Del placer y otras melancolías: (II) RISA

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista (Islas Canarias)

“La risa es el fracaso de la represión
y el sentido del humor, quizá,
el último recurso de los desesperados”.
(Darío Fo).

Llegará un tiempo en que nuestra sonrisa será una mueca amarga y otro, más lejano, en que ni siquiera será sonrisa ya, porque no estará animada por pasión o sensación vital alguna. Pero hasta entonces hay que saber mantener el tipo.

La vida es, o puede ser, muchas cosas. Esa sucesión de horas y minutos, días y años por la que transitamos —ora exultantes, ora a disgusto— da ocasión para el despliegue de toda una panoplia de sonrisas. No nos cambia el tiempo, que es tan solo una parte del escenario en que representamos, sino la risa, que es nuestra manifestación vital más compendiada. Igual que hay un tiempo para cada cosa, hay un tiempo también para cada risa. De la risa rumorosa, inocente y sin motivo del niño se pasa a la carcajada inmortal y despreocupada del joven, que los que aspiran a colmar en su vida los límites de lo posible deben intentar en la edad adulta reconvertir en la sabia sonrisa del carpe diem.

Reír es vivir y para que la vida no nos coja desprevenidos y con las defensas bajas, debemos entrenarnos diariamente en la alegría, convertirnos en atletas del gozo, a sabiendas de que siempre nos acecha la sombra de la desventura y siendo conscientes, además, de que llega un momento, cuando la escasez de vida es pareja a la parvedad de sus dones en que hay que saber dosificar la risa, no desperdiciarla vana o frívolamente.

Que no se nos malentienda, pues, no se trata de reír siempre y en cualquier trance, ni siquiera de estar predispuestos a ello. Quien pretenda estar eternamente alegre en este mundo o es un idiota sin remedio o tiene la misma sensibilidad que un pedrusco. Días habrá, más de la cuenta desgraciadamente, en que las circunstancias de la vida y la crueldad estúpida de los hombres nos empujarán al infierno  de la frustración y la angustia. Hay que estar preparados para enfrentar esa eventualidad detestable, sin dejarnos vencer por ella. Es necesario tener siempre abiertos los ojos del alma, para bucear conscientemente en el mar de la pena que nos espera al borde de cualquier acantilado de la vida, como el buceador de las profundidades marinas mantiene abiertos los ojos del cuerpo para contemplar el insólito mundo  que se despliega ante su vista. Y al igual que este submarinista, llegado a lo profundo, flexiona las piernas y se impulsa hacia arriba, los buceadores de la angustia —todos en algún momento de nuestra vida— debemos superar ese avatar insano, tomar impulso y emerger a la superficie del gozo reencontrado, la risa renovada, el placer reinstaurado. No es bueno para la salud del espíritu dejarnos arrastrar por las corrientes ingratas y en ellas vivir desesperados para siempre.

Contra lo que opinan los sádicos morales del cualquier signo, no se viene al mundo a sufrir. Todo lo contrario, venimos a intentar ser felices, gozando sabia y moderadamente los efímeros placeres terrenales, los únicos que a ciencia cierta existen. Esta convicción deviene progresista hasta las cachas si la proyectamos más allá de nuestro círculo propio hacia la gran mayoría de personas condenadas a vivir aherrojadas a la angustia. En esta lucha la risa es un acto de rebeldía, una trinchera más de resistencia. Aunque no tengamos muchos motivos para estar alegres, menester será frenar el llanto, practicar, si  llega el caso, la suprema elegancia de distanciarnos de nosotros mismos y no rendirnos hasta el punto de adelantar el tiempo de la mueca. Ya llegará por sus propios pasos hasta quedar congelada para siempre en la risa sin alma de la calavera.

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