Educación y Democracia

Por: Jacqueline Murillo Garnica, PhD
Colombia

“Es muy fácil elogiar la democracia,
pero es muy difícil aceptarla en el fondo,
porque la democracia es aceptación
de la angustia de tener que decidir por sí mismo”.
Estanislao Zuleta.

Un hombre que pueda pensar por sí mismo, apasionarse por la búsqueda del sentido o por la investigación es un hombre mucho menos manipulable que el experto o el técnico que se ha desarrollado para el trabajo. Afirmaba Zuleta en “Educación y Democracia” el siglo pasado.

La educación está concebida para el trabajo, para la fuerza de la producción y así es más sencillo seguir llenando las arcas de los poderosos, contribuir al orden económico, pero nunca en la mirada así mismos, y a su vez la mirada a la sociedad. ¿Cómo apoyar un proyecto de democracia más sólido? Se requiere de potenciar el pensamiento crítico, propiciar el discernimiento y promover el disentimiento, como una de las premisas ineludibles para generar consciencia desde la educación con un sentido práctico y acorde con la realidad social.

Se necesita de una educación filosófica para fortalecer el pensamiento crítico, y no como un sistema de información, un registro de datos. El buen hacer de la vieja escuela. ¿Por qué es importante saber? Se preguntaba Zuleta. Tener la modestia de reconocer en el otro ese capital de conocimiento, es también asumir la riqueza en la diversidad de pensamiento. Es en el debate en donde ocurren las ideas, las propuestas que representan la pluralidad y promueven la solución a los problemas, o por lo menos los esbozan.

Recientemente se transmitió el debate de los elegibles para la presidencia de la República. Los colombianos que todavía tenemos la ilusión o en últimas, la quimera de creer que el elegido será el indicado, o “el menos pior” de los males; estamos muy lejos de la realidad. Sólo cada cuatro años nos tienen en cuenta para que creamos que estamos cumpliendo con ese sagrado derecho de elegir a un nuevo mandatario (menos malo que el anterior), así llevamos más de treinta años y no se ha visto ningún cambio. Sin embargo, somos conscientes en que es lo único que podemos hacer en ese sentido, los ciudadanos de a pie.

Es necesario tener una educación que apunte a resolver los problemas, que esté de cara con la realidad, es quizá una de las soluciones más viables en este maremágnum de situaciones; como la corrupción, la expropiación de la tierra, el narcotráfico, la explotación de los minerales sin control, las afectaciones al medio ambiente, etc. La lista es muy larga. Y siempre son los mismos o en cuerpo ajeno, pero los de siempre, los que encarnan el poder y se atornillan a él a cualquier precio.

Vuelvo al debate que en esencia consistió en echar trapos al sol entre uno y otro candidato. Los eufemismos, el estilo carramplón y vacuo del discurso cargado de maledicencia, la instrumentalización del vocabulario y los insultos pareciera que son un mecanismo para ganar adeptos. Todo esto es otro reflejo que el de la politiquería de oficio, y en el fondo, no se enuncian fórmulas para mitigar las grandes problemáticas de este país.

Sólo en un país como el nuestro, estos discursos pendencieros y que destilan odio son los que arrastran multitudes. Las estrategias hacen parte del juego sucio para ganar a como dé lugar. Dos ejemplos que ilustran de forma clara el grado de corrupción que permea a Colombia: el hijo de uno de los paramilitares, Jorge 40: ganó una curul para el Congreso y representa a las víctimas del paramilitarismo. Otro de los ejemplos que develan el grado de corrupción de este país, es que varios de los candidatos a curules por la Costa Atlántica, se encuentran judicializados por crímenes y ganaron estas curules.

El escenario de esta derrota moral de un país que apenas empieza a hablar sobre la necesidad de generar grandes cambios parece ser que solo sigue en las peroratas electoreras, y la educación que sería la que posibilitara este gran remezón de consciencias, continúa en estado crítico.

Un ejemplo solamente de todo este espectáculo circense es Lastimosamente la poca o deficiente calidad de la educación en Colombia ha contribuido a cultivar.

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