​​Del amor platónico

Por: Elsa González Moscoso
Cuenca (Ecuador)

“Sin amor no hay pervivencia, ni salvación del individuo. El hombre como individuo, se afirma y asegura su inmortalidad en un movimiento de expansión vital: no comprimiendo o reduciendo sus fuerzas impulsivas y expansivas, sino al contrario, actuándolas en su plenitud.”  
Eduardo Nicol, La Idea del Hombre.

En los diálogos platónicos del Fedón o de la inmortalidad del alma y del Banquete, o del amor (385-370 a.C.) especialmente, el tema fundamental que se propone y aborda es el del amor y Eros, no tanto para su discusión sino para su elogio. Sucede durante una cena, acompañada de música, recitales y bebidas. En un agradable e inspirador ambiente, se afirma la idea más importante del diálogo, esto es la íntima conexión vital entre el Logos y el Eros. Una vez acordado el tema se presenta a los comensales, todos están de acuerdo en el valor positivo de Eros, sin embargo, al hacer sus intervenciones cada uno piensa de modo diferente respecto de su naturaleza. En la trama de los discursos, cada idea dicha añade algo nuevo a la anterior, preparando el último discurso de Sócrates que resume,  complementa y supera a todos los demás.

La primera idea que aparece en boca de Fedro quién piensa a Eros como el más antiguo de los dioses y la fuente de los mayores bienes. No hay bien que supere al bien de amar. As,  el amor resulta ser un principio capaz de regular la conducta y conducirla  hacia lo que es virtuoso. Por causa del amor, evitamos en lo posible el mal y procuramos siempre el bien, y esto ocurre no solo con la persona amada, sino también con el Estado. Las grandes y bellas  acciones serían imposibles sin la intervención del amor;  y así ocurre en la polis, en la ciudad, tanto como en la vida de cada quién.    

Lo importante de esta idea es que se considera por primera vez al amor como principio de la conducta humana, una especie de conciencia moral que vigila y nos advierte del mal camino y nos induce a buscar lo que es verdaderamente bueno, bello y verdadero. Pero el amor no solo funciona como una especie de conciencia moral, sino que además, se convierte en el vínculo que une a los individuos dentro de la comunidad. Resulta de éste modo que Eros cumple la función de conciencia moral y al mismo tiempo de conciencia política.

El amor es la experiencia más radicalmente individual y propia que puede vivir el individuo. Y este amor que es el nexo entre el amado y la amada, entre los amantes, y lo es también y por la misma razón, con el resto de la comunidad; entonces el amor resulta ser el fundamento de la comunidad. Así la vida política para promover grandes y bellas acciones, requiere de una gran fuerza inspiradora del principio del amor. El hombre es, efectivamente, un animal político, pero en primer lugar, tiene que ser un ente amoroso.

En el discurso de Pausanias, hombre un tanto pedante y afecto a la mitología hace un discurso complementario al de Fedro. El Eros que intenta justificar moralmente es el Eros homosexual. La justificación muestra que esta era una práctica de amor común en el mundo griego clásico, aunque no unánimemente aprobada. Afirma que el amor, como todos los actos de los hombres, es en sí mismo indiferente al valor moral. En realidad, dice, el amor es bueno o malo dependiendo de la manera como se ama, dado que hay dos formas de amor o  “dos Afroditas distintas”. La más antigua es la hija de Urano, llamada Urania o Celeste. La otra es hija de Zeus y Dione, es más jóven se la llama Pandemia. Así  hay un Eros Uranios y un Eros Pandemos. Los que adoptan al Eros Pandemos aman de manera indistinta a mujeres y muchachos, aman su cuerpo más no su alma. Aquellos que adoptan la forma de Eros Uranios aman solo a los muchachos pero únicamente a aquellos inteligentes y  los aman por su alma y no por su cuerpo. 

El amor se justifica porque es bello, pero además porque la belleza se une al valor moral, así el amado es ensalzado. Se trata del amor centrado en la belleza del carácter y en la inteligencia y no en su apariencia física. El Eros entonces posee un valor formativo de la misma condición humana, en consecuencia resulta que Eros es un principio normativo de la vida. Así la potencia erótica de todo hombre, que es en principio una especie de disposición, adquiere un valor ético cuando los actos toman un sentido ideal hacia la virtud, es decir,  hacia la máxima aspiración, aunque esta no fuera posible en este mundo, sino en el mundo de las Ideas.

El siguiente discurso, distinto a los anteriores, corresponde al médico Exímaco. Desde una posición naturalista está de acuerdo en que hay un buen amor y mal amor, sin embargo, solo se ha hablado del amor humano y se ha fundado su valor en algo que no es el amor mismo, a saber, la virtud y el saber. El amor, el buen amor es un valor en sí mismo, dado que no hay amor solo entre seres humanos sino también en la naturaleza. Ahora bien, si se considera el cuerpo, se puede decir que tiene dos estados, el de la salud y la enfermedad, es menester por tanto,  favorecer lo bueno para el cuerpo y eliminar lo malo, y esto le compete a la medicina que sabe que lo saludable es lo bueno y lo nocivo es lo malo. El cuerpo requiere cuidado, terapia, pues hay también una virtud del cuerpo. De un modo similar a la medicina, la música con sus sonidos y armonía logra favorecer lo bueno, la armonía se logra con la moderación. El mal amor es malo dado que perturba el equilibrio, el orden y la proporción interna del cuerpo, el buen amor lo favorecerá.

El siguiente discurso corresponde a Aristófanes, comediante autor de Las Nubes en el que ridiculiza a Sócrates como el peor de los sofistas. Explica que el hombre es un ser diviso, cortado de su unidad primitiva, insuficiente y por tanto, en búsqueda permanente  de su perdida unidad. El amor ejerce sobre los hombres un poder que ellos mismos desconocen, no saben de dónde viene, por qué se produce en ellos, por qué es capaz de curar ciertos males. Para obtener respuestas hay que averiguar cuál es la naturaleza humana y cuál es su historia, por lo tanto, lo que sea el amor determina la condición humana. Resulta que el hombre es lo que es, pero también  es lo que le pasa.

La esencia del amor entonces se define como privación, en tanto que la esencia de la vida es siempre un afán radical, permanente, que no se satisface nunca, del mismo modo tal como es la condición del amante; se proyecta más allá de la vida y le dota de sentido o de una intención trascendente.

Para ejemplificar Aristófanes relata el siguiente mito. Al principio los hombres derivan de los astros, los varones del sol y las mujeres de la tierra, los andróginos de la luna. Tenían forma esférica y se movían rodando. Tenían dos caras en la misma cabeza, cuatro manos, cuatro pies, cuatro orejas y dos sexos. Eran duales y poderosos en su unidad y doble fuerza, tanto que desafiaron a los dioses. Ante tal situación Zeus decide cortarlos en la mitad y encarga a Apolo remediar el corte y moldear la nueva figura. Así cada ser humano es solo la mitad de su condición inicial. El amor en este afán de completarse es nuevo. Si su unidad primitiva era varonil, amará a los hombres; si era femenina, entonces amará a las mujeres; si era andrógina cada una de las dos mitades amará al sexo contrario.

La mitad perdida es la mitad complementaria.  Se entiende como una especie de garantía, de prenda para obtener su recuperación. Así el amor humano se afana en recuperar la mitad perdida, la mitad complementaria y rehacer la unidad de uno mismo. Si esto es así el simbolismo de Eros corresponde a un afán de confianza en la recomposición de la unidad perdida.

El amor es el vínculo más fuerte de unión entre los hombres, todas las demás formas de filiación son derivadas de él. Empero, no es la razón que los une, sino una fuerza primaria, extraordinaria, indestructible, ciega y certera, es decir una enorme fuerza irracional. Sin embargo, esta fuerza irracional no es el instinto como podría suponerse,  ni siquiera la posesión sexual, es el deseo del hombre que quiere identificarse con otro, es un afán un deseo hacia su ser completo. Y este sentimiento de necesidad de completitud es irracional, sin una necesaria conciencia de que su amor es la de completarse así mismo. En Consecuencia, amor es amarse así mismo, pues el otro es la mitad auténtica de mi mismo. El amor nos completa pues nos  funde con el otro, pero su amor por nosotros, lo completa también, y entre los dos se constituye una nueva unidad.

No obstante, dada la naturaleza humana este afán de unidad  es siempre insatisfactorio, y los momentos de cierta unidad son extremadamente efímeros. Es imposible que el hombre pueda llegar a la plenitud de la complementación de su unidad perdida en este mundo. La naturaleza humana es insuficiente, no se basta a sí misma, es incompleta, y por tanto, es un permanente afán nunca satisfecho. Paradójicamente, siendo el destino del hombre ser incompleto,  y a sabiendas, se afana infructuosamente en su propia completitud sin jamás poder alcanzarla.

Agatón continua y asevera que el amor es el más bello, el más venturoso de los dioses, es el más joven y su juventud es eterna, además el amor es delicado, se alberga en las almas humanas y en las más tiernas. Solo vive en lugares perfumados y floridos. Es justo y no le gusta la violencia, valeroso, poeta, inspirador de poesía, iniciador de creaciones artísticas. A Sócrates le disgusta este discurso que elogió el amor sin verdad.

Para Sócrates, recordando la opinión de la sacerdotisa Diótima,  el Eros no es lo bueno ni lo bello, porque es siempre la aspiración hacia lo bueno y lo bello.  Eros no es un dios, no es bello ni feo, tampoco es sabio ni ignorante, sino algo intermedio, un daimon, un semidiós o una entidad espiritual.  Eros no es un dios, pero tampoco es un mortal, es un intermedio entre los dioses y los hombres, su oficio es transmitir a los hombres lo que viene de los dioses y a los dioses lo que viene de los dioses, es un vínculo entre todos.

Si bien el amor es integrador entre los hombres, no tendría ningún sentido si no tuviera una proyección hacia el mundo superior, es decir, podemos amar porque expresamos precisamente un anhelo. Eros llena el vacío humano. El amor justifica todo lo que el hombre pueda hacer en este mundo, por todo lo que hay en el otro, pero en estas circunstancias la aspiración erótica deja de ser la fuerza irracional, ciega, potencia primaria  para hacerse racional e integrarse a la filosofía.

De hecho filosofía proviene de las raíces griegas philos (amor, amistad) y sofos (sabiduría), se entenderá como amor a la sabiduría, o amigo de la sabiduría; el filósofo es un amante de sophia,  del saber, pues no lo posee y lo desea. El amor al saber, es decir la filosofía, surge verdaderamente de un principio irracional del deseo de aquello que no se posee y que no se poseerá jamás absolutamente, su ejercicio sin embargo,  consiste en la virtud. Amor, conocimiento y virtud se encuentran integrados en la idea platónica de la filosofía, y también en su idea de hombre.    Platón pone al Eros, al Amor como fuerza inspiradora de la vida filosófica. Así como el que ama el que desea lo hace porque carece de aquello que desea, entonces se afana por poseerlo, la vida filosófica es efectivamente un afán de saber lo irracional es el fundamento de lo racional.

La aspiración al bien, es parte de la condición humana, se trata de una situación intermedia, un término medio entre la ignorancia completa y el saber total, y dado que el hombre es precisamente quién ocupa este lugar intermedio, pues nunca es totalmente sabio, ni totalmente ignorante, se constituye como un ser incompleto. Sin embargo, algunos intuyen su insuficiencia y aspiran a aquello que le falta, logrando de algún modo completarse, sin embargo, otros ignoran su insuficiencia, careciendo de aspiración al bien no realizan la plenitud auténtica que es posible para la condición humana.

Platón, a diferencia de Sócrates, incluye la idea de deseo de completitud, lo que significa que el hombre en esta vida no puede completarse nunca, lo que es completo no es propio de lo humano, se transforma en una contínua aspiración que desemboca en el conocimiento de uno mismo, de nuestra propia condición de seres insuficientes.

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