Misión cumplida

Por: Luis Curay Correa, Msc.
Vicerrector UETS Cuenca (Ecuador)

A Gloria y Sandra,
mujeres que inspiran.

El Salón de la Ciudad recibe a los concurrentes con un protocolo que me asusta, varias mujeres jóvenes y muy bonitas, ataviadas de impecables trajes azul marino con botonería dorada, dan la bienvenida a los múltiples familiares de los homenajeados. Las escalinatas de límpido mármol brillan de manera inusual, en los descansos los arreglos florales impregnan de cuencanidad el ambiente, los escalones los subo con cierta inseguridad, pero la alegría que alberga mi corazón puede contra el rubor que azota mis mejillas, por suerte la mascarilla usada resguarda de algún modo las chapas incendiadas de mi rostro. El portón gigante de madera resalta entre los adornos de la antesala, sus esculpidas labores asombran las miradas de muchos, los saludos acompañan mi caminar, correspondo con cierto tino haciendo una disimulada reverencia; a los más cercanos, amigos de mi Sandra, les ofrezco el puño como respetuoso saludo; Señora Gloria, felicidades, debe estar muy contenta y orgullosa por este justo reconocimiento hecho a su hija, la Contraloría General del Estado se ha visto robustecida por el trabajo desinteresado, fabuloso y cooperativo de Sandra, un abrazo, que lo disfrute junto a la Ingeniera Durán, se lo merece. Cuando recibí estos reconocimientos volvieron a mí los recuerdos del camino recorrido, volví a sentir las lágrimas furibundas que salían de mis ojos cuando me enteré del embarazo, lloraba con todo el dolor de mi ser, la angustia de enfrentar un futuro insospechado me carcomía viva, no tenía nada para ofrecerle, ¿cómo iba a recibir al bebé?, ¿con qué iba a mantenerlo, a darle lo que necesitaba?, no tendría ni siquiera el más de los elementales ajuares para abrirle paso a la vida, ¿y la dieta?, ¿quién me iba a ayudar?, el trabajo, ¿qué pasaría con él?, estoy segura que me lo retirarían; ¡Dios mío, por qué a mí!, solo te pido el perdón de mis culpas y tu asistencia para poder sobrellevar todo lo que me viene encima, ¡dame fuerzas, Señor!, ¡dame fuerzas! Es mi cama tan sencilla, en ella no cabe una personita adicional; ¿entenderá mi familia, mi mamacita? Las dudas y los temores me asaltaron por completo, si el presente se volvía algo tan incierto, el futuro era poco prometedor; las salutaciones continuaban, el pasillo es hermoso, alfombrado, muy elegante, más flores en la mesa directiva, todos llenos de orgullo, ¿estarán como yo, así, un tanto asustada?, ¡vamos Gloria, tú puedes! La escuela y las muchas dificultades para educarla; no fue un primogénito el regalo, fue una niña, inquieta desde que nació, inteligente, donada, entregada, muy conversona, jamás tuve una queja de sus maestros; ¡qué duro no tener para comprarle zapatos nuevos! Un uniforme raído, descolorido hubo de acompañarla siempre, y ella locuaz, impertinente como la juventud suele serlo, no te preocupes mami, el traje no hace a la persona, peor fuera que me dijeran “aunque la mona se vista de seda, mona se queda” y sabía salirse de mis penas regalándome sonrisas y esperanzas; hoy estás más linda, Sandra, perdona hija, no sé por qué estoy recordando tantas cosas, aquí te siento ahora, de mi brazo, pero la que debe estar feliz eres tú, y me atrevo, tal vez injusta, a quitarte la noche, y es que no puedo dejar de sentir en mi pecho esa felicidad que se me desborda, el cabello te brilla mija, ese vestido te luce, pareces una reina mi amor, mira como son las cosas, jamás pude darte algo decente para vestir, y tú me cubres de seda, perdona, mija, las manos quemadas de aceite por las cocinadas en las que me enterré por años para poderte educar ya no se esconden con crema alguna, yo no importo, mírate tú, todos te dicen ingeniera, buenas noches, felicidades ingeniera, y la bondad de tu corazón, esa bondad de siempre acompaña los elogios respondiendo con festiva altivez, muchas gracias, esta es mi mamita, ella debe ser la condecorada, ¿no es verdad, mi viejita? Y me llenas, entonces pienso que valieron todos los esfuerzos, que las oraciones de impotencia en las que me refugiaba para esconder mi pobreza dieron sus frutos, que los ángeles que nos protegieron nunca nos abandonaron, se hicieron presente en los momentos más inesperados, cuando las lágrimas rodaban sin clausura, cuando el espíritu, casi derrotado, quería abandonar mi cuerpo; entonces te miraba, esa carita de inocencia, tú no tenías la culpa de nada, y yo madre, derrumbándome, hube de encontrar en tus caricias el sustento y la fuerza que necesitaba. Tome asiento ingeniera, este es su lugar, muchas gracias, esta es mi mamita, ella va a acompañarme, mucho gusto señora, aquí, por favor, este es su asiento, y felicidades por el gran logro de su hija, muchas gracias señorita, es usted muy amable; algo parecido al desgarro de dejarte por primera vez en las bancas de escuela, igual de intenso, igual de fuerte, pero ya no duele, es felicidad, me complace mirar la mujer en la que te has convertido, es la misma mujer que cuando pequeña me acompañaba al mercado, regresabas a casa saltando las charcas que dividían la gran avenida del camino a nuestra chocita, y luego a estudiar con ese empeño que le pones a todas las cosas que haces, yo pobre, ¡qué podía enseñarte!, pero me has enseñado tú, aquí estás conmigo presta a recibir un premio que reconoce tu talento y dedicación, y yo, de lejos, de cerca, lo recibo también. El saludo de quien anima la velada se hace notorio, un protocolo rígido gobierna la ceremonia, ¡ay mija, estoy nerviosa, me sudan las manos mi amor!, ¡tranquila mi viejita linda, no pasa nada, respira profundo verás que te tranquilizas! Nos ponemos de pie para entonar las sagradas notas del Himno Nacional, así como en el colegio mi vida, las pocas veces que te acompañé para algún evento te buscaba ansiosa entre la letra de la primera estrofa y el coro, las confundía, quería verte entre las demás jovencitas, “Los primeros los hijos del suelo/ que, soberbio, el Pichincha decora/ te aclamaron por siempre señora,…”y te encontraba con los ojitos saltones que me miraban con la sorpresa de cuando alguien encuentra un tesoro, es que no podía dejar mi trabajo, no me dejaban, nunca supe si realmente pudiste superar esa ausencia, sí, ya sé, me decías que entiendes la situación, sin embargo, estoy casi segura, de que te costé más de un momento triste. Mami, ya siéntate, ya se acabó el Himno, viejita. ¡Qué papelón mija, perdona, no sé en qué estaba pensando! Una persona tras otra pasaba a intervenir con discursos aburridores, sí, claro, eran aburridores, lo que quiero es que ya pase mi Sandra, para aplaudirla desde esta butaca con las fuerzas de mi corazón, estoy más nerviosa, no la llaman, ¿será que se olvidaron de mi muchacha?, me tiemblan las piernas, bajo la cabeza para encontrar el aire que me falta y al reincorporarme afino mis oídos: por cumplir una década de trabajo en la Contraloría General del Estado, y por hacerlo con responsabilidad, honradez y entrega, méritos suficientes para otorgar la presea que reconoce tales virtudes, llamamos a la Ingeniera Sandra Durán, quien es la merecedora de este noble reconocimiento; vaya mija, vaya que la están llamando, vaya que la aplaudo, y te veo subiendo por las pequeñas escaleras hasta el mismo centro de la mesa directiva, y mi corazón explota, mis ojos se llenan de felicidad y mis manos aplauden sin cansancio; ahí está mi hija, la mejor, la más honrada y trabajadora, ¡gracias Dios mío por tanta bendición! Y de pronto mi pequeña ofrendándome la vida, diciendo mi nombre por el micrófono, como si yo mereciese algún halago, si el esfuerzo fue tuyo, yo solo cumplía con mi deber de madre; con la mano digo que no, que me da vergüenza, y tú pidiendo a todos que me aplaudan, que por que sin mí no habrías llegado hasta este hermoso momento; vaya señora Gloria, vaya que su hija la está llamando, ande, hágala feliz; los pasos se me hicieron eternos, miraba los rostros escondidos entre las sonoras palmas de las que era objeto; cosa curiosa, al subir hasta la mesa directiva, mientras caminaba, nuestra vida pasó por mis recuerdos como si fuese una película, vinieron en tropel los momentos tristes, también los alegres, y mientras hacía la final de las reverencias para agradecer las generosos loas de todo ese auditorio, pude, por primera vez, decir con total certeza: misión cumplida.

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