De los nuevos talleres literarios

Por: Abdón Ibidia
Escritor, Quito (Ecuador)

Nada es lo que antes fue. Ahora un taller literario es un lugar de aprendizaje eficaz y de ejercicio de prácticas creadoras. También un sitio de expansión espiritual y acaso de entretenimiento.

Su función social se ha definido ya bien: hoy es el mecanismo que compensa los defectos de una educación literaria errada y deficitaria. Nada más que eso.

El grupo de señoras que leen libros importantes o de moda; los muchachos que se muestran sus escritos unos a otros; el buen señor que habla y habla acerca de autores y obras ante una pequeña concurrencia que cree saber menos que él, en nada se parecen a los militantes miembros de los primeros talleres literarios que se propagaron en América Latina en los años sesenta y setenta.

¿De qué quería diferenciarse en aquellos ardientes años, el primer taller literario latinoamericano? Los términos: élite, cenáculo, Academia, vienen a nuestra mente. Todos ellos evocaban o señalaban si no una época “superada”, al menos una costumbre arcaica: la que un día fuera la ocupación suntuaria de escribir, el lujo de componer una obra cuyo primer y mayor reconocimiento se producía en el interior de un estrecho círculo de iniciados que compartían un mismo estilo de vida, en el cual se daban la mano, sin contradicción aparente, el ocio, los placeres sibaríticos, el tedio de vivir y el cándido amor por las artes. Frente a esta manera aristocrática de ejercer la literatura, la palabra taller debía sonar como el mazazo de un obrero en una mesa de banquetes. Había que dejar establecido que el arte de escribir era, por sobre todo, un trabajo, con lo que esto supone: utilidad, valor, esfuerzo y la adscripción ideológica a una clase social: la de los trabajadores. Y en tal contexto había de entenderse también la expresión: trabajadores de la cultura.

Muchos años han pasado desde entonces. Y debemos reconocer que, a la fecha, la palabra taller ha perdido su brillo épico y provocador. Y ha terminado por parecerse a sí misma. Un taller literario es solo un taller: allí se practica y se aprende un oficio que también –en estos tiempos de mercaderes– ha perdido lustre: la literatura.

Si bien es cierto que no existe una norma que englobe la acción de los talleres literarios que en el presente funcionan –que son muchos y de variada concepción–, puede decirse, de un modo general, que lo que en otro momento fue espontáneo y libre, se ha transformado, con el pasar del tiempo, en un quehacer regulado. De lo que sabemos, todos cuentan –habrá excepciones– al menos con un coordinador que imparte lo que se supone es su saber (y su disciplina), con métodos que reproducen la relación que se da entre educadores y educandos, aunque esta asome de una manera muy matizada.

Con lo cual, su carácter de alcance y ayuda a la educación literaria formal queda subrayado. A esto que sería una primera precisión con respecto a la modalidad actual de los talleres, habría que añadir, de otro lado, la presunta herencia que ellos conservan de sus modelos iniciales, y que ha pasado a ser el principal argumento de sus más encarnizados detractores: la supuesta masificación y adocenamiento de lo que ellos creen que debe ser un producto individualista y solitario: la creación.

Si una novela, poema o cuento, son, en la práctica, el producto de un individuo concreto, sumido en sus propias penas y alegrías; no es menos cierto que esas penas y alegrías están socialmente condicionadas: cada hombre se piensa a través de los otros. Y los otros a través de él. Si no fuese así, no entenderíamos las grandes obras artísticas. No nos reconoceríamos en ellas. El mismo lector sería imposible sin todo el sistema de signos –el lenguaje en primer término– que socializan y condicionan la intelección de los conceptos y de las más dispares experiencias vitales. No hay sentimientos únicos. No existen ideas que sean el patrimonio de un solo individuo. Las mismas formas y temáticas de la literatura son plurales. Si no hubiera nacido Kafka, habría existido la literatura kafkiana, etiquetada con otro nombre. De hecho la hubo y con medio siglo de anticipación: El escribiente de Melville, es un ejemplo. Cabe recordar lo que Faulkner decía: “Si yo no hubiese existido, alguien me habría escrito”.

Por cierto que solo al artista, en cuanto individuo, le corresponde la posibilidad de congregar, en su psique, la multitud de hechos que desde fuera lo constituyen y que solo en él alcanzan una coherencia plena.

Tal coherencia depende, por suerte o por desgracia, de imponderables: el talento, la sensibilidad, la cultura, la voluntad del artista; aquello que puede ser catalizado, sí, pero nunca otorgado.

La influencia del taller no es definitiva sobre los escritores en ciernes, pues, en el más extremo de los casos, este sólo alcanzará a propugnar alguna de las corrientes estéticas ya existentes en una sociedad y en un tiempo específico. De otra parte, si las condiciones del artista son notables, el taller cumplirá para él la función que, por lo demás, siempre han cumplido los grupos literarios a lo largo de historia de la literatura moderna: la de ser el lugar de encuentro de quienes comparten una misma vocación y una misma necesidad de diálogo, crítica, y aún de compañía creadora.

En ese caso, quienes defienden la famosa soledad del artista, deberían aceptar que la pura soledad no garantiza nada. Hay solitarios que han sido capaces de crear grandes obras y otros que no.

Los talleres literarios no son fábricas de escritores en serie. Hasta la fecha no sabemos que eso sea posible. Creemos, sí, que ellos son núcleos productores de cultura y suscitadores de inquietudes. Creemos también que son la alternativa a una educación literaria aburrida y esquemática, que aleja a los jóvenes de los libros. Algunos profesores lo han comprendido así y han introducido la modalidad del taller en sus colegios y universidades.

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