombres: cenáculos, tertulias, círculos, etc. O no tuvieron ninguno. Pero la costumbre de los escritores de juntarse y leer y comentar sus textos ha sido una necesidad natural e imperiosa. Hasta los más solitarios como Kafka, leyeron a sus amigos originales inéditos. Qué decir de Flaubert y luego Dada y el surrealismo. Y todos los “ismos” que en el mundo han sido. Quizá el más largo taller fue el que frecuentaron Borges y Bioy Casares: cincuenta años de jornadas creadoras. Los solitarios extremos son la excepción. Y desde mediados del siglo XX para acá, parte del trabajo de los escritores es coordinar o participar de talleres literarios.

Hoy, nuestro grupo que, sumariamente, se llama Taller de lectura y escritura, está de fiesta. Publicamos esta antología de cuentos, trabajados en nuestras reuniones semanales, que vienen a sumarse a la gran literatura ecuatoriana de hoy que, sobre todo por la nutrida presencia femenina, vive uno de sus grandes momentos.

En décadas de acompañar la labor de talleres literarios de diversa condición, he aprendido dos cosas: que el taller, antes que nada, debe ser un lugar de encuentro creador que facilite, a sus participantes, el desarrollo de sus naturales dones de narradores y/o poetas, sin contrariar nunca su fuerza interior, su gusto, su propio animal poético. Y dos, que el papel del coordinador debe ser apenas el de un anfitrión discreto que ayude a sobrellevar las inevitables sombras del escritor: sus dudas, miedos, vacíos de formación y, si es posible, dificultades expresivas.

Nada más. El taller no es una fábrica de escritores. La prueba es lo diverso de los cuentos que presentamos en este libro. Varios son los estilos, temáticas, ambientes, voces, conflictos, personajes que cada autor maneja a su arbitrio. El resultado es bello. Una colección de historias que recogen ocho textos sugestivos de repercusiones muy actuales.

El libro, cuyo orden es aleatorio, empieza, de gran manera, con Abracadabra de Luis José Martínez. Estilo fluido, directo, eficaz, muy apropiado para narrar los avatares de los seres marginales, vívidos, estoicos en su desdicha, que podemos encontrarlos en cualquier esquina de nuestras ciudades.  Continúa con un relato terrible, como dicho en voz baja: El baile de los rostros tristes, de Danilo Guanoluisa. Narrado en primera para segunda persona, retrata un desdoblamiento macabro, con una resolución (¿fusión?) sorprendente. El tercer cuento, muy maduro, musical, pertenece a la muy jovencita Sarah Bastidas y es una suerte de scherzo reiterativo que usa el tema principal como un gran leitmotiv que potencia muchos sentidos de la palabra Olvido. Si algo recuerdo es que olvido todo, dice por allí. A continuación, viene Isaías Moshe, de Fernando Garrido: precisa la escritura; vehemente el relato, ansiosa la intriga de los tiempos de la Inquisición; relato como hecho bajo el amparo de Villiers de L’isle-Adam, que no desmerece para nada del brillo de las joyas del escritor francés. En quinto lugar, Juan Dávila, con su cuento Halloween, bien tramado ─y no en vano el autor es arquitecto─, conjuga el horror festivo de la noche de brujas, ya universal, con el horror urbano, muy actual, de los accidentes y los suicidios que, por desgracia, empiezan a ser los nuevos signos fatales de nuestros tiempos. Mónica Tinoco es la más reciente adquisición del Taller. Se integró rápidamente. Su fe, talento natural, instinto literario, le permiten trabajar textos que, de modo eficaz, recogen temas y paisajes propios de las leyendas urbanas, incluso con su ingrediente parasíquico, como veremos en su cuento. Luego, Nicole Oemer, tan fina ella, tan bien formada en letras por la Sorbonne, quien nos tenía acostumbrados a su mirada irónica sobre los grupos y costumbres de hoy, nos sorprende con Viaje, una suerte de tocata y fuga surrealista en la cual, la protagonista, vive por gracia de la imaginación, sucesivas mutaciones poéticas.

CUENTOS FUERTES termina con el aporte de quien es, sin duda, una de las grandes poetas latinoamericanas de hoy, Oderay Barriga, autora de un libro formidable, Todo el azul del agua. De él dijimos que contiene cavilaciones acerca de la memoria, de lo vivido, de lo que estuvo y ya no está. En su narrativa persiste en su ser poético: prefiere lo autobiográfico. Hay que acompañar la lectura de La casa de la Falconí con su semblanza de vida que publicamos en este libro para adentrarnos bien en su mundo tan personal.

Agradecemos, en especial, a José Manuel Castellano, director del CES-Al, quien tan generosamente nos ha acogido en su Editorial. A Gabriela Dávila por la bella portada. A Luis José Martínez por el paciente trabajo de corrección del libro.

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