Polvo eres y polvo serás

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Director Colección Taller Literario, Cuenca (Ecuador)

Miércoles, cerca de las ocho de la noche.

Don Tarquino, luego de desaparecérsele los últimos tres días a su esposa, espera impaciente, de pie, molesto, sudado en la larga fila de la iglesia que avanza más lento que procesión de viernes santo. Sus poros aún expiden ese olor dulzón a licor de contrabando y de su cabeza el mareo no se ha esfumado. La fila, por fin, acelera el paso. Don Tarquino le pide al cielo que el suplicio termine pronto, que le hagan a toda prisa esa cruz de ceniza malhecha para poder llegar a casa y descansar tras semejante bacanal. Seguro la Matilde, la Maticha, como él la llama, está bien preocupada, aunque ya debe estar acostumbrada, pues todos los carnavales Don Tarquino se le escapa.

-Ya vienes oliendo a hembra, baraja y trago barato- remeda Don Tarquino a su mujer para sí mismo, mientras lanza miradas a los lados como pensando que alguien puede oír sus pensamientos. Por un momento se le olvidó que estaba en la casa de ¨Dios¨, que ahí ¨Él¨ es incluso más poderoso. -Ya perdonarás Taitito, ya sabes cómo es uno, este año fue el último que me pongo como chivo loco– dice entre dientes y sin ganas Don Tarquino al recordar que está en esa fila, en esa iglesia con un propósito claro: empezar con pie derecho la cuaresma, tiempo bendito y santo, de llorar, de sufrir, de reflexionar, de abstenerse ¡De abstenerse! -Ojalá estuviera mi Maticha aquí conmigo, para pedirle perdón, para que nos pongamos juntos la crucita. Pero ella ya ha de haber venido de mañanita a la primera misa, con lo que le admira al curita-.

Esas y demás banalidades venía meditando Don Tarquino a medida que la larga hilera avanzaba. A cada minuto levantaba la vista y veía esa ¨t¨ marcada en la frente de sus hermanos de fe, deseando, por favor, que cuanto antes sea su turno, pues la resaca le estaba apretujando los intestinos. Los tres días de alcohol, sexo y lechón le pasaban factura.

-Cómo va cambiando el cuerpo de uno, antes tres días para mi eran, uhhhhhh, apenas un abreboca. Lástima que da hacerse viejo.

Sin percatarse, Don Tarquino llega al primer lugar de la fila, es su turno, alista la frente. Mientras el sacerdote pronuncia ¨Polvo eres y polvo serás¨, nuestro promiscuo amigo nota que el padrecito se ha engordado en la última semana, que ha pasado bueno los carnavales. En eso, sus ojos se cruzan por un instante. La pícara mirada de Don Tarquino y la timorata vista del cura parroquial lo dijeron todo.

-Pobre Padre Luis, qué va a saber lo que es la buena vida, qué sabrá lo que es disfrutar.

-Pobre Don Tarquino, ojalá a la Matilde no le coja el cargo de consciencia y le cuente todo al marido.  

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