Noche

Por: Eugenio Crespo
Poeta, Cuenca (Ecuador)

Los minutos, donde volver es un proceso, iban galopando a  lo largo de su círculo universal viciado de sonidos. Son las dos y quince y no logro conciliar el sueño. Bastarda noche que me embiste y muerde con su azufrado silencio, dejándome  indefenso y en un catatónico  estado

Ni tampoco me era  difícil imaginar que vendrían  por diferentes flancos gigantes y diestros cazadores con su jauría  de fantasmas a rodearme, como presa ideal, hasta oír  un aullido primitivo de dolor prolongado, como una petición de  indulto, y haciendo que mis temores se dilataran.

La noche se expandía  mostrándose  desértica, y su cómplice  silencio, como un desnudo polvo, iba cubriéndome  el costillaje y subyugándome al agotamiento. Este es mi territorio, mi universo, dónde  se está  distante de uno mismo, donde la borrasca de la altura es del tamaño de  mi inutilidad; y en los campos que me asignaron ninguna ave o estrella pude dibujar

Las cosas están aquí, las de diario, son un testimonio vivo, inequívoco, de mi estadía, pero igual han perdido el movimiento de sus formas y caerán  también  al suelo acompañadas de un convulsionado sonido y con la expresión  dura del interrogante; las olfateo, tienen ese olor envejecido y tardío  igual que yo

Ayer ,con el sueño aún vigente allá  en el lugar más  distante, en ese hilo  elíptico  del poniente, donde la furia de las aguas  con su vómito  de espuma arrastra a todas las naves, pude ver por unos instantes el único  vuelo libre con su luminosa estela, la de la imaginación  humana

Ah, sí  hasta  este camastro dócil, abnegado, lugar de múltiples  cavilaciones ,donde permanezco confinado con mis húmedas  y mohosas  interrogaciones y secretos que angustiadas van enredándose en el cuerpo y apretándome  la razón, donde el sonido vago, entrecortado, el de mi respiración, se extingue en el silencio de algún  rincón, llegase a tiempo por esas escaleras imaginarias que cuelgan  de la noche, un rostro con nombre de mujer, acompañada por un coro de ángeles y arcángeles  y que, poco a poco, de puntillas  sobre una sutil melodía  se acercase a mi mundo de urgencias con una ración  de ternura, y con el secreto de hablarme al oído  lo soñado, llenándome  de fábulas  que advinieron en su inocencia. Era evidente que la noche terminaría  de escribir su diario y que se mantendría  inmutable. Tal vez yo era una especie de repelente por compararle  con la ceguedad  del hombre o por esta mi soledad que le hace bulla, pensaba; y de pronto hay un llamado de la memoria hacia la memoria: es un ir angustioso, en caída libre, hacia adentro, muy adentro del retorno, donde al intervenir en el fluir de la sangre se puede ver con una serie de espasmos  rostros de antiguos espejos, de anteriores representaciones, que se bifurcan y se pierden en su propio laberinto con profundas  cicatrices de libradas e inútiles  batallas en mi inventada y larga y absurda guerra

Y heme aquí! Solo  y anónimo, sin identidad alguna, acosado por las bestias de mis preguntas y respuestas y con mi ángel  de la guarda fatigado y ya distante, intentando levantarme en equilibrio con la pesada carga del aprendizaje, y avanzar, escondiéndome de mis miedos en busca de un refugio que me libere de la noche. Y antes de dar pie, con esta procesión  de voces sin registro alguno, a los campos deslumbrantes de la locura, más extensos que los bosques y jardines de los sueños, vuelvo a preguntarme con temor y mis pueriles esperanzas, una y otra vez  más; si pudiera a la noche que no da tregua ni señales de gastarse, morderle las horas con la fuerza de un animal malherido, o disponer de una llave maestra para abrir el día

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